¿Hay vida en las aldeas de Alcalá? La pregunta no existe para Cintia Diaz (26) y María Martín (25), encargadas del proyecto municipal Entornos Creativos en Zonas Rurales. Porque ellas están en convertir esa pregunta en afirmación. En reforzarla y que sea una verdad documentada. Su trabajo, que concluirá el 30 de noviembre tras empezar la investigación en junio, consiste en visitar las 16 aldeas para rescatar la vida cultural y social de zonas en las que el censo miente: siempre figuran más personas de las que residen todo el año. ¿Tiene sentido recuperar esa memoria colectiva en lugares cada vez más deshabitados? Tampoco es una pregunta para ellas, técnicas sociales en el sur de Jaén, agentes dinamizadoras que intervienen en la Andalucía profunda.

El programa ya está en la recta final, y ahora todos entienden.

Entienden los pedáneos, que ya sí saben de qué va eso de entornos creativos.

Entienden los vecinos, más bien las vecinas, que reciben cada semana las visitas de Cintia y María para contar historias de cómo era la vida antes, preparar exposiciones de época y mover el cuerpo si suena la música.

Ahora, meses después del arranque, la idea queda más diáfana.

Se trataba de remover el pasado para pulsar el nervio del presente.

Las aldeas son: Caserías de San Isidro (86), Charilla (398), Ermita Nueva (274), Fuente Álamo (173), Las Grajeras (91), La Hortichuela, Mures (632 con Casillas de Mures), La Pedriza (293), Las Peñas de Majalcorón (27), La Rábita (550), Ribera Alta (303), Ribera Baja (110), San José de la Rábita (50), Santa Ana (743), Venta de Agramaderos (129) y Villalobos (83). Hay que sumar también los vecinos en zonas que no son propiamente aldeas, como Cequia (206), Pilillas (134), Puerto Llano (71), Pilas la Fuente del Soto (95) y Fuerte del Rey (258).

Alcalá parece, por la cantidad de aldeas, una pequeña provincia.

Alcalá ciudad (17.192) y sus aldeas suman 22.177 habitantes, según datos del padrón del Ayuntamiento actualizado con fecha 28 de septiembre de 2017. El INE, en cambio, cifra la población total en 21.758 con datos registrados hasta el 1 de enero del año pasado.

El mapa de las aldeas alcalaínas. Fotos: Fran Cano.
El mapa de las aldeas alcalaínas. Fotos: Fran Cano.

HISTORIAS DE VIDA EN LAS GRAJERAS

Es 29 de agosto. Cintia —que nació en Santa Ana y vive en Alcalá— tiene que arrancar otra vez el coche. Acaba de salir de una jornada de trabajo en Servicios Sociales, en Alcalá. Desde allí se traslada con Sheila —nutricionista— a Las Grajeras. El trayecto es corto y con curvas hasta llegar a una aldea que llama la atención por su geografía dispersa: unas viviendas por aquí, otras por allá, como si un huracán hubiera arrasado casas enteras. No hay idea de núcleo.

La cita es en el Centro Social. La temperatura es agradable, sin calor ni frío. Por eso la reunión se celebra en torno a cinco mesas blancas de plástico una tras otra, a los pies del centro, bajo un porche.

Hay tres hombres y 12 mujeres. La edad media supera con creces los 60 años. Entre los hombres está el pedáneo, José Aguilera, quien preside la mesa y se va a mostrar participativo durante el encuentro.

Cintia saluda a todos, es cariñosa, cercana y atenta. Cuando toman asiento, ella enciende la grabadora. Empieza la actividad Historias de vida.

¿Qué se hace? Tan sencillo y común como charlar en comunidad. Sólo que Cintia con sus preguntas invita a los presentes a retroceder en el tiempo, a recordar cómo era la vida en Las Grajeras.

Aguilera cuenta que antes —muchos años antes— hubo hasta 900 vecinos. Hoy, dice, apenas llegan al centenar.

También antes, apunta otra señora, hubo vecinos que llegaron a habitar las paredes de cuevas no subterráneas, en barrancos. Verdad o no, esa vida en las cuevas tiene tradición oral entre los vecinos más longevos de la Sierra Sur.

—Un hombre ciego —dice una.

—Y la Victoria, que cuidó a cinco o seis hijos —dice otra.

Historias.

Cintia prepara la actividad en el Centro Social de Las Grajeras.
Cintia prepara la actividad en el Centro Social de Las Grajeras.

Avanza la charla. Cintia pregunta por el cortejo. Cómo ligaban las gentes.

Y señalan que todo era en los bailes y en plena carretera.

Faustino, un señor de cabello blanco con don de palabra, cuenta que el matrimonio le hizo engordar 49 kilos. Su mujer, también presente, recuerda que el enlace fue en 1972. No ha llovido tanto.

Las costumbres en pareja también son objeto de interés en Historias de vida. Hablan los protagonistas de banquetes más humildes, de un sentido del matrimonio más hondo que el de ahora, quizá fruto de una educación menos libre que en 2017.

—Era costumbre beber vino en el zapato de la novia —cuentan.

Hablan de eso tan cinematográfico de pedir la mano no a la mujer deseada, sino al padre. El consentimiento paterno preconyugal.

—Se regalaban gallinas y chotos. Y la gente también llevaba sal o algún producto cuando visitaba la casa de los recién casados –señala una señora.

Es imposible no reparar en Josefina, el jersey verde, el pelo gris, menuda de cuerpo. La llaman Filla. Es la mujer con más edad de la reunión y está sentada junto a Cintia. Hay veces en que se desentiende del resto para contarle cosas a ella y a la compañera de al lado.

Cosas como que la matanza era una fiesta de vecinos.

—Antes había más sentimiento de comunidad. Ahora cada cual se queda en su casa. Se encierra —interviene Aguilera.

La reunión acaba, y a Cintia le hubiese gustado que alguien cantase, como en otra ocasión cantó un vecino delante de María.

A Cintia también le hubiese gustado que la charla continuase sin ella.

Pero «ahora cada cual se queda en su casa. Se encierra».

'Filla' habla con otra mujer mayor en el encuentro en Las Grajeras.
‘Filla’ habla con otra mujer mayor en el encuentro en Las Grajeras.

EL DÍA QUE LA ALDEA ESTÁ MUERTA

El cronograma que manejan las técnicas está repleto de actividades. Tienen que ajustar horarios para atender las 16 aldeas y sacar el proyecto hacia adelante cada semana.

A veces llegan a destinos donde nadie espera. Hay plantones. Ha pasado muy pocas veces hasta la fecha. Pero ha pasado.

Como hoy, 13 de septiembre. Ribera Baja. Las diez de la mañana.

María y Cintia visitan la aldea para dar una charla sobre la dependencia. Han llegado en el mismo coche. En torno al centro social hay un par de obreros y no hay rastro de más movimiento hasta que, al cuarto de hora, una mujer llega a la plaza, junto a un pista polideportiva, para retirar su automóvil.

En ese cuarto de hora, María y Cintia esperan a su contacto en la aldea, Matilde.

La mujer —es otra vez una mujer el enlace— no aparece.

—¿Y por qué no la llamáis? —pregunto.

Entienden que es mejor no hacerlo. La cita estaba concertada. Si no ha venido nadie es porque ésa es la voluntad de los destinatarios del programa hoy. Dicen, medio en broma, que igual la causa es el periodista. Las mujeres de Ribera Baja estaban avisadas de que hoy estaría Lacontradejaén para cubrir la charla sobre dependencia.

Cintia y María están sentadas en una suerte de poyo, casi convencidas de que nadie va a aparecer. Así que aprovechan par hacer balance de cómo va la cosa en algunas de las aldeas.

El proyecto fue presentado en julio en Alcalá, con la presencia de las técnicas, la concejal María José Aceituno y los pedáneos de Santa Ana (Rafael Cano) y Ribera Alta (Paqui Mudarra).
El proyecto fue presentado en julio en Alcalá, con la presencia de las técnicas, la concejal María José Aceituno y los pedáneos de Santa Ana (Rafael Cano) y Ribera Alta (Paqui Mudarra).

Ventas de Agrademeros destaca por su alta participación. En algunas citas hay hasta una quincena de coches aparcados. Gente que espera las técnicas.

En La Hortichuela, María no ha vacilado en meterse en una taberna para intercambiar impresiones con los hombres y contarles de qué va el proyecto. También ha proyectado un vídeo en castellano y en inglés.

En la vecina Ribera Alta el taller de musicoterapia ha ido muy bien, porque antes no habían hecho algo parecido. También se ha celebrado un taller con Cruz Roja para mujeres desempleadas.

Un club de lectura despega en La Rábita.

Un vídeo de baile muestra el ritmo de las gentes de Fuente Álamo. Lo enseña María en su móvil.

—Lo que queremos es reavivar las asociaciones locales.

Es un reto realista.

Las asociaciones perciben en ellas una vía para trasladarle inquietudes y mejoras al Ayuntamiento de Alcalá. Y ahí hay cierto problema. El asunto es delicado. Porque Cintia y María están allí para otra cosa, no son emisarias políticas. Claro que en alguna cuestión —cambiar de sitio un mercadillo, por ejemplo— pueden echar una mano.

—Sí que nos interesa conocer cuáles son sus necesidades —dice María.

Una de las inquietudes es descubrir en qué aldeas hace falta guardería temporera.

Ellas están motivadas, contentas con lo que hacen.

Hoy no hay nadie. Así que arrancan el coche, rumbo a otra aldea. Cintia se va a Charilla.

Ribera Baja parece un desierto esta mañana.

LA RÁBITA: LA EXPOSICIÓN Y EL MERCADILLO

Hoy es 18 de septiembre, y sí que hay gente en el Centro Social de La Rábita. María ha quedado con las mujeres que preparan una exposición con objetos y artículos de época prevista para el 26 de octubre. Será en diferentes calles de la aldea.

La reunión con las rabiteñas —algo más de una decena— es en una habitación al lado del bar del centro, donde los hombres juegan a las cartas. De nuevo todo se articula en torno a una mesa que invita al diálogo.

—¿Cómo vais?— pregunta María.

María prepara la exposición con vecinas de La Rábita.
María prepara la exposición con vecinas de La Rábita.

Al poco tiempo, la técnica pregunta qué cosas pueden aportar para la muestra.

—Un mantel bordado de la Santa Cena —dice una asistente. Se llama Rosario.

—Yo, una sábana —dice otra mujer. También se llama Rosario.

María toma nota, apunta nombre y teléfono, y cuenta que el docente Paco Martín dará cobertura histórica a la exposición.

La charla es distendida, y las mujeres van aportando ideas para enriquecer la muestra. Una mujer aprovechará para enseñar sus propios cuadros a la aldea.

No es la única artista. Porque otra, llamada María del Carmen, es la “campeona del ganchillo”.

—Bueno, aquí, ¿qué hacéis? —pregunta María.

Es una forma de invitarlas ya no sólo a darle vida a la muestra, sin a darle vida a  la adea. Por eso hablan de un grupo de sevillanas en ciernes y de la posibilidad, a través de María, de desfilar como modelos.

Los hombres siguen a lo suyo, en el bar. El gestor se hace un lío con el censo al ser preguntado por este periódico.

—Somos unos 1.200. Antes La Rábita era una de las aldeas más habitadas de Alcalá.

El censo llega, en realidad, a los 600 vecinos incluyendo a los de San José de la Rábita.

Mientras, en la charla de las mujeres, el debate es la ubicación del mercadillo. Las presentes son partidarias de cambiarlo de sitio, que pase del campo de fútbol —que está a la salida del pueblo— a las calles aledañas del Centro Social. Quedaría menos lejos y sería más operativo para las personas mayores. El mercadillo cuenta con “tres o cuatro” puestos de fruta y otros tantos de ropa.

María tiene que trabajar en ello. Recabar firmas y tener la autorización de los vecinos con casas en la posible nueva ubicación. Un ‘no’ basta para cancelar la idea.

—Tenéis que tener en cuenta que puede pasar algo: alguien que necesite salir de casa por una urgencia de salud, por ejemplo —les dice.

El Centro Social de La Rábita.
El Centro Social de La Rábita.

Luego, ya al final de un encuentro que dura sobre una hora, la técnica conecta a las vecinas de la aldea con la vida sociocultural de Alcalá, la ciudad. Les cuenta que hay talleres y jornadas de psicología para controlar las emociones. Nada de tabúes, les dice como invitándolas a que sean curiosas.

También les informa de que hay incentivos laborales para ciudadanos con discapacidad.

Y María informa sobre un programa con tecnología desde el smartphone para auxiliar a las personas con alzhéimer.

El interés de ellas confirma que la cosa funciona. Hay emisor, mensaje y receptor.

—Lo que quiere la gente es información —afirma María, ya de vuelta en el coche.

Las técnicas han creado grupos de WhatsApp que pueden sonar en cualquier momento, casi a cualquier hora y que siempre son atendidos.

La predisposición no se discute, sean las aldeas más o menos participativas.

Las técnicas ahora también entienden mejor qué hacen y para qué. Han visitado sitios que no conocían y han conectado con personas a las que ayudan.

Si se les pregunta por el futuro demográfico de los lugares en los que aún trabajan, las dos coinciden: la despoblación es y será difícilmente reversible.

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