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"Nuestra casa es un museo de esparto"

"Nuestra casa es un museo de esparto"

Por Esperanza Calzado - Marzo 17, 2024
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Se llama Antonio Zafra, aunque en Arjonilla todo el mundo le conoce como Camilo. Este artesano, nacido en 1949, casi no responde a su nombre cuando camina por las calles de su municipio, porque nunca le llaman así. Acompañado por su esposa, repasa el noble arte de trabajar el esparto; una labor de la que se confiesa estar "enganchado". Tanto, que los más de 500 metros cuadrados de su casa están plagados de trabajos realizados por él y su esposa.

—La primera pregunta es obligada. ¿Por qué le conocen como Camilo en Arjonilla?

—Mi padre se llamaba así, a mi primer hijo le puse ese nombre y en mi pueblo todos somos Camilo. Nadie me llama por mi nombre.

—¿Desde cuándo lleva trabajando el esparto?

—Uf...Un montón de años. Mi abuelo hacía algo, pero poco. Fue cuando me jubilé cuando empecé a trabajar el esparto como una afición. De hecho, no vendemos nada y aquí a la Feria de los Pueblos venimos acompañando a nuestro ayuntamiento para mostrar esta labor.

—¿Qué cualidades hay qué tener?

—No hay que tener maña, sino unas manos muy buenas, además de que te guste. Hay que darle cariño y tener las uñas cortas, porque sino se te parten (bromea). He dado varios cursos, tanto para hombres como para mujeres; yo en eso no diferencio. Y la verdad es que ha gustado mucho. Se sorprendería como a la gente joven, de unos 30 años, les gusta trabajar el esparto.

—Si no venden lo que hacen... ¿Cómo tienen la casa?

—Nuestra casa es un museo de esparto. Todas las lámparas, por ejemplo, son de este material. Tengo una vivienda grande, de casi 550 metros cuadrados pisables y todas las lámparas son hechas por nosotros. También tengo espejos, botelleros, de todo lo que usted se pueda imaginar. También hago cestas, revisteros y casi cualquier elemento de decoración. 

—Ahora mismo, esto se usa de decoración. 

—Sí, claro. El año pasado, por ejemplo, llegó una mujer que tenía un cortijo que lo iba a reformar y se llevó las cuatro lámparas que traje, además de espejos. 

—¿Se sienten los bichos raros al defender un arte ya en desuso?

—Ya somos muy pocos los que nos dedicamos a esto. Antes eran más, sobre todo para hacer aperos para el campo. Por ejemplo, se fabricaban capachas para las mulas o serones. Pero hoy ya no hay ni mulas ni burros. Pero yo estoy muy orgulloso de seguir haciéndolo. Esta es mi droga, solo que más sana que la otra.

—¿Cuál es la pieza de la que se siente más orgulloso?

—Nunca me desharé de una lampara y un espejo muy grandes que tengo en casa y que son preciosas.

—¿Dónde compran el material?

—Me lo traen de Murcia y no es precisamente barato. Tengo que reconocer que el esparto es caro. Una pieza pequeña puede costar cinco euros, pero detrás lleva tres horas de mano de obra que evidentemente no está incluída en el precio. No es un producto barato, la verdad. Para que se haga una idea, 750 gramos de esparto ya cuestan los cinco euros. Luego hay que ponerle el alambre y la mano de obra... No salen las cuentas.

—Son muchos los años que lleva viniendo a la Feria de los Pueblos.

—Efectivamente. Colaboro con el Ayuntamiento de Arjonilla y tengo que reconocer que esta es la feria que más me gusta de todas las que se hacen. No vengo a vender nada, sino a que la gente vea lo que hago y que no olvide nuestra artesanía.

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