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La bolsa y la vida

Por Juan Luis Sotés - Marzo 12, 2017
La bolsa y la vida
Juan Luis Sotés analiza cómo percibe la ciudadanía al Estado.

Ya se anuncia la primavera, la flor del naranjo y la del olivo, la rebeca sobre los hombros por si refresca. La Semana de Pasión con su INRI y el resto de cosas horribles que empiezan por I: IBI, IVTM, IRPF. La pasión particular del pobre ciudadano que levanta los muros de su vida sin deberle nada a nadie pero al que la Administración reclama voraz una libra de carne de su propio pecho…

Después de todo podríamos preguntarnos como un personaje más de La vida de Brian: “Aparte de hospitales, colegios, carreteras, puertos, alcantarillados, pensiones, subsidios… ¿Qué ha hecho la Administración por nosotros?” Y aquí llegamos al chiste, se entiende.

Las clases trabajadoras, desde la denominada “baja” a la denominada “media”, caemos constantemente en la lógica de aquellos a quienes les importa un cuerno que haya hospitales públicos porque pueden pagar por su salud; quienes arremeten contra la educación pública porque, a golpe de talonario, sus hijos reciben la educación que les dé la gana; a quienes la dependencia les suena a chino porque se pueden permitir todas las manos que deseen para el cuidado de los suyos. ¿Por qué narices van a tener que poner de su dinero para que cuatro desgraciados como nosotros tengamos derecho a lo más básico?

El Estado, sí, ese terrible Leviatán que nos devora cuando nuestro dinero sirve para hacer la vida mejor a quienes menos tienen pero al que acudimos presurosos para solicitar una ayuda a la inversión o un rescate económico cuando nuestros grandes negocios hacen aguas.

Y caemos en su lógica una y otra vez. Hace poco conversaba con un vecino al que habían enredado en una de esas cadenas contra el impuesto de sucesiones en Andalucía. Repetía los argumentos que había recibido en bandeja sin cuestionar absolutamente nada: qué vergüenza, vaya socialistas, vaya podemitas que permiten que nos sigan sacando los cuartos…

—Pero Fulanito, el tope exento es de casi 300.000 euros por heredero.

—¿Ah sí? No lo sabía. Es verdad, cuando murió mi padre no tuvimos que pagar nada…

Así es, Fulanito, ni tú ni yo ni la gran mayoría de andaluces de a pie. Pero aquí nos tienes, firmando peticiones para aliviar de tan onerosa obligación a quienes heredan una cantidad considerable. Repitiendo consignas aunque estas contradigan nuestra experiencia.

Es cierto, a veces el fruto de nuestros impuestos es malversado, trasvasado a bolsillo ajeno o despilfarrado. Pero eso no invalida el hecho de colaborar en la caja común, más bien nos advierte de la necesidad de vigilar y sancionar convenientemente a quien meta la mano en ella.

Sin embargo, mientras clamamos al cielo y hablamos de robo a la hora de pagar, la única sanción que podemos aplicar una vez cometido el verdadero robo, la retirada de nuestro voto, queda eternamente en suspenso. Ya se sabe, somos más de quejarnos amargamente, de gritar y blasfemar y buscar constantes excusas para ocultar que somos tan egoístas como el que más. Nos han convencido de ello: primero, la felicidad personal encarnada en la posesión de bienes; luego, la caridad que nos hace sentir mejores personas.

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