Cuando empezó a jugar a fútbol, destacó tanto que enseguida lo bautizaron con un sobrenombre de protagonista de thriller, ‘El Máquina’. José Antonio Jiménez García (Alcalá, 1989) le daba un uso muy práctico al balón: una y otra vez lo empujaba al fondo de las porterías del campo municipal de su pueblo. Con seis años jugaba con chicos de nueve. A los catorce años, su talento llamó la atención del club con más títulos del mundo. Ojeadores del Real Madrid lo llevaron a las categorías inferiores; el salto fue enorme, y ‘El Máquina’ no se arrugó: pasó un año a caballo entre la Sierra Sur y la capital española a base de regates y goles, tanto daba el lugar y la camiseta. Del Sporting de Aben Zayde al Madrid. El sueño estaba ocurriendo. Pero algo lo frenó poco después, cuando despuntó en el filial del Sevilla. No fue la competencia ni la soledad como púber, a miles de kilómetros de su gente. Todo se frenó en seco por un problema que iba y venía. Una grieta crónica en un físico privilegiado. Los tobillos, el único rival que no regateó. El cartílago. Los cartílagos, más bien. Veinte lesiones entre los 16 y los 22 años. La deslumbrante máquina alcalaína no era perfecta.

LA CAMISETA BLANCA COMO INICIO

Un día normal en la oficina del benjamín —y alevín y cadete— José Antonio Jiménez era meter cuatro goles por partido. Llegar al final de temporada con 80 tantos. Números de Bojan Krkić en La Masía.

Hoy es miércoles 14 de junio de 2017, y José Antonio Jiménez pisa el césped que antes era albero, en el polideportivo municipal. Son las nueve y media de la noche y aún hay luz. Todo se ve nítido: el área, las porterías, las gradas y el balón que trae. Han pasado seis años del adiós, pero la hechura del todavía veinteañero es la de un futbolista: brazos de complexión atlética, figura delgada y piernas ágiles. Viste camiseta y pantalones negros descosidos a la altura de las rodillas, zapatillas Nike amarillo chillón. Si se afeita la barba, ahí está el chico al que echaban mano sus entrenadores para remontar cuando la cosa se ponía fea.

¿Qué supone ahora este sitio?

—Ha marcado mi infancia, mi adolescencia y la etapa actual. Aquí empecé a jugar al balón gracias a mi hermano Jorge, que me traía.

José Antonio habla sentado, con la pelota blanca muy cerca.

Empezó a jugar en el campo municipal de Alcalá. Fotos: Fran Cano.
Empezó a jugar en el campo municipal de Alcalá. Fotos: Fran Cano.

“Tenía una calidad increíble. Por entonces me llamaron las selecciones de Jaén y Andalucía. Les dije que vinieran a verlo, pero me comentaron que ni siquiera hacía falta. Ya le habían hecho un seguimiento exhaustivo”, recuerda Manuel Cano, entonces presidente del extinto Sporting de Aben Zayde, uno de los entrenadores de ‘El Maquina’.

El Madrid llama a José Antonio tan joven que la cosa no parecía verdad. Cómo olvidar aquel día en que se enfundó la camiseta blanca con el 11 a la espalda. Aquella primera y única temporada en el Real fue extraña, pero quizá la que más disfrutó como jugador antes de ser adulto. Los tobillos nunca se quejaron, y eso que combinó semanas en Madrid con otras en Alcalá. En los partidos todo va según él decide: aquí el regate, aquí el desmarque, aquí el gol. Jugó varios torneos. La segunda temporada tenía que darse. Así se lo explican desde el club. Lo hace el encargado de rastrear España en busca de talentos. Le dijo que lo llamaría para instalarse definitivamente, pero la llamada no existió. Ramón Calderón llegó a la presidencia del club más rico del mundo. Entre sus primeras decisiones, despedir a quien cazó a José Antonio. Fin al año blanco; la carrera en los clubes españoles acaba de empezar. ‘El Máquina’ no volvería a Alcalá como un hijo pródigo vencido.

RUMBO AL SEVILLA DE DANI ALVES Y KANOUTÉ

Las actuaciones en el Sporting Aben Zayde alcalaíno llevan a José Antonio a la selección de Jaén. Un día, el entrenador del combinado lo cita aparte del resto y le hace una concesión:

—José, te prometo que esto es la primera vez que lo hago: ¿con qué número quieres jugar?

‘El Máquina’ pide el 10 de los dioses, porque era al mismo tiempo un 10 con llegada y un 9 sin perdón ante el arquero. Debuta al lado de compañeros mayores que él, y hace un gol en su primer partido. El tanto por desgracia queda empañado en el siguiente choque por la primera lesión en el cartílago izquierdo.

—Entonces no sabía ni qué era el cartílago —recuerda.

No lo supo hasta años más tarde.

Poco tiempo después, un nuevo paso: la selección andaluza. La vida sigue igual en el césped: qué importa la edad si lo que manda es el talento. Es el único jiennense del grupo andaluz y el único que jugaba en segunda provincial, al lado de futbolistas del Betis, por ejemplo. Y en una disputa de balón sin épica ni trascendencia, otra vez nota un dolor en el cartílago izquierdo. Otra vez un paso adelante implica una lesión.

Ya como juvenil de primer año, con 16, la proyección es tal que el Sevilla lo convocó para unas pruebas. Acudió a la capital hispalense, exhibió el nivel que lo caracterizaba, tampoco intentó nada nuevo, y regresó a su pueblo. Antes, en el trayecto de vuelta lo llamó el club. Será jugador del Sevilla.

A la zurda de José Antonio le sentó bien el Guadalquivir aun cuando lo ubicaron en el extremo izquierdo, más alejado del área, más ducho para el regate y el quiebro gracias a una velocidad que ya recordaba a las arrancadas de Fernando Torres. No son sólo las formas de crack; la jerarquía que impone el alcalaíno se traduce en cifras. Qué tal son siete goles en cinco jornadas. Los exfutbolistas culés Vicente Amigó y Tente Sánchez ataron al chico y se convirtieron en sus representantes. Es inevitable que al cierre de cada ejercicio hubiese movimientos, llamadas de teléfono y ofertas.

Pero José Antonio no pudo cotizar a la alta porque a la baja, en su cuerpo, persistía un problema que le impidió jugar más de cinco jornadas seguidas: los tobillos no aguantaban.

Su segundo año en Sevilla fue un infierno. Llegó a lesionarse una y otra vez de ambos cartílagos.

—Un día incluso de los dos al mismo tiempo –lamenta.

Cayó la Copa del Rey, pero nada que celebrar.

El Sevilla mimó al chico, desde el director deportivo Monchi hasta Pablo Blanco, exjugador del club. Éste le transmitió tranquilidad: darían con la tecla, las cosas saldrían mejor el año siguiente. Todo en condicional.

Jiménez promediaba 80 goles en el Sporting Aben Zayde.
Jiménez promediaba 80 goles en el Sporting Aben Zayde.

NO HAY SALIDA O ESTÁ FUERA DEL CAMPO

La falta de continuidad llevó al alcalaíno a jugar cedido en clubes de Sevilla como el Club Atlético Antoniano y el San Juan de Aznalfarache, modestos de Tercera. El reto de escalar a la primera parecía complicado.

Pero ‘El Máquina’ siempre vuelve. En la División de Honor del Sevilla, el escaparate para subir al primer equipo, José Antonio volvió a exhibir su nivel sobresaliente.

—Ahí te juegas hacer la pretemporada con el absoluto o irte a un equipo de nivel, en Segunda o Segunda B —dice con la tranquilidad que no tuvo entonces.

En medio de tanta lesión, él tenía una virtud: el físico le permitía regresar un mes y medio después a pleno rendimiento, como si el tiempo en la enfermería no hiciese mella.

Llegó la época de compartir algún que otro entrenamiento con Dani Alves, Kanouté, Maresca, Luis Fabiano y cía. El mejor Sevilla de la última década.

—Aún jugaba de extremo, y recuerdo las palizas de subir y bajar que me pegaba con Alves por la banda. Un fenómeno.

Manolo Jiménez, entonces entrenador, le dio aliento al joven. Le dijo que continuase hacia adelante.

Al poco de estrenar la veintena, José Antonio dijo lo que sus tobillos llevaban toda la vida gritando: basta. Se acabó.

Probó con todo: plantillas especiales, tratamientos diferentes. Que si era la cadera ligeramente desviada, que si cambiando la rutina las lesiones quedarían atrás. Nada.

“Habría sido jugador de primera al cien por cien. Es una lástima”, reconoce Manuel Cano.

Y tomó la decisión más difícil hasta la fecha. Arropado por su familia, por su hermano Jorge, a quien tantas veces llamó entre lágrimas para decirle que quería irse, José Antonio abandonó el Sevilla cuatro temporadas después. Decidió centrarse en la carrera de INEF.

—Tenía que cambiar de aires —justifica él.

La siguiente parada de ‘El Máquina’ no fue futbolera. Oporto, Portugal, el Erasmus como exilio.

“¿CÓMO ES QUE NO ESTÁS JUGANDO A FÚTBOL”?

La idea era alejarse, iniciar un nuevo rumbo con 21 años. Las lesiones lo habían llevado al diván, y la apuesta por tener siempre un plan alternativo en los estudios le daba esa opción de ser otra persona, de olvidar el fútbol. De hecho, el Sevilla no llegó a contratar ningún tipo de enlace con algún club luso.

Pero qué más daba.

José Antonio conoció a un profesor de la Universidad de Oporto que era entrenador de un equipo de segunda. El docente no tardó en advertir que en los pies del alcalaíno había un brío de genio. Un día le hizo una pregunta:

—¿Cómo es que no estás jugando a fútbol?

Quería decir compitiendo, ganándose la vida con el deporte rey.

El profesor/entrenador no daba crédito. Hasta que José Antonio le explicó su problema, los malditos cartílagos.

—Él quería que empezase a entrar para jugar con su equipo. Preferí meterme en el Gondomar, un equipo de segunda B, para ver cómo me encontraba. Era la mejor forma de compaginar universidad y fútbol.

El año en Portugal cerró dos círculos en la vida de José Antonio. Completó su carrera como licenciado en INEF y dejó de ser futbolista.

Ni siquiera llegó al ecuador de la temporada, lastrado por enésima vez.

El club le instó a una operación libre de coste que podía poner fin a sus molestias crónicas en los cartílagos. Como era sólo una posibilidad, él no se atrevió. El riesgo era importante: que la movilidad quedase mermada, reducida.

Ahora sí, la competición debía quedar apartada.

El final llega en Oporto, aunque aún le quedaba una bala.
El final llega en Oporto, aunque aún le quedaba una bala.

SUIZA, LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD

El regreso a España tenía que ser tranquilo. No quedaba otra que mirar hacia adelante y entender que él, ‘El Máquina’, tendría que ver el fútbol desde la tele o desde el campo, como preparador físico.

La familia estaba con él. Como siempre. Hay vida después de las cintas y los goles. Al fin y al cabo, tenía una carrera y todo por descubrir fuera del césped, más infierno que sueño desde los 16 años.

Hasta que sonó el teléfono. Un directivo español lo llamó para convencerlo de una idea que parecía tan loca como aquella vez que lo fichó el Madrid. El directivo viajó desde Barcelona hasta la casa de José Antonio.

—Me cuenta que quieren hacer una liga muy competitiva en Suiza. Sabía de mi problema. Y me da una fecha para hacer el reconocimiento médico.

José Antonio dijo que sí. No sólo era el último tren, sino una oportunidad económica de oro: nunca había visto un contrato con tantos ceros juntos. “Yo le apoyé siempre, pero la decisión era suya”, recuerda el hermano.

Tenía que intentarlo. Por el presente y por el futuro.

Una mañana, a menos de diez días de la prueba en Suiza, salió a correr por un pasaje rural. La oferta le había espabilado el ánimo, habían vuelto las ganas. Aquella mañana estaba trotando, luego hizo un cambio de ritmo y justo después sintió el dolor de tantas veces. Bastó un impacto convencional contra el terreno. El cartílago falló. Como siempre.

—Me fui a casa llorando. Llamé y dije que no me presentaba a la prueba. Aun así me contestaron que podía volver a intentarlo cuando me recuperase.

Pero —ahora sí, sin más reintentos— el final era el final. Colgó las botas con 22 años, esa edad en la que tantos jugadores comienzan a ser estrellas de equipos medianos en primera. O en la que los más precoces consiguen contratos para vivir cien vidas.

Jorge Jiménez cuenta a Lacontradejaén que no ha visto otro jugador de Alcalá con tanto talento como su hermano. “Era un grandísimo deportista y un grandísimo futbolista. La velocidad que tenía era espectacular”, dice por teléfono. “Sin las lesiones hubiera llegado a ser profesional de todas, todas”, afirma. El hermano mayor, también futbolista, recuerda que José Antonio vivía el deporte con pasión: nada de fiestas, sólo fútbol.

“NO PUEDO VER PARTIDOS POR TELEVISIÓN”

El cartílago es apenas un tejido que recubre el hueso del tobillo. Tanta lesión ha deformado levemente los tobillos de José Antonio. Tiene una suerte de bola, como la de una canica, que sobresale. Algo tan sutil ha creado una distancia entre la realidad y las expectativas de un chico llamado a la gloria. No, hoy no sería Messi ni Cristiano. Igual sólo estaría en Segunda B o en Tercera, como su paisano Carlos Garrido (Almería). O quizá sí se hubiese hecho un hueco en Primera, como su amigo Raúl Rodríguez Navas, central de la Real Sociedad.

Ya es de noche, y José Antonio ha recordado todo antes de que su historia sea aún más pública.

Una de las hipótesis que se explica a sí mismo para entender el porqué de sus tobillos tiene que ver con el momento en que dejó su pueblo.

—Yo estaba acostumbrado a dos entrenos a la semana, y cuando me fui eran casi diarios, con partidos en fin de semana. Me marché con 16 años al Sevilla. Creo que mis tobillos no soportaron ese cambio.

—Supongo que tras el último intento, cuando ya sabes que no puede ser, necesitarías ayuda. ¿Fuiste al psicólogo?

—Claro, lo necesitaba y me vino muy bien.

–¿Qué te dijo?

—Que la vida sigue, que podía hacer otras cosas.

El especialista estaba en lo cierto.

José Antonio es monitor deportivo y entrenador del Alcalá Enojoy. Tutela a un grupo de Infantil. Le gusta más la palabra formador o educador que la de mánager. Guarda un vínculo muy fuerte con el Sevilla, su equipo tanto como el Madrid, pues en el club andaluz fue preparador físico un tiempo.

El deporte es para él casi un efecto óptico: si se acerca mucho, las cosas no son como parecen, sale mal parado: el pádel le da problemas, el atletismo es una mala idea y la última pachanga de fútbol sala lo llevó a Urgencias.

Qué queda de todo.

Todo.

Como aquella vez, recuerdo, en que entró al campo y lo primero que hizo fue meter un balón al delantero sin mirar la pelota, como Laudrup.

O aquel primer partido con el Alcalá, recuerda él, en que se fue acercando en diagonal a la meta, sorteó a cuantos se le acercaron, incluido el portero, e hizo un gol de crack.

—He crecido com persona. Pero no puedo ver partidos por la tele.

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