Antonio Pulido escribe hoy sobre 'El hijo de Segovia'.
Antonio Pulido escribe hoy sobre 'El hijo de Segovia'.

Como a tantos otros de la época, a Elías lo recogieron en Barajas con un aire desorientado. Ni él ni Robson, que viajó con él para ver qué se cocía en el fútbol sala español, entendían el castellano. Fue el FC Barcelona quien se había interesado por ellos, aunque algo les hacía tener la mosca detrás de la oreja cuando el billete les destinaba a Madrid. Allí les recogieron Jesús Fernández, “Susi”, y José Luis Guijarro, que ni iban con el escudo del club catalán ni les llevarían a la Ciudad Condal, sino que se trataban de directivos del Caja Segovia. Claro, que eso no lo sabían los futbolistas. Susi les dio a entender —como pudo— que se montaran en el coche y que no se preocuparan, algo difícil de creer cuando el viaje comenzó de forma poco convencional: el automóvil se lo había llevado la grúa. Primeros síntomas de nerviosismo en los brasileños. Debieron coger un taxi para recoger el susodicho medio de transporte y, previa parada en un restaurante de comida rápida, se pusieron a engullir kilómetros y kilómetros hasta llegar a Segovia en junio de 1991 bajo la justificación: “estamos al lado de Madrid”.

Elías se ríe hoy de lo sucedido al otro lado del charco: “Nos encontramos con un tío con barbas y muy alto, que era Susi, y José Luis Guijarro. Unos personajes. Empezamos a pensar cosas raras, más incluso cuando creíamos que no tenían dinero para pagar el dinero por el mal estacionamiento. El susto fue muy grande. Yo le decía a Robson: ‘Si no tienen para pagar la multa, imagínate cuando tengan que darnos el sueldo’. Nos mirábamos y estábamos preocupados”. Risas hoy, nervios ayer.

Ya en suelo castellanoleonés, no pudieron escapar a ningún lado, por lo que el método de convencimiento de aquella directiva fue agasajarles con un verano repleto de ocio, es decir, el oxígeno de un brasileño. “Se tomaron un verano de fiesta en fiesta, para que se fueran adaptando. En septiembre comenzamos la Liga en Mejorada del Campo. Nos metieron una turra cuando íbamos de gallitos y, al lunes siguiente, llegamos a las oficinas y nos dicen que Robson se ha ido, que no está. Nos dejó colgados después de pegarse un verano de maravilla. Lo mejor es que tiempo después el propio Elías me confesó que él estuvo a punto de irse”, comenta Susi Fernández como si fuera un asunto baladí hasta el paso de dos o tres segundos en los que recapacita y admite que Elías fue quien puso la semilla para que se expandiera el fútbol sala en Segovia. Pero que también fue el mejor jugador del club. Y el más importante. Y el que más fuerte le pegaba a la pelota hasta ganarse el apodo de “Patamula”.

Elías, en una jugada.
Elías, en una jugada.

“¡Menos mal que llegamos en verano porque si lo hubiésemos hecho en invierno me voy a Brasil al día siguiente del frío que hace!”, reconoce Elías en la actualidad. A las mentes más jóvenes les cuesta creer que hubiera alguien más grande en “el Caja” que los autores de los títulos más importantes de la institución, especialmente si acudimos a Daniel Ibañes o Luis Amado. ¿Cómo es posible que haya alguien con mayor relevancia? Hay alguien y hay hechos. Sobre todo uno: el paso del pabellón de los Maristas (con 500 asientos, si acaso) al Pedro Delgado (casi 3.000).

“El cambio de Maristas al Perico se llama Elías. La gente estaba muy asustada y nadie sabía lo que iba a pasar porque el pabellón estaba a las afueras con cuatro casas más. Llenaba el pabellón, era espectacular. Los demás estábamos al lado, pero era él quien ocupaba todas las butacas. No entiendo cómo no le ha hecho un homenaje en condiciones. Se merece más en Segovia”, asegura César Barreno, que entró en el equipo con la experiencia de un pipiolo justo cuando se marchó Robson. Pero no es el único. El vacío inmenso que parecía aquella nueva instalación se asemejaba a un abismo para el equipo. Demasiada incertidumbre hasta que el propio Elías la convirtió en síntoma de garantía. Otro César, Arcones de apellido y con experiencia en el cuerpo técnico del propio Caja y de la selección española, coincide en que ese salto fue determinante para que creciera el deporte en la ciudad: “Era impensable que se retransmitiera un partido por televisión y sucedió. Todo eso sumó como embrión para lo que vendría después: una ciudad volcada por y para el fútbol sala. Elías era el centro neurálgico y está al nivel de otros como Carosini, Celso o Paulo en cuanto a la evolución de la LNFS, pero con la diferencia sustancial de que Elías no estaba en un equipo puntero y era muy difícil encontrar a un jugador con esa facilidad en la finalización”. Fue tal su impacto que atrajo incluso a los que no se habían pasado nunca por Maristas en una clara referencia a la semilla de la euforia a la que acudió Susi Fernández para describirlo: “Nos parecía imposible y Elías lo consiguió porque era un artista”. ¿De verdad tan bueno?

Para el brasileño era un reto: “Creíamos que nunca lo llenaríamos, pero la vida nos enseña muchas cosas. Nadie se lo esperaba. Pero antes de ello, hay muchas cosas que contar: la prensa nos había puesto como muy buenos jugadores, como máquinas, eso nos daba ánimos, pero al llegar la primera jornada contra el Algón, perdimos de goleada, entonces escuchamos y leímos de todo. Yo dije que me quedaba porque tenía confianza en que las cosas mejorarían y no quería saltar del barco. Después ganamos dos partidos y la gente empezó a cambiar los comentarios sobre mí”. A todos nos pasa: hablar antes de tiempo.

A Elías me lo describe Barreno como un tipo “torpe” en apariencia y en un equipo prácticamente nuevo tras las ausencias de pesos pesados como Carlos Sánchez, Javi Trigueros o Luis Martín. “No he visto a un tío que le pegue más fuerte al balón. En una ocasión hubo un problema con los porteros: Alfonso, que era el de la selección, tuvo un accidente de tráfico en el que casi se mata. Higinio era el segundo, pero apenas tenía experiencia. El caso es que se abrieron las puertas para buscar a un nuevo guardameta. Pues ya sólo en la serie de tiros, portero que iba, portero que no volvía. Elías pegaba tan fuerte que se marchaban y no querían volver. Julián Fuentes, el entrenador, le decía que aflojara. Yo venía de fútbol y no tenía ni idea, aunque fuera muy rápido, así que desde el primer momento me cogió por banda y me dijo: ‘Tienes que hacer esto, esto y esto’. Y a partir de ahí, todos los días tocándome los huevos, porque era muy pesado conmigo, pero muy competitivo”, comenta en tono jocoso.

Todo al que entrevisto se le iluminan los ojos. O eso me parece, aun con la dificultad que supone la línea telefónica. Escucho palabras que apuntan tan alto como la admiración: “Era Dios”, “gol en estado puro”, “portento físico” o “ídolo” como poco. Me detengo en pensar qué debió hacer ese veinteañero para centrar la atención del público segoviano de forma tan profunda: la cercanía. Tal era el vínculo que tenía con los aficionados que, al ver que no podía saltar la grada y fundirse con ellos, les regalaba en cada partido un trocito de él mismo, su camiseta. “Se inventó una cosa. ‘Quiero jugar con dos camisetas’, me dijo una vez sin saber para qué. ‘Pues dos camisetas’, le dije. Cuando en el siguiente partido metió un gol, salió corriendo, se quitó una camiseta y la tiró al público. Era un crack”, rememora Susi Fernández por ser una maniobra que repercutía en la economía del propio club. El brasileño se llevaba un porcentaje alto del presupuesto porque él mismo lo generaba e incluso atraía la televisión.

Elías corrobora esa historia, tomada el día de su cumpleaños, un 16 de noviembre. “Me puse las dos sin que nadie se diera cuenta. Después metí gol y la lancé a la grada. Supongo que fui el primero que tuve esa idea. A mí me dejaba feliz y, lo más importante, a la afición también. El pobre de Susi tuvo que comprar muchas, aunque también hubo ocasiones en las que jugué dos o tres partidos con dos camisetas y sudando porque no anotaba. Incluso en muchos partidos fuera de casa los niños me decían que también la tirara. Quiero darle las gracias porque nunca me cobró ninguna. Fue algo lindo que salió muy bien”, continúa. Tan bien, que no había asientos libres, otra de las razones del crecimiento fulgurante del fútbol sala.

Elías muestra la camiseta.
Elías muestra la camiseta.

Arcones hace bien en diferenciar que no se trataba de una maniobra de “marketing o merchandising, pues no se vendían camisetas”, sino que elevaba el sentimiento de pertenencia de una ciudad con un equipo a través de un jugador que representaba el espectáculo a base de goles. Las gradas estaban llenas de camisetas del Caja con el nombre de Elías a la espalda y los propios ciudadanos paseaban con el nombre de su ciudad en el pecho. “Firmar autógrafos en Segovia era muy gratificante. Yo estaba casado y salía a comprar el pan para el desayuno, ¡pero no volvía hasta la hora del almuerzo! Pasaba por un colegio y allí estaba dos o tres horas. Todos los días. Creo que el mismo niño me cogía el autógrafo dos o tres veces durante la semana. Me sentía un ídolo y ver a un pequeño sonreír me daba mucha alegría y fuerzas por ese cariño y amor”, incide el pívot. Y me confiesa que en alguna de sus últimas visitas le han sorprendido personas con más de 30 años con una de las camisetas que un día lanzó en el Pedro Delgado.

“No ha vuelto a haber un ídolo en la ciudad como Elías, los chavales se identificaban con él. A nivel individual no ha habido nadie como él, y mira que han pasado buenísimos jugadores que levantaron títulos, pero nadie ha tenido la repercusión que tuvo él. Como persona ha sido agradable y no escatimaba en fotos, autógrafos y sonrisas. Siempre estaba dispuesto. Nos ganó el corazón como jugador y como persona”, asevera José Luis Montero, “Pepelu”, que primero fue representante del jugador y después pasó a ser secretario técnico del club durante 23 años, un íntimo amigo del brasileño que vivió en primera persona cómo las nuevas hornadas querían parecerse ese muchacho que consiguió dos trofeos de máximo goleador en 1992 (60) y 1996 (71) con cifras hoy inalcanzables.

Hasta que se rompió.

En un partido amistoso en Jaén, la pista de goma se quedó con el ligamento cruzado anterior de la rodilla izquierda del brasileño, su pierna de oro, en el mejor momento de su trayectoria, lo que supuso el inicio de la cuesta hacia abajo del deportista después de una primera noche repleta de miedo y dolor. Aun así, los responsables del club quisieron acortar la recuperación de seis a tres meses con el beneplácito del doctor Núñez-Samper, quien tenía como ayudante a un nombre familiar como traumatólogo, Ramón Carosini. La solución, algo más cara, pasaba por aprovechar el tendón de Aquiles de un cadáver mejicano y grapárselo al ligamento. Un injerto como parte de un método novedoso, con el deportista como cobaya. La operación fue satisfactoria y la rehabilitación, dura. “La recuperación fue dolorosísima y complicada, yo le vi llorar. No fue el mismo a raíz de ahí, aunque seguía siendo un buen jugador, le dejó muy tocado. Fue la ruina del club”, reconoce Susi Fernández.

La lesión se produjo en un amistoso.
La lesión se produjo en un amistoso.

Con posterioridad regresó en diferentes etapas como jugador y entrenador (junto con Beto), aunque sin un poso tan brillante como en sus primeros años. Quedaba su huella, persistente en estos días a cualquiera que se le pregunte. “Los cimientos del club están basados en él”, admite Pepelu o incluso Daniel Ibañes expresó, según me cuenta Barreno, que en la presentación del libro El triunfo de los imprescindibles subrayó el papel determinante de Elías antes de la llegada del Caja Segovia arrollador. “Nosotros estamos aquí porque hemos ganado todo, pero hubo gente que puso la primera piedra como Elías”. Él tiene una visión diferente: “Todo mi trabajo y mi dedicación en esta ciudad es algo que se quedará en mi corazón para siempre, al hacer de ese equipo algo grande y que la ciudad fuera reconocida por toda España. Es todo un orgullo. Pero Orol, Riquer, Daniel o César fueron los que consiguieron los trofeos y ellos sí que pusieron Segovia en lo alto. Yo sólo fui el inicio de ello. El único recuerdo triste es el fallecimiento de mi hija allá. Lo demás son todo alegrías. Soy muy feliz por haber hecho lo que hice. También quiero dejar una dedicatoria a mi amigo Félix Aranda, fenomenal, íntegro, conocedor del fútbol sala y persona maravillosa que nos dejó hace unos años. Un beso para su familia porque fue un ejemplo para todos nosotros y espero que desde el cielo nos cuide a todos. Félix, te quiero mucho”.

Me costaba entender la huella de Elías en Segovia, sobre todo sentimental, y escuchándolo hablar comprendí de manera inmediata el efecto que provocó en una ciudad, un deporte y, de forma más profunda, unas personas. Elías fue el responsable de que a los pies del Acueducto se expandieran unos valores específicos y se convirtiera en el adalid de una práctica que hoy en día le reconocen. Elías, aparte del rey del gol, es el hijo querido de Segovia.

Elías celebra un tanto.
Elías celebra un tanto.

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