Cuando me puse en contacto con Lolo Fernández, la única respuesta que recibí fue una carcajada. No hubo más. Tampoco me sorprendió. Siempre ha sido de culo inquieto y travieso. De mirada penetrante, sentarse frente a él requiere un ejercicio de concentración máxima, una partida de ajedrez. “A ver quién se ríe antes en diez segundos”, me reta nada más preguntarle por la salud. Como es obvio, ni que decir tiene quién soltó la primera carcajada. “Lo sabía”, dice tratando de contenter la risa.

Lolo Fernández es otro linarense que triunfa allende de los mares. “Tampoco es para tanto”, replica con falsa modestia. Pero así es. Es uno de los payasos más reconocidos del momento y una figura indiscutible de los escenarios. Afincado en Granada desde hace una “pila de años”, su vena artística viene de familia. En su casa no era extraño ver instrumentos en el sofá, en la cocina y hasta en el baño, por lo que era de cajón que su futuro estaba ligado a la música. Se decantó por la flauta travesera y con ella recorrió España tocando con diferentes orquestas.

Y hasta se hizo profesor, pero, un día, entre partituras de Beethoven, Mozart y Schubert, decidió poner patas arriba su vida. Tal cual. Y pasó del chaqué a unos pantalones deshilachados, una camisa blanca, unos tirantes y una nariz roja. Se hizo, de la noche a la mañana, clown, con tan buena fortuna que acabó en el Circo del Sol, en la piel de Mauro, el protagonista de “Corteo”, uno de los espectáculos con los que ha recorrido Europa y América Latina. “Una experiencia única”, subraya. “He tenido mucha suerte de hacer a Mauro porque es un personaje maravilloso. Es un payaso bastante natural, es decir que no tiene gran maquillaje, en realidad estás viendo en el escenario a una persona. Te identificas mucho con él y eso crea una empatía muy linda con el público”, recuerda de su paso por el gigante de los espectáculos circenses.

Llegar hasta el Circo del Sol no fue, sin embargo, sencillo y mucho menos ser primera figura de “Corteo”. Antes de pasar una dura selección, tuvo que formarse con los mejores. Así que asistió a un taller de iniciación a payaso que impartía Anton Valent. Allí comprendió la dificultad de sacar una sonrisa al público, pero también lo maravilloso que resultaba. Se lo tomó tan en serio que se marcó un interesante itinerario formativo a las órdenes de profesores como Eric de Bont, Peter Shurb, Michel Dallaire, Stefan Metz o el Théâtre de la Complicité.

Mientras tanto, seguía fiel a sus raíces dando clases en el Conservatorio de Música de Granada. Una vez preparado, aprovechó su ocasión y subió al tren. Se marchó hasta Madrid para someterse al duro examen del casting del Circo del Sol. Lo superó, pero la falta de experiencia le privó, en un primer momento, del papel principal de “Corteo”. Tuvo que esperar cuatro meses hasta que de nuevo sonó el teléfono. Esta vez sí. Lolo Fernández pegó un salto de alegría, hizo las maletas y se marchó a vivir una de las aventuras más maravillosas de su vida. La experiencia fue “brutal y agotadora”, recuerda, y, tras varios años de éxitos, decidió cambiar el Circo del Sol -culo de mal asiento- por otros escenarios más íntimos, más cercanos al público. Pasó de actuar ante más de 3.000 personas a tener pleno contacto con la gente. “Descubrí que me encanta este mundo y que no estaba equivocado cuando entré”, ratifica Lolo Fernández. Por eso, esta historia habla de un payaso alegre, con quien quieres competir en el arte de hacer reír.

Lolo Fernández es un tipo disfrutón, triunfador, un domador de humanos a base de latigazos de risa, además de maestro del sentido común. Porque no ha dudado en ponerse la nariz roja para sacarle una sonrisa a niños y niñas de campos de refugiados. Ha participado en expediciones para Payasos sin Fronteras en Bosnia, Jordania y colaboraciones con el Statdteatern en Gotemburgo (Suecia). Vamos que un café con Lolo Fernández puede dar para mucho. “Este tipo de experiencias lo son todo. Me dan la vida: te permiten un contacto real con las personas. Además del placer de viajar y conocer otras culturas, descubres que el payaso, el teatro, la risa… trascienden cualquier frontera, que no hay distancias”, asegura Lolo Fernández.

Lolo Fernández, en una de las misiones solidarias que ha llevado a cabo con Payasos Sin Fronteras.
Lolo Fernández, en una de las misiones solidarias que ha llevado a cabo con Payasos Sin Fronteras en Jordania.

Luego fundó su propia compañía: Lolo Fernández & Cia, con la que estrenó su primer espectáculo “Piano, piano”, en el que trabaja junto con el pianista Morten Jespersen. Una obra en la fusiona los dos lenguajes que mejor conoce: el payaso y la música. Paralelamente, también ha estrado un concierto para clown y orquesta sinfónica, y dirige y colabora con proyectos de otros artistas de circo y teatro. Como profesor de clown ha impartido talleres en España, Bélgica, Alemania, Marruecos, Brasil, Argentina, Chile y Perú, entre otros países, para escuelas y universidades de teatro y circo profesionales, como Circo La Tarumba en Lima, la Universidad Autónoma de Madrid, Timbre 4 en Buenos Aires, Cirque du Soleil, Cirque du Mundo… Un tipo de lo más polifacético, pero cuya mayor virtud es saber que hacer reír y sorprender, que eso sí que es realmente complicado en este mundo de locos.

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