Es bajar del avión y toparse con la cruda realidad. Con una ciudad totalmente destruida. El 70% de los edificios ya no existen. El olor es enrarecido y los cadáveres aún siguen en el suelo. No puede dejar de impresionarse. Es una ciudad militarizada, con presencia de ejército estadounidense y las misiones de Naciones Unidas. Le recuerda a Afganistán. Sin embargo, se trata de Puerto Príncipe, Haití. Corre el año 2010. El terremoto ha dejado un millón y medio de desplazados y más de mil campamentos. Cualquier espacio con unos metros cuadrados libres es bueno para montarlos. Una glorieta, un parque o las medianas de las carreteras son campos de desplazados. En medio del caos se levanta la figura de Jesús Baena (Andújar, 1982) para atender el servicio de agua y saneamiento de 35 de esos campos y ayudar a 135.000 personas. No es el actor de una película al estilo de Lo imposible de Bayona. Es un trabajador humanitario que se pasa el año de misión en misión y a quien el desarraigo a veces pasa factura: apenas sí disfruta 20 días al año de su tierra natal. Es uno de esos nombres anónimos que trabajan en las ONG’s.

—Estar en Haití fue una detrás de otra. Mi verdadera escuela de emergencias.

El andujareño tuvo una primera experiencia humanitaria de tres meses en Afganistán, bien jovencito. Después se tiró más de seis años conduciendo ambulancias hasta que llegó el terremoto de 2010. De la mano de Cruz Roja y, a pesar de las enormes dificultades que supone el conseguir la primera misión, Baena superó esta limitante. Permaneció cuatro meses, regresó a España y lo volvieron a contratar. Esta vez para una misión de rehabilitación y reconstrucción de los sistemas de agua y saneamiento, aspectos en lo que es experto. Permaneció otros seis meses y durante esa estancia se produjo la epidemia de cólera, a la que tuvo que dar respuesta. Y justo después, en noviembre, el huracán Tomas.

—Todo pasa allí.

Al final, lo que parecía que iban a ser unos meses se convirtieron en dos años y medio de contrato en contrato para la Cruz Roja española y para la austriaca. Cuando regresó le esperaban unas más que merecidas vacaciones hasta que se topó con la realidad, que casi siempre supera la ficción. En noviembre de 2013, el tifón Haiyan sacude Filipinas.

—Fue a las tres semanas de volver de Haití y pensé que tenía que ir, aunque fuera un mes. Ahí comencé a trabajar con Acción Contra el Hambre.

Jesus Baena, coordinador de actividades de WASH, trabajando en el centro de evacuación de Astrodome en Tacloban. Diciembre de 2013. Fotografías: Daniel Burgui/Acción contra el Hambre.
Jesús Baena, coordinador de actividades de WASH, trabajando en el centro de evacuación de Astrodome en Tacloban. Diciembre de 2013. Fotografías: Daniel Burgui/Acción contra el Hambre.

En su profesión es imposible predecir las estancias de trabajo. Una catástrofe o la crueldad del terreno puede dar al traste con cualquier plan.

—Me marché para un mes y al año y medio seguía allí. Solo regresé a Andújar unos días para hacer unas gestiones personales.

Su misión en Filipinas comenzó en Tacloban, la ciudad más afectada. Después, promocionó y se trasladó a Manila, desde donde coordinaba las tres operaciones que desplegaban en tres puntos diferentes del país.

Tacloban fue del estilo de Haití, una ciudad totalmente devastada. Con la diferencia de que era un país con mucha capacidad de respuesta y rápidamente los servicios básicos se restablecieron, salvo en las zonas rurales, que es donde los integrantes de Acción contra el Hambre entramos a trabajar.

RECIENTES RIADAS DE PERÚ

Jesús Baena lleva dos años de ‘locos’. Comenzó 2017 en Filipinas, para atender la emergencia del tifón.

—Fui para un mes y medio para hacer temas de gestión generalista. Después, tenía comprometida una formación en Colombia y estando allí me tuve que ir a Perú. Me fui a Colombia con una maleta de una semana y el último día, cuando llegué al hotel y cogí el móvil, me enteré de que debía marchar.

Así es su día a día. Ve las catástrofes en los telediarios y sin decir nada, discreción que le caracteriza, ya sabe si tendrá que hacer la maleta o no. Le avisan de un día para otro e incluso con horas de diferencia, como en este último caso. Cuando concede esta entrevista a Lacontradejaén, hace cuatro días, está de vacaciones. Toma un café americano y acaba de arreglar su permiso internacional de conducir. Se marcha sin saber si le sonará el teléfono o no. Pero ya está acostumbrado, ya está preparado.

Perú ha sido “muy intenso”, como él mismo reconoce. No había nada. Y es que el trabajo de este iliturgitano y de su organización responde a unos parámetros muy concretos. Nada es al azar, todo está estudiado y en manos de expertos. Lo que se intenta es no sustituir a las autoridades públicas, es decir, hasta donde ellos tengan capacidad actúan y donde no lleguen, es donde Acción contra el Hambre se despliega. Así ha pasado en Perú, la misión de la que acaba de regresar hace justo unos días.

No ha sido sencillo porque se ha tenido que empezar de cero. Acción contra el Hambre disponía de una oficina pequeña en el país, pero muy centrada en proyectos de desarrollo y malnutrición crónica, por ejemplo.

—La emergencia ha sido en el norte, donde nunca hemos estado y ahí sí nos toca empezar de cero. Tenemos las cuestiones legales para contratar a personal ya solucionadas, pero otras muchas no, como por ejemplo el sitio físico donde estar o los contactos con los gobiernos.

Jesús Baena durante su última misión en Perú, azotada por las lluvias y las riadas.
Jesús Baena durante su última misión en Perú, azotada por las lluvias y las riadas. Foto: Acción contra el Hambre.

—Allí son autoridades y gobiernos fuertes, un país de ingresos medios-altos y con una cantidad de infraestructuras impresionantes. Ellos llegan con su propio sistema a solucionar los problemas de los núcleos urbanos más importantes y poco más. La zona rural se quedó más descubierta y ahí es donde hemos actuado nosotros. Hacemos un apoyo mínimo, justo para que el sistema se restablezca y nos retiramos. No pretendemos ni duplicar ni sustituir.

Jesús Baena se ha encargado de toda la implementación, de contratar al personal sobre la marcha y enseñarles a hacer lo que se iba a hacer. En este caso, era una técnica que allí no se conocía y le ha tocado estar sobre el terreno poniendo tuberías. También hace las veces de relaciones institucionales con gobiernos regionales.

—En Perú iba con dos pares de zapatos a todas partes, unos de terreno para embarrarse y otros de bonito para las reuniones. En el mismo día podía ir a un sitio a montar una planta potabilizadora y, horas después, tener una reunión en el Gobierno regional con el equivalente al que aquí sería el presidente de una comunidad autónoma.

EL DÍA A DÍA

Después de la misión en Filipinas, la labor de Jesús Baena ha promocionado. Forma parte de un ‘pull de emergencias’, es decir, un equipo de personas permanentemente contratadas. El 30% de su jornada laboral anual la hace en Madrid, mientras que el 70% restante es en misiones cortas, solo de emergencias. A veces son dos semanas, un mes o uno y medio como máximo. Cuando no atiende una urgencia, se dedica a labores de preparación y planificación.

—Preparamos a las oficinas que tenemos en diferentes partes del mundo para que cuando haya una sepan responder.

Se trata de analizar la situación, saber cuál puede ser la catástrofe, cuál sería el papel de la organización o hasta dónde va a llegar el gobierno de ese país. Acción contra el Hambre tiene, en la actualidad, presencia en más de 50 países que son vulnerables. Ante cualquier emergencia que pase en el mundo disponen de cierta cobertura. Allí donde no tienen oficina, o no está preparada, deben empezar de cero, como en Perú. Pero con el aval que da la experiencia y de saber que las soluciones deben ser contextualizadas, de manera que se optimicen los recursos económicos y se dé la mejor de las respuestas en cada uno de los casos.

Además, ofrecen un valor añadido, el de hacer de ‘consejeros’. En muchos sitios no existen planes de contingencia y cuando ocurre una catástrofe de grandes dimensiones se ven incapaces de dar respuesta. Ocurre, sobre todo, en países donde el sistema no se pone a prueba cada cierto tiempo. En el caso de Perú, el andujareño explica que mucha gente decía de instalar plantas potabilizadoras, pero él vio que no era la solución. No le tembló el pulso, confiado de saber lo que hace porque es experto en ello, y ‘paró’ decenas de plantas que la UE quería mandar. Han visto que la turbidez colapsaba las plantas potabilizadoras y que ésta no era la solución. Finalmente se han colocado estaciones intermedias con tanques. Todo con material y personal local, con lo que se contribuye a generar economía.

—Me toca asumir ese rol de consejero, además de implementación de nuestro propio programa. En Perú nos han hecho mucho caso, hemos tenido mucha capacidad para influenciar y ha sido un éxito. Ahora somos un socio del gobierno regional destacado. En otros sitios no nos hacen tanto caso. Pero hay que tener una cosa en cuenta. No es porque seamos extranjeros, ni europeos, sino porque al cabo del año yo hago ocho emergencias, lo que me da una visión que ellos no tienen. Al final lo acaban entendiendo.

Ocho misiones al año, así es la vida de Jesús Baena, entregada a la labor humanitaria desde 2010. Una profesión que debe ser vocacional porque te enseña lo mejor y lo peor de esta sociedad. Como el médico que intenta no hacer personales los problemas de sus pacientes, este iliturgitano ha curtido la piel. No se trata de ser más o menos insensible, sino de hacerse un caparazón para dar mejor respuesta en su trabajo. De cada una de sus misiones guarda buenos recuerdos que intentan dulcificar la tragedia a la que se enfrenta día tras día. De momento no se plantea dejarlo, aunque en ocasiones el desarraigo pase cierta factura. Tanta que cuando se le pregunta dónde está su casa se ríe sin saber muy bien qué contestar. Su casa está allí donde lo necesitan, allí donde hace posible lo imposible: llevar esperanza.

Jesus Baena, coordinador de actividades de WASH, trabajando en el centro de evacuación de Astrodome en Tacloban. Diciembre de 2013. Fotografías: Daniel Burgui/Acción contra el Hambre.
Jesús Baena, coordinador de actividades de WASH, trabajando en el centro de evacuación de Astrodome en Tacloban. Diciembre de 2013. Fotografías: Daniel Burgui/Acción contra el Hambre.

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