Lo juro por mis muertos, esto es real

Y de repente me entró pánico y no fui capaz de dar el paso y entrar. Tantos años allí, tantos, y ahora, de pronto, no estaba, se había ido, lo habían quitado. Santo Dios misericordioso, yo no esperaba esto, esta sensación, esta superstición, este terrorífico desasosiego. ¿Y si su ausencia implicaba un abismo? ¿Y si daba el paso y mi pie colgaba en el vacío de la dimensión atroz en la que habita la locura? ¿Y si traspasar su ausencia me condenaba para los restos al alarido, a la desgracia, al caos y a la destrucción? ¿Y si no podía soportarlo y caía en la droga y en el alcoholismo, más aún, digo? ¿Y si…? El miedo, el horror, el pánico. Me quedé paralizado. Imposible seguir. Era la nada. Allí donde durante tanto tiempo —lustros, décadas, casi siglos— hubo un todo dificultoso, ruidoso, armatostístico y feudal, ahora estaba vacío, no había nada, era un amplio y sórdido espacio abierto que recordaba a los pasadizos de la soledad. Uno se acostumbra a todo, a lo malo también, y a lo perverso, y a lo ridículo, y a lo cateto, y a lo coñazo. La costumbre, Ovidio, el hábito, es un abrigo que te deja helado cuando lo pierdes, pero sobre todo cuando te la quitan, ¿sabes, Ovidio? ¡Ovidio! Te estoy diciendo que sobre todo cuando te lo quitan. Puede que la vida mejore con una ausencia, muchas veces, pero la costumbre que has criado al son de su permanencia la vas a echar de menos con el llanto del que se acaricia un muñón. Pasé del pánico a la pena. ¿Dónde se lo habían llevado? ¿Tan necesaria era esa crueldad? ¿Eh? ¿Era tan necesario llevárselo, dejarnos sin él, arrancárnoslo de la domesticidad de lo consuetudinario para arrojarlo al olvido, al Ovidio, a la pérdida y a la sinrazón de lo viejo, de lo que ya no sirve, de lo inútil? La pena, el llanto, la música de órgano, el sonar de las tripas gregorianas de los niñitos difuntos. Virgen santa, ¿qué han hecho contigo? ¿Y ahora cómo paso yo, cómo te atravieso si no estás, si no me hallo, si no te hallo, si no te tengo, si no te veo, si no te siento, si no me sientes, si la desolación y el pavor me tienen agarrotado y seco de perplejidad y desastre? Sí, sí, sí: de perplejidad y desastre. Lo juro por mis muertos, esto es real, no podía dar un paso, por tus muertos también lo juro, no te vayas a creer, se me había detenido la sangre, se me habían fosilizado los músculos, la boca abierta, la lengua fuera, la baba colgando, los huevetes por dentro. Y justo cuando un jadeo hondo y mortecino comenzaba a brotar de mi garganta atenazada, preludio de un chillido sin duda chimpancé, el conductor del autobús Castillo de la línea 1 Peñamefécit-Centro me dijo: «¿Qué pasa? ¿Entras o no entras? ¡A ver si te voy a tener que achuchar, ni pollas!».

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