Antonio Heras aborda la generación pérdida.
Antonio Heras aborda la generación pérdida.

La generación de mis padres vivió una esplendorosa, fulgurante juventud en los años 80, con el impulso generado por la alegría de dejar atrás una moribunda dictadura y de tener en lontananza un camino abierto, casi sin límites. Futuro era una palabra plena de significado, de esperanza.

Los nacidos durante esa década, sin embargo, tenemos por delante un campo mucho más tenebroso. Incierto, cuanto menos. Los que un día fuimos la Generación X, más tarde Generación Perdida, somos ahora solo un hatajo de torpes individuos que trastabillean entre arranques de furia yerma y accesos paralizantes de miedo. En apenas un lustro —a partir de 2008, año I después de la Crisis—, hemos permitido con pasividad pasmosa y vergonzante que nos arrebaten todo aquello que poseían nuestros progenitores. Aquello por lo que habían luchado, algunos de manera literal en una guerra con cadáveres todavía por enterrar dignamente. Con brazos laxos y miradas bovinas dejamos que gobiernos rojos y azules nos despojasen de derechos laborales, económicos, sociales; de libertades pretendidamente protegidas por una Constitución que apesta a naftalina casi desde su misma creación. Agitando miedos atávicos disfrazados de nuevas amenazas —la debacle del sistema, el terrorismo de células dormidas, las epidemias intermitentes—, los que ostentan el poder continúan amasando fortunas sin apenas resistencias de sindicatos —sin voz ni fe que los sustente—o de los medios de comunicación —que tratan de sobrevivir a enemigos internos y externos, a la muerte del papel, a la eclosión de las redes sociales, a la pérdida de confianza.

Pero no nos engañemos. No echemos el muerto en jardín ajeno: la mayor parte de la culpa es nuestra. Nosotros, los ciudadanos, somos los responsables y las víctimas de la situación. Hemos visto, oído y callado. Bajado la cabeza y tragado saliva. Apenas un murmullo indignado, un chascarrillo a través de nuestro perfil de Twitter o al calor de unas cañas con los amigos en el bar de la esquina. En el momento crucial acatamos, pagamos las multas y extravíos, los desfalcos y las estafas, las corrupciones y los palacetes en Pedralbes; acatamos, votamos y seguimos andando. Cada vez más inseguros, eso sí, por un sendero tortuoso que hace tiempo que se va diluyendo, perdiendo los contornos. Sin equipaje, sin seguro de viaje, sin mapa o brújula. Avanzamos y tropezamos, como buenos hombres y mujeres, dos y hasta tres veces en la misma piedra. Ya ni siquiera es culpa nuestra, apenas queda luz y el ‘por-venir’ puede que, sencillamente, no venga.

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