RESACAS QUE TUMBAN VIDAS

La manera de beber de los jóvenes, concentrada en pocas horas del fin de semana, preocupa a los expertos, quienes reconocen que ni las campañas de concienciación ni las prohibiciones están siendo efectivas

Carmen no para de dar vueltas en la cama. Son las cinco de la mañana y su hijo Jorge todavía no ha llegado a casa. “Le dijimos a la una”, susurra a su marido, quien asiente malhumorado con la cabeza mientras trata de retomar el sueño. De pronto, suena levemente la puerta de la calle. Ya ha llegado. Carmen se incorpora rápidamente y recorre el pasillo para encontrarse con su hijo. “Hueles alcohol. ¿Has bebido?”, le interroga. “Unas cervezas. Me voy a dormir”, le responde él sin entrar en más debate. “Que sea la última vez que llegas a estas horas”, le reprocha. Los dos vuelven a la cama. Ella preocupada, advierte a su marido de la situación. “Quién no se ha emborrachado a su edad”, zanja el hombre. Jorge tiene 17 años. Esta escena, por desgracia, es común los fines de semana en muchos hogares de la provincia de Jaén. Los últimos estudios revelan que el consumo de alcohol entre adolescentes ha aumentado peligrosamente y, hoy en día, supera, incluso, al de sustancias prohibidas, como el cannabis o la cocaína.

Si los menores son el futuro, este se presenta bañado en combinados, sin ser conscientes de que el inicio temprano a la bebida predispone a la adicción en la edad adulta. Una copa a los 14 años en el botellón puede tener consecuencias dramáticas sino no se pone freno o los medios suficientes en materia de prevención. Sin embargo, los expertos reconocen que ni las campañas de concienciación ni las prohibiciones están siendo efectivas. “Está normalizado, forma parte de nuestra cultura. A nadie le resulta raro ver a un joven bebiendo unas cervezas o en el botellón”, señala la psicóloga de la Asociación Jiennense de Alcohólicos Rehabilitados (AJAR), Mercedes Torres Anguiano.

Jose Valero de Dios y Julián David Alcalde, dos jóvenes rehabilitados en AJER. Foto: Javier Esturillo

A pesar de que esté demostrado que el alcohol produce graves efectos físicos, psíquicos y sociales, los jóvenes se reúnen cada fin de semana en la calle y obtienen sin dificultad bebidas de alta graduación, más allá del litro de cerveza y la bolsa de patatas fritas, tan comunes en el Jaén de los años 80 y 90 hasta que la irrupción del botellón. Es más, la mitad de los adolescentes andaluces, según diversos estudios, no cree que tomar cuatro o cinco copas un viernes o un sábado puedan ocasionar problemas de salud. El problema es que hay jóvenes que esas cuatro o cinco copas se las toman de un trago porque los hábitos a la hora de beber también ha cambiado, como advierte la responsable del Centro Provincial de Drogodependencias de Jaén, Purificación Arévalo. “Consumen de manera compulsiva. Quieren pillar la borrachera de inmediato. Ni siquiera buscan el punto. Su objetivo es beber en el mínimo tiempo posible. Eso sí, a diferencia de otras épocas, no lo hacen de forma continuada, sino solo los fines de semana”, explica.

Las estadísticas del Sistema de Información del Plan Andaluz de Drogas y Adicciones muestran que la mayor prevalencia en el consumo de esta sustancia se sitúa en el grupo de edad de entre 21 y 24 años, pero a nadie se le escapa que está presente entre los menores. Niños de 13 a 16 años que se incorporan al botellón de manera natural, sin que suponga un riesgo para ellos. Y beben y beben sin control. Los expertos consultados por este medio digital, reconocen que la forma que muchos menores tienen de entender el ocio y la diversión, basados en el consumo de alcohol, una “droga legal”, muestra excesiva tolerancia en la sociedad. “Lo vemos como algo natural y no lo es”, alerta Purificación Arévalo, para quien la prevención es la clave para evitar que un adolescente caigan en las redes del alcoholismo o el consumo de otras sustancias que van acompañadas a la bebida, principalmente los porros y la cocaína. “La prevención es fundamental y, de hecho, se interviene desde distintos planes en actividades de ocio alternativo. También se trabaja con la hostelería para un servicio responsable y los jóvenes no consuman alcohol. Es decir, se trabaja desde distintos frentes, aunque es cierto que no siempre da resultados”.

Tres jóvenes beben directamente de la botella en una fiesta.
Tres jóvenes beben directamente de la botella en una fiesta.

LA PREVENCIÓN EMPIEZA EN CASA

No hay duda que todo empieza en el núcleo familiar. A las administraciones les corresponde las campañas públicas de educación y los sistemas de prevención en lugares de reunión de jóvenes, para evitar el consumo de alcohol o las consecuencias que puede tener, pero son los padres los principales responsables de la conducta de sus hijos. Según los especialistas, son ellos los que deben detectar el problema y hacerles ver que una borrachera por atracón solo traerá consecuencias negativas. “La labor de los padres es fundamental. Ellos son los primeros que deben informar a sus hijos para que entiendan que se pueden divertir sin emborracharse, con un consumo responsable, o realizando actividades alternativas”, señala la responsable del Centro Provincial de Drogodependencia.

QUÉ HACER CUANDO LA SITUACIÓN SE HA IDO DE LAS MANOS

Llega un momento en el que los padres pierden el control sobre su hijos y el alcohol se introduce en la vida de las familias. En ese instante, lo más importante es mantener la calma, hablar con el hijo y recurrir, como es lógico, a especialistas si la situación se ha ido de las manos. “Es fundamental -explica Purificación Arévalo- no dramatizar. Es necesario acercarse al joven para saber qué es lo que le pasa, sin reproches ni acusaciones. Si existe el problema, transmitirle tranquilidad y buscar soluciones a través de profesionales”, recomienda. También admite de que a los adultos les cuesta ver los efectos nocivos del consumo de sustancias debido a la permisividad de la sociedad. Algo en lo que coincide la psicóloga de AJAR, con más de treinta años de experiencia, quien ha detectado como en los últimos años el número de jóvenes con problemas de alcoholismo que se acerca a la asociación ha crecido. Ya no son los hombres de mediana edad “adictos” a la copa de vino, sino que son adolescentes o jóvenes que, en muchos casos, no superan los 25 años y ya arrastran graves secuelas por culpa de la bebida.

“CON 14 AÑOS, LO NORMAL PARA MÍ ERA TOMAR COPAS”

Es el caso de Julián David Alcalde. Lleva “limpio” más de tres años y medio, pero hasta que cruzó la puerta de la sede de AJAR su vida era un auténtico calvario bañado en copas y más copas. Este joven villariego de 30 años se inicio en el consumo de alcohol hecho un chaval, como muchos otros críos de su pueblo. El primer cubata fue con tan solo 14 años. Gracias a ese trago se liberaba de la timidez. “Me iba bien para hablar con las chicas. El problema venía cuando me pasaba más de la cuenta”, lamenta. Al principio, Julián David Alcalde consumía los fines de semana. El plan: salir con los colegas y beber. El domingo: dormir la resaca porque, al día siguiente, había que trabajar. Pero hubo un momento en el que también bebía el lunes, el martes, el miércoles… Y lo hacía de manera compulsiva, como si no hubiera un mañana. “Me levantaba a las cinco y me tomaba dos copas antes de ir al trabajo. Luego, cuando acababa, seguía hasta la diez o las once de la noche”, relata con un nudo en la garganta, antes de rematar: “Me lo pedía el cuerpo”. Julián David pasaba más horas en el bar que en el trabajo o en su propia casa, en la que todo eran problemas. Y, para él, la mejor manera de evadirlos era bebiendo y jugando, porque, entre sorbo y sorbo, se gastaba todo lo que tenía en las máquinas tragaperras. Una combinación letal que echó por tierra su vida hasta tal punto de que un día quiso “quitarse de en medio”. Era el camino fácil para “no hacer más daño a nadie”. Un dolor de muelas fue la excusa perfecta para ingerir pastillas (analgésicos) hasta la saciedad. Eso lo llevó al servicio de Urgencias del hospital y de ahí hasta la AJER, donde llegó obligado por sus padres.

Los dos o tres primeros meses fueron de desconcierto para Julián David, que de niño iba para figura del balonmano. “Yo me quería ir. Aquí no pintaba nada”, dice. Fueron otros alcohólicos rehabilitados los que consiguieron sacarlo del círculo vicioso en el que se había convertido su vida. Hoy está recuperado. Es un hombre completamente nuevo que ocupa su tiempo entre el campo y las charlas que ofrece a adolescentes en los institutos. “Lo que les digo es que para salir de marcha no hace falta beberse una copa. Se lo pueden pasar muy bien sin alcohol y que si alguien en el grupo presiona para que beba que se niegue. Que aprenda a decir no”, aconseja.

“CAMBIÉ EL ALCOHOL POR LA LEJÍA PARA MATARME”

El testimonio de José Valero no difiere mucho del de Julián David. Como su compañero de la asociación, empezó a consumir alcohol a una edad muy temprana, los 16 años. Lo curioso es que lo hacía acompañado de su padre y del resto de la cuadrilla de la empresa familiar en la que comenzó a trabajar después de salirse del colegio. José Valero también tiene 30 años. Es un buen tipo, sencillo y directo. No tiene dobleces y habla de su adicción al alcohol y la cocaína sin tapujos. “Los viernes salíamos del trabajo y nos íbamos todos los compañeros juntos al bar. Aunque era un niño, bebía cubatas. Al principio, era uno o dos, pero luego, conforme fueron pasando los años, la cifra fue aumentando hasta perder la cuenta”. Reconoce que había días en los que se podía tomar de doce a quince copas, y así, semana tras semana. No le importaba conducir borracho, ni el daño que estaba causando en su entorno. De hecho, esa inhibición le costó un noviazo, la relación con sus hermanos y el deterioro de su salud. Pero lo que más llama la atencion en la historia de José Valero es que siempre fue consciente de que la bebida lo estaba machacando. De hecho, a los 21 años ya pidió ayuda a sus padres e, incluso, a sus amigos, aunque no le hicieron caso. Su situación se había normalizado hasta tal extremo que lo que le pasaba no alteraba la rutina de nadie. Su vida, sin embargo, se estaba haciendo añicos. Y, un día, como Julián David Alcalde, decidió suicidarse. “Me tomé un tubo de lejía de un trago”, rememora con frialdad.

Ese líquido corrosivo lo único que le provocó fueron náuseas y varios días en el hospital, si bien fue la llamada de atención que necesitó para despertar la conciencia de sus padres que fueron quienes lo llevaron a AJAR, donde ha encontrado una segunda oportunidad. Hoy en día es un hombre completamente renovado. Tiene una nueva pareja y afronta el futuro con fortaleza y optimismo. Ha recuperado una parte de él que daba por perdida y lo que es más importante la relación con su progenitor. Las noches sin dormir, de barra en barra, de servicio en servicio, han acabado para José Valero.

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