El Rey, en el mensaje televisado que dio esta semana.
El Rey, en el mensaje televisado que dio esta semana.

Nunca en democracia había mandado el jefe del Estado un mensaje tan contundente en la tele, alusivo a la ley quebrantada por una comunidad

Si al conflicto catalán le faltaba algo, llegó el Rey —escribo esta contracrónica un día después de su mensaje– para meterse en el salón de los españoles, también de los catalanes. Estábamos acostumbrados a verlo y escucharlo en diferido, siempre en su despacho de Zarzuela coincidiendo con la época de los villancicos, primero a Juan Carlos I, después a Felipe VI. El jefe del Estado mostró en su discurso la contundencia que hasta ese momento no había salido de la boca del presidente del Gobierno.

Por más que cambian los tiempos y evolucionan las tecnologías, el canal para el mensaje del Rey es aún la televisión. Al poco de ser emitido, estuvo disponible en las cuentas oficiales de la Casa Real. No hizo otra cosa Felipe VI que apelar a la legalidad y señalar que quien se sale de ella tendrá problemas, sea un vecino o el presidente de una comunidad autónoma. Claro que el relato del monarca propició reacciones, lecturas pasadas por el barniz de la ideología. Mientras Albert Rivera retuiteaba el discurso para remarcar su apoyo, Pablo Iglesias recordaba que nadie votó a Felipe VI, realidad que no es nueva, y lamentó la ausencia de alusiones a los heridos por las fuerzas de seguridad el 1-0. La Corona, que sólo tiene algo más de 700.000 seguidores en Twitter, está en la Constitución; la independencia todavía no.

Para el independentismo catalán más afiebrado las palabras del Rey fueron una “declaración de guerra”, aun cuando el Monarca afirmó que los cauces de la Carta Magna pueden desembocar en leyes nuevas. El nacionalismo catalán vive en una realidad paralela, donde se puede echar la papeleta del voto hasta en el barril donde dormía el Chavo del 8. Quina cosa.

En televisión hemos visto de todo estos días, más allá del regreso del Rey a la pantalla, desde cargas policiales excesivas hasta montajes de conflictos que no se han dado. No es que la realidad supere a la ficción, sino que por las escenas increíbles a las que asistimos es menos verosímil que un cuento bien contado. Un cuento reaccionario y enfermizo. Como el nacionalismo —los nacionalismos.  

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