Rubén Gómez no quiere ser ‘netapocalíptico’. No le tiene miedo a Internet, ni se lleva las manos a la cabeza ante lo que se considera una adicción a las mal llamadas nuevas tecnologías. Para nada comparte la opinión de aquellos que dicen que se lee y escribe menos, todo lo contrario. Estamos en el ojo del huracán de una época de cambios que no sabemos dónde nos llevará, pero de la que no hay que ser temerosos. Un tanto transgresor, divertido, honesto consigo mismo y con el cliente y, sobre todo, con sentido del humor hasta para inventarse palabras, este diseñador carolinense es capaz de marcarle un gol a una gran multinacional con una chaqueta que se transforma en tienda de campaña con wifi incluida, o de llevar a los mejores mercados internacionales de joyería una grapadora para las orejas.

El miércoles fue su cumpleaños. Entre felicitación y felicitación puede que dedicara unos segundos a echar la vista atrás, cuando tenía 18 años y se ‘desvió’ de su pasión.

—Mi madre no entendía por qué estudiaba Historia del Arte cuando yo lo que quería hacer era moda.

Rodeado de música, videoclips y personajes de película, Rúben Gómez creció con la mentalidad de un creador. Quizás un tanto “vago” para estudiar Arquitectura, como él mismo reconoce, optó por la historia de la creatividad para no ser un diseñador al uso. Se licenció y tras dos años de doctorado, cuando todos pensaban que se le había pasado la idea, lo hizo. Se matriculó en el Instituto Europeo di Design. Ahora que es profesor y ve a sus alumnos de 18 años es cuando piensa que llegó relativamente mayor al mundo de la moda; rondaba los 25 años. Pero no fue impedimento, más bien lo contrario.

EL SALTO

Foto cedida por Rubén Gómez.
Foto cedida por Rubén Gómez.

No había terminado los estudios, que compaginaba con el trabajo en un bar, cuando empezó a formar parte de esa escena madrileña de gente que hacía cosas, como estilista para lo que entonces se llamaban revistas de tendencia. Fue en aquel momento cuando le propusieron presentarse a la primera edición del Ego Cibeles. Desfiló con su propia marca, Gómez. Antes, se presentó a un concurso de diseñadores emergentes de General Óptica, con su proyecto Nerd Pc-Mac. 

—Lo gané y con eso me pude pagar la primera colección. Y así fue cómo me metí en el mundo de la moda, un poco a lo burro.

Mientras charla con LaContracrónica un domingo a media mañana desde su casa en La Carolina, recuerda cuando recibió la llamada de Loewe para formar parte del equipo de accesorios.

—La verdad es que fue muy chocante. Ya formaba parte del grupo Louis Vuitton, me encantaba y era uno de los grupos de moda más importantes que existen. Al principio sentí un miedo horrible porque me llamaron para el departamento de accesorios y en mi vida había dibujado ni un bolso ni un zapato, jamás. Solo las gafas. Pero funcionó.

Hoy le cuesta recordar cuántas colecciones ha diseñado. Con su marca Gómez, hizo cuatro. Con Loewe, donde permaneció dos años y medio, otras cuatro. También ha colaborado con firmas de prestigio como Pepe Jeans, El Corte Inglés Blanco, además de realizar diversas colecciones como freelance. Hace tres años, el diseñador carolinense dejó de trabajar para marcas y se lanzó a los ‘abrigos tienda de campaña’, las prendas que lo catapultaron a las portadas de todos los medios de comunicación.

Rubén Gómez ganó la tercera edición de Samsung EGO Innovation Project en 2015 con su colección Masdar Coats. Inspirada en una smart city, desfiló con prendas inteligentes que forman parte de la vida cotidiana. Era una colección de prendas de exterior (cazadoras y parkas) que pretenden ser células de esa ciudad inteligente. Prendas de abrigo que, de una forma u otra, permiten estar conectado las 24 horas del día. Mediante sistemas de montaje basados en la tecnología de las tiendas de campaña o los chalecos salvavidas de un avión, un abrigo se convierte en tu oficina, en un vivienda básica o tu centro de ocio. Equipados con baterías algunos y con placas solares otros, te permiten usar tus dispositivos electrónicos (tablet, smartphone o smartwatch), escuchar música a través de la prenda e incluso iluminarse en la oscuridad. La idea es poder ocupar un espacio público, como un parque o una plaza, y seguir conectado.

—Era una reflexión sobre el espacio público, sobre la privacidad, las redes sociales, los movimientos 15M. En cierta forma fue como marcarle un gol a una multinacional. Ellos veían el espectáculo, pero yo veía algo más.

En medio de todo el glamour de una pasarela se ‘coló’ la voz de los movimientos occupy de los últimos años (15M en Madrid, Occupy wall st en New York o la Revuelta de los paraguas en Hong Kong).

BIIS

Rubén Gómez es obstinado y desde sus inicios siempre ha querido tener su propia marca. Pero también ha tenido un punto de realista. Se frenó a sí mismo para aprender de las grandes firmas y también en la Fast Fashion. Hace tres años decidió que era el momento de volver, una vez visto cómo funciona la industria.

—Lo de hacer mi marca de joyas fue una cosa un poco accidental. Fue con una amiga que tiene una marca para mujer. Le dije que cuándo haría una de hombre y fue cuando me propuso hacerlo juntos.

Y así, Sara Lasry y Ruben Gómez decidieron unir sus buenas artes bajo el paraguas de BIIS, una firma de joyería divertida y rompedora. Definen su estilo actual como conceptual o contemporáneo. Pero él va más allá. La intención de ambos es diseñar joyas divertidas, que relajen la seriedad con que se toma la gente el mundo de la moda.

—Todo parece súper afectado y con mucha densidad. Es el momento de hacer algo honesto, con sentido del humor; de jugar.

No es fácil porque el mundo de la joyería, como él mismo relata, es muy estricto. Utilizar materiales tan nobles como oro y diamantes “dejan poco espacio para la broma”. Sin embargo, se propusieron hacer joyas para hombres menos estrictas y romper con 40 años de inmovilismo en este sector tan concreto. Salir de los típicos gemelos y hacer algo más divertido. Tanto, que al final se lo acaban poniendo las mujeres.

En este punto es fácil ver cómo diseñan verdaderas obras de arte desde lo más barato. Hay un anillo, por ejemplo, que es el alambre del pan de molde. Un punto divertido que nos recuerda a los típicos juegos de cuando éramos niños y nos poníamos las pegatinas de las naranjas como si fueran uñas postizas. Así, su colección Litter hace del desecho joya. ¿Dónde está su mercado? El éxito lo tienen garantizado en París, donde sus productos están en dos de las mejores tiendas de la ciudad. Nueva York, Corea, Tokio, Italia o Suecia también venden sus joyas.

—En España es donde menos vendemos. El problema es que a pesar de no ser una marca cara, sí entiendo que en nuestro país es un esfuerzo comprarlos.

FUTURO

El carolinense dedica la mayor parte de sus esfuerzos a la marca de joyas; la ve como su futuro. Y es que cuando Colette Paris te reclama es para pensar que hay que tomárselo en serio. No solo para su tienda, sino para su uso personal, porque le pareció divertido graparse la oreja en oro.

Le queda una espinita clavada. Todavía no ha visto a ningún famoso con una de sus joyas. La colección Bling Biis, en oro y diamantes, estaba pensada, por ejemplo, para futbolistas. De momento solo se vende en París. ¿Se la veremos algún día a Cristiano Ronaldo o a Karim Benzema?

Ojalá. Será un signo más de que Rubén Gómez cumple todo lo que se propone. Lo ha hecho hasta ahora.

Comments

comments