“Todavía cuesta mucho trabajo ver a una mujer con batuta”

La pasión de Cristina García de la Torre (Sevilla, 1979) por la música se pierde en su más tierna infancia. Su vida ha girado en torno a un piano, a la danza, a una batuta… Es una mujer hiperactiva, pero no se agobia por ello, ni le produce estrés. Simplemente porque le gusta lo que hace. Es la jefa del Conservatorio Privado y Escuela de Música Maestro Cebrián (Cemmec), además de docente en el colegio Padre Poveda y directora de la Escolanía de la Catedral y de la Cantería de la Catedral. Y todo lo lleva por delante con un entusiasmo que contagia. Es feliz trabajando. Lo reconoce con una sonrisa en los labios. “Y no es postureo”, avisa. Mantener una conversación con Cristina García provoca auténtico vértigo intelectual, pero desde el punto de vista más didáctico. Pese a los diferentes reconocimientos que ha recibido a lo largo de su carrera, entre ellos el premio a la Mujer Autónoma del año en Andalucía, cada día se levanta con ganas de comerse el mundo. Un ejemplo a seguir.

—Después de ver a todo lo que se dedica, ¿queda algún minuto libre en su agenda?

—No muchos. Tal y como es el ritmo de trabajo que llevo en los últimos años, me queda poco tiempo para la vida personal. Trabajo de lunes a domingo, entre clases, ensayos, conciertos… Pero no me quejo porque me gusta tantísimo lo que hago. Es una especie de ocio remunerado, por así decirlo. No obstante, siempre intento buscar mis momentos y sacar algo más de tiempo para mí. Es uno de mis propósitos siempre que empieza el año, aunque no lo suelo cumplir. Espero cambiar la tendencia en 2018. De hecho, lo voy a poner como primer objetivo.

—¿Usted nació para la música o fue una pasión que se desarrolló después, con el transcurso de los años?

—Sin duda nací para la música. Mis primeros recuerdos de infancia son cantando, bailando o tocando un piano pequeñito que me echaron unos Reyes, cuando tenía dos o tres años, del que sacaba canciones de oído. También creaba coreografías para mi familia en Navidad y recuerdo que bailaba y cantaba continuamente. Sabía que estaba predestinada para la música.

—¿Le venía de familia?

—No, nada. Mi padre era inspector jefe de Policía y abogado, mi madre trabajaba de administrativo y mi hermana estudió Derecho. Por lo tanto, no es algo que venga de familia. Yo empecé porque una monja del colegio les dijo a mis padres que debía estudiar música sí o sí. Fue entonces cuando entré en el conservatorio para estudiar piano. A la vez, también hacía danza española y ballet clásico. Llevaba dos carreras al mismo tiempo hasta los 14 años que dejé la danza para centrarme en el piano porque no podía con todo. Desde que nací, como ve, estoy pluriempleada (risas).

—¿Merece la pena tanto sacrificio?

—Sin duda, para mí, ha merecido la pena. Es más, volvería a repetir cada paso y haría las mismas cosas. He tenido profesores de todo tipo y escogí caminos que, a lo mejor, no fueron los correctos, pero que, al final, me han llevado al mismo punto. Soy una mujer súper satisfecha en lo profesional. Me encanta dirigir mi empresa, ser docente y, a la vez, ser directora de coros. Como cumplo las tres facetas para lo que enfoqué mi carrera, me siento completamente satisfecha. Quizá hay personas que enfocan su vida en otra dirección, que quieren familia, hijos -no lo descarto-, pero no cambio nada, nada de lo que he hecho.

—Como diría Bertín Osborne, “es usted un partidazo”.

—(Risas) Bueno, bueno a Bertín Osborne creo que le gustan todas. Simplemente tengo una carrera muy desarrollada y soy afortunada por ello.

—Y, además, hace muy poco recibió el galardón a la Mujer Autónoma, dentro de los Premios Coraje que concede la Unión de Profesionales y Trabajadores Autónomos de Andalucía. Supongo que le llenará de orgullo y satisfacción.   

—Para mí, ha sido el culmen de los diecisiete años que llevo dirigiendo mi empresa y trabajando en los coros como directora. El premio que me han entregado es el reconocimiento máximo a un empresario en Andalucía, y más siendo mujer. Hace tres semanas que me lo entregaron y aún no me lo creo. De todas las mujeres empresarias y luchadoras que hay en Andalucía, y me lo dan a mí, que no es que no me lo merezca, es que soy una más. Al fin y al cabo, lo único que hago es defender lo que me gusta y trabajar duro cada día. 

—¿Pero algo más tendrá para ser un ejemplo?

—No lo sé. Mi mejor amiga les hizo llegar mi trayectoria profesional y artística, los datos de mi empresa, toda la labor que realizo en el colegio Pedro Poveda, en el Conservatorio Privado Maestro Cebrián y en la Escolanía de la Catedral y en la Cantoría de Jaén. Creo que como abarco tantos ámbitos, no solo desde el punto de vista de empresaria y autónoma, sino también como docente y directora de coros, fue un poco lo que me distinguió del resto de candidaturas. Cuando fui a recoger el premio, el jurado me dijo que había sido unánime, que no hubo dudas.

—Y en el mundo en el que se desenvuelve, ¿el hombre tiene más posibilidades que una mujer?

—No solo en mi campo, sino en todos desgraciadamente. Por eso, hoy en día, todavía existe el premio a la mujer trabajadora. Como dije en mi discurso, ojalá esa categoría no exista y sea solo de trabajadores. ¿Por qué existe esta categoría? Pues sencillamente porque hay desigualdad. Porque, en la actualidad, todavía se celebra que haya mujeres empresarias que sacan sus negocios adelante con las trabas que nosotras nos encontramos. Por ejemplo, en una entrevista de trabajo no falta la pregunta de si vas a formar familia. No hablemos de los sueldos. En el Cemmec (su empresa) somos siete profesores y siete profesoras en plena igualdad. Por desgracia, no sucede lo mismo en todos los lados, más en el mundo de la dirección, en el que tienes que defender que somos tan capaces como los hombres. No tanto porque la gente piense que una mujer dirige peor, sino porque existe una tradición de cientos de años en el que el hombre está en el podio, y cuesta mucho trabajo ver a una mujer con batuta. Por eso, tienes que trabajar el doble.

—Imagino, por lo que me dice, que su nivel de exigencia habrá sido enorme.

—Así es. Y, cuando eres joven, mucho más. Yo llevo muchos años de trabajo y ya he consolidado mi carrera. La gente en sector musical de Jaén sabe perfectamente como trabaja Cristina García. Ya no tengo que defender nada, pero, al principio, me costó mucho trabajo, porque cogí mi empresa con solo 22 años. Era una niña que, además, aparentaba menos edad de la que tenía, y me costó mucho trabajo que los padres, las instituciones o los políticos entendieran a una directora tan joven.

—¿Cómo se embarca usted en esta aventura?

—Fue algo casual. Uno de los negocios de mi padre era una inmobiliaria y entró un señor que vendía una escuela de música autorizada, que yo, además, ya la conocía. Estaba acabando la carrera y fue mi padre el que me preguntó si quería embarcarme en esa aventura. Siempre he sido muy valiente, por lo que no lo dudé ni un segundo. Y, mientras terminaba mis estudios en Londres, dirigía la empresa. Así empezó todo.

—¿Ha tocado techo?

—No, no, no.

—¿Qué le queda por conquistar?

—No tengo una ambición especial respecto a dirigir fuera de Jaén. Mi deseo es hacer mi trabajo cada día mejor, que se conozca mucho más mi conservatorio, que los coros sigan aumentando repertorios y programas que nos satisfagan y contribuir a la cultura de Jaén.

—¿Dónde se siente como pez en el agua?

—En mis tres facetas, como empresaria, directora y docente. He crecido con ello y me siento súper cómoda. Tanto es así que cuando abro la puerta de mi despacho no entro en mi trabajo, sino en mi casa. Me siento como si estuviera en el salón de mi casa. Esa sensación la tengo yo todos los días cada vez que entro en mi trabajo. No es postureo, es que soy feliz trabajando.

—¿Qué debe tener un buen docente?

—Tiene que valer y tener vocación. Si no te gusta enseñar, se nota muchísimo. Además, tienes que encontrar la rama de la enseñanza que te guste, porque no es lo mismo enseñar a niños de tres años que adultos. Por lo tanto, debes tener claro que es una vocación, que no te vas hacer rico y que te tiene que gustar porque es muy duro.

—¿Existen muchas diferencias entre un conservatorio público y uno privado?

—El concepto es diferente. En los dos hay muy buenos profesionales, pero en el Maestro Cebrián son, además, superhéroes porque tiene que motivar y mantener a los alumnos, ya que son los que nos permiten, con sus cuotas, cobrar nuestros sueldos. De modo que debemos mantener el mejor nivel académico para lograr los objetivos del curso. Para ello, es fundamental que los alumnos no se desmotiven; exigir pero con dulzura. Dirigir con mano de hierro, pero con guante de seda.

—¿Hay algún escenario en el que le gustaría dirigir? ¿Sueña con alguno?

—Sinceramente no. Para mí, lo importante es que haya una buena energía y clima bonito en el que nos sintamos a gusto. Es tan válido dirigir en la Catedral de Jaén como en el Auditorio Manuel de Falla de Granada, el Infanta Leonor o el Teatro Real. No consiste tanto en el sitio, sino en la atmósfera que se crea. Hace unos días estuvimos en el Teatro Cultural de la Villa de Torredelcampo y me sentí tan cómoda, tan feliz, que me tire el concierto entero hablando, y no suelo hablar en ellos porque me da mucha vergüenza. Pero el ambiente que se creó fue especial. Por eso, no consiste en el sitio, sino, como le he dicho, en la atmósfera y en el público.

—¿Qué le aporta el público?

—Lo es todo para cualquier artista. Sin él ninguna disciplina tendría sentido. Un pintor necesita exponer sus cuadros, saber si a la gente le gusta su producto. El artista sin público no es nada, ni siquiera el más elitista. Hasta el escritor más solitario del mundo necesita saber que leen sus libros.

—¿Es un buen público el de Jaén?

—Es muy buen público, solo que en la música clásica es muy reducido. Desgraciadamente no se amplía, por lo que siempre viene la misma gente. Se echa de menos ver gente joven, pero no solo de institutos y universidad, sino de 30 o 40 años.

—¿Qué explicación puede darle a eso?

—Es cierto que la música clásica es una música difícil, pero básicamente porque no está en nuestras vidas. No se ve en televisión, ni se habla de ella en nuestras casas. La música clásica tiene que educarse y escucharse. Ocurre, por ejemplo, con la quinta sinfonía de Beethoven, todo el mundo la conoce. Y no es que sea mejor que otra, es que se ha escuchado más. El problema es hay que escucharla en casa.

—¿Es partidaria de llevar la música clásica al colegio?

—Completamente, aunque más con que se enseñe cualquier tipo de música, ya sea clásica, flamenco, jazz, popular, folclórica…, siempre que sea buena. Pero somos los profesores los que tenemos la obligación de poner música clásica, porque los niños ya escuchan reggaetón en sus casas y ven el rock en la tele. Sería perfecto que el sistema educativo ofreciera una formación instrumental desde pequeños.

—Quizá debería ser más didáctica. No sé si mi sobrina de cuatro años entendería la música clásica.

—Pues a lo mejor la entiende. Es cierto que hay sinfonías que duran una hora, pero hay pequeñas piezas que a buen seguro le gustaría. Le puede poner tres minutos, que es lo que dura una canción de Enrique Iglesias, y seguro que le gusta porque le está dando calidad. Como le he dicho, no se trata de escuchar sinfonías, la música clásica ofrece mucho más.

—¿Y qué escucha usted?

—Escucho de todo mientras sea bueno, hasta reggaetón, cuando hago deporte. Pero en casa me suelo poner jazz, pero también me gusta Joaquín Sabina, Manuel Carrasco, Pablo López. Me parecen interesantes. Como ve, de todo un poco.

Fotos y vídeo: Esperanza Calzado

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