Un grupo de niños espera para jugar un partido de fútbol.
Un grupo de niños espera para jugar un partido de fútbol.

No hace mucho tiempo las calles y las plazas de cualquier pueblo o ciudad estaban llenas de críos detrás de la pelota. Querían emular a sus ídolos -Maradona, Lineker, Butragueño, Míchel, Platini…- sin más pretensión que la de divertirse antes de la merienda o de la cena. No había más. Se caían al suelo, se levantaban, sangraban y se curaban casi por arte de magia con un poco de Mercromina. Y, al día siguiente, se repetía la misma escena. No había botas estratosféricas, ni balones oficiales, ni padres de por medio, solo la ilusión de unos chavales por pasar un buen rato.

Los más habilidosos con el balón lograban un puesto en las categorías inferiores del equipo local; el resto seguía jugando sin miedo al fracaso. La violencia en el fútbol nos sonaba a cosas de británicos. De sus hooligans barrigudos, con el torso desnudo, lleno de tatuajes, que desafiaban a las aficiones rivales con peinetas mientras bebían cerveza como ‘cosacos’. Nadie niega que no hubiera ostias en los campos de fútbol de tierra de la Andalucía profunda de los 80, pero no existía Facebook, ni Twitter, ni Youtube… Ni familiares entrometidos. Decía el gran Eduardo Galeano: “Los niños no tienen la finalidad de la victoria, quieren apenas divertirse. Por eso, cuando surgen excepciones, como Messi y Neymar, son, entonces ellos para mí unos verdaderos milagros”. Solo un mínimo porcentaje de los miles de niños que juegan al fútbol cada fin de semana llegará a comer de la pelota. Algo que no se les mete en la puñetera cabeza a esos padres que se enfrascan en lamentables discusiones que acaban a mamporro limpio.

Sin embargo, las agresiones en los partidos de menores va más allá de tener a un Cristiano Ronaldo o a un Messi en casa. No es el fútbol en sí, es una sociedad putrefacta, enfrascada en los egos, el individualismo, la competitividad y las emisiones por redes sociales. El próximo sábado, en cualquier campo de nuestra provincia, un muchacho que estudia o aprovecha para ganarse unas perras arbitrando partidos de juveniles volverá a sentir miedo ante el acoso y los insultos de cualquier desaprensivo. El padre de Manolito, Joselillo o Javier seguirá hostigando al entrenador de barrio incapaz de ver, maldito sea, que su hijo es el mayor talento futbolístico parido desde que Doña Tota dio a luz al pequeño Diego Armando.

Dos jugadores del Mureño han sido expulsados por el club por liarse a tortas con un padre y un jugador del Veteranos de Alcaudete de la categoría juvenil. Pero no es un hecho aislado. En lo que va de año, se cuentan por docenas los actos violentos que, cada fin de semana, ocurren en los campos más modestos de nuestro fútbol. Ya sean en forma de peleas entre padres, insultos a los árbitros o, incluso, dirigidos a los propios chavales rivales. Los datos no engañan. Tenemos un grave problema, en el que tampoco ayudan los medios de comunicación, ávidos por reproducir las imágenes grabadas con un móvil en la que los piñazos van de un lado al otro, como aquella ridícula pelea entre Luis Fabiano (Sevilla FC) y Diogo (Real Zaragoza). Le ahorraré calificativos a la estampa:

Insisto no es un problema el fútbol, y mucho menos de los chavales que sueñan con parecerse a sus ídolos, es una sociedad que retransmite a través de Facebook cómo un tipo mata a gente por la calle; pero o cunden ya sanciones ejemplares o esto se nos va de las manos.

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