“Nací luchador y nunca tiraré la toalla”

Sus colores son el rojo y el negro. Su apodo, El Tanque de La Carolina. Eugenio Ojeda Martínez (1982) recibe a Lacontradejaén en su gimnasio carolinense. En una esquina del ring espera a que le coloquemos el micrófono. Se toca las manos casi como un acto reflejo, como si llevara los guantes. Tal vez se esté acordando de aquellos blancos con la bandera de Estados Unidos que consiguió en una tómbola. Ese día se convirtió en boxeador y hoy, 16 años después y con los pies bien asentados en la tierra, está a punto de debutar como profesional. Lo hará delante de aquellos que tanto le han brindado; delante de su pueblo. A los ocho años ya sabía que quería estar dentro de un cuadrilátero y dentro de veinte se ve en una esquina del ring. Su proyecto de futuro es ayudar a la gente a crecer como personas y como deportistas. De investigar en su interior y explorar hasta los confines de sus posibilidades, él sabe mucho. Ha recorrido un camino duro que le ha llevado hasta aquí. A su mujer y a sus hijos les está eternamente agradecidos por estar siempre animándole y ser su energía día a día. En esos días duros, ellos siempre están a su lado cuando llega a casa. Suena la campana; nos adentramos en la otra faceta del boxeo y de El Tanque.

—¿En qué momento descubriste tu vocación y dijiste: papá, mamá, quiero ser boxeador?

—Desde pequeño ya me atraía la idea. Mis padres tenían un bar y cuando tenía ocho años me dieron mi paga. Me fui solo a una tómbola y me gasté el dinero todos los días en papeletas para conseguir unos guantes con la bandera americana blanca, los típicos de la película de Rocky. Cuando fue el Día del Niño, el tendero me preguntó qué quería, porque estaba todos los días allí. Él me regaló mis primeros guantes. Ese día me fui al bar de al lado, el Popi, de mi amigo Pichurri, que siempre jugaba conmigo. Le di un guante, yo me puse otro y fue la primera vez que yo me sentí boxeador. Entré en conexión con esa energía que todo boxeador lleva dentro. Desde ahí, ha sido una búsqueda continua hasta conseguir lo que a día de hoy voy a lograr: ser profesional.

—¿Alguien de tu familia tenía vocación o afición por este deporte?

—No.

—¿Entonces de dónde te viene esa pasión desde tan pequeño?

—La verdad es que no es muy normal, pero es algo que los boxeadores llevamos dentro. Igual que pienso que cualquier persona lleva su vocación en su interior. Lo que se trata en la vida es de buscar esas inquietudes y lo que quieres llegar a ser. Tuve la suerte de que poco a poco me di cuenta de qué quería ser en la vida e, inconscientemente, no he parado de luchar hasta conseguirlo.

Fotografías y vídeo: Esperanza Calzado.
Fotografías y vídeo: Esperanza Calzado.
—¿Ha sido un camino duro?

—No voy a mentir, ha sido muy duro. Por muchas cosas que he tenido que hacer para aprender a boxear y llegar hasta aquí. Imagina a un chaval de pueblo que se tiene que ir a otras ciudades como Jaén o Madrid. Además, mi familia, al principio, veía mi pasión con cierto temor, quizá por el desconocimiento de este deporte. Además, fui padre muy joven e imagina ser padre, sacar tiempo para trabajar y para ir a entrenar. Tengo dos niños, una con trece años y otro con ocho.

—Dices que tus padres, al principio, tenían un cierto temor. ¿Todavía hoy hay mucho desconocimiento en torno al boxeo?

—Bastante. Se pegan; eso es una realidad y nadie lo va a negar. Pero es un deporte reglado. Encima del ring hay dos personas que tienen que dar el mismo peso, con lo cual no existe desventaja. Además, hay un árbitro cuya misión principal es que el boxeador no sufra daño. Por eso hay cuentas de protección, paradas técnicas… un sinfín de normas y reglas que hacen que el boxeo sea un deporte seguro. Que hay accidentes, seguro; como en todos los deportes. Pero te puedo garantizar que mueren más deportistas en otras ramas que boxeadores al año. Ese es un dato a tener en cuenta.

—Es un deporte en el que prima el respeto. ¿Por eso se utiliza en programas para ayudar a jóvenes con problemas de inclusión social o de adicciones?

—Sin lugar a dudas. Creo que se debe a que es un deporte que va inoculado en nuestros genes. Cualquier persona, le guste o no el boxeo, lo practica y le saca lo mejor de sí. Es un deporte que hace que no te creas mejor que nadie. Aprendes que eres igual que los demás porque enfrente tienes a otra persona igual que tú, con las mismas pretensiones y con las mismas ganas de ganarte. Una persona que en cualquier momento te puede bajar los humos. Es un deporte muy diferente al resto, que saca eso que tenemos dentro de respetar a los demás.

—En varias ocasiones mencionas que el boxeador lo siente dentro pero, ¿qué cualidades debe reunir?

—El boxeo es una forma de vida. De hecho, aquí en La Carolina lo practica una cantidad de gente exagerada. En el fondo, el boxeador tiene esas cualidades que, después, deben formarse. El boxeador nace, pero también se hace. Nuestra rutina es muy dura. Entrenamos dos veces al día, tiene una parte física y técnica, además de una vertiente fundamental que es la alimentación, porque tenemos que dar un peso… Reunir todas esas cualidades requiere una dedicación diaria.

—¿Por qué El Tanque?

—De pequeño era un niño gordito y con mucha fuerza física. Mi padre nos puso un mote. A mi hermano, que era más delgado, le puso El Tigre, y a mí me puso El Tanque. Yo siempre iba para adelante, incluso cuando jugábamos. Cuando iba a debutar, hace nueve años, mi entrenador me sugirió ponerme El Potro de La Carolina. Pero yo quería rendir honor a mi padre porque, en realidad, a quien debemos lo que somos es a nuestros padres; gracias a ellos estamos aquí. Y ahí estamos: Uge Ojeda, el Tanque de La Carolina.

—Estás a punto de dar el paso a la categoría profesional.

—Desde que empecé llevo más de 30 combates. Debuté en neoprofesional y hace un año y medio me fichó una promotora del campeón del mundo, Gabriel Campillo, “Chico Guapo”. Teníamos el contrato firmado y todo listo para hacer el debut profesional, pero al final, no sé el motivo, no se pudo formar y tuve que seguir peleando en la rama neoprofesional, es decir, sin casco y demás pero no siendo profesional. Ahora es cuando hemos decidido dar el paso por nosotros mismos. Hemos buscado otro mánager y es aquí, en La Carolina, donde vamos a dar el salto definitivo, delante de nuestra gente, al igual que hice en febrero de 2013, año en el que debuté en neoprofesional.

—¿Cómo te hace sentir el hecho de debutar delante de tu gente, de tu pueblo?

—(Ríe). Es una sensación que te hace estar nervioso. Pero es algo para lo que también nos preparamos a nivel psicológico. Sí es cierto que genera cierta tensión debutar delante de tu gente, con la que estás día a día, con la que te cruzas en el supermercado o en el paseo. Hay personas a las que aprecias y a las que quieres dar tu mejor versión. Y eso afecta.

—¿Cuándo decidiste abrir el gimnasio?

—A raíz de debutar en neoprofesional me ofrecieron dar clases en un centro deportivo de La Carolina. Fue algo maravilloso porque la gente lo tomó con muchas ganas y llegué a juntar más de 40 personas en una sola clase que tenía al día, de una hora. Eché una mirada hacia atrás a mi vida y miré dentro de mí. Tenía que dar un paso más y montar algo. Necesitaba pagar la fianza de un pequeño local que conseguimos y un buen amigo mío, Manolo, me prestó mil euros. Con ese dinero pagué la fianza del local y con unos pequeños ahorros que tenía compré sacos de boxeo. Con la ayuda de mi amigo Valentín (Runi) construimos artesanalmente el ring donde hoy estamos haciendo esta entrevista. También pude montarlo con la ayuda que tuve por parte de mi familia, de la que destaco con especial cariño a mi tío Eugenio. Recuerdo que cuando nos cambiamos a una nave más grande tuvimos que construir con nuestras propias manos los vestuarios, accesos al gimnasio, hacer toda la obra… Todo era a base de trabajo y poco dinero. Nos metíamos en la nave y muchos días acabábamos a las tantas de la noche. Lo recuerdo con felicidad. Él estuvo siempre a mi lado ayudándome, acabábamos muy cansados y nunca me falló. Nunca voy a olvidar esos momentos, nunca.

Fue asombroso la cantidad de gente que se apuntó, hasta el punto que ya no cabíamos en el local ni quedaban horas libres. Siempre me ha gustado ir con los pies en la tierra y hablé con mi gente para ver si decidía dar el paso de montar algo más grande y si iban a confiar y creer en mí. Decidí dar el paso adelante y me metí en este gimnasio. Es una inversión muy grande. Pero aquí estamos, va bastante bien.

—Tu sí puedes decir que puedes vivir de tu pasión y en tu pueblo.

—Sí, y me siento un privilegiado. Estoy muy agradecido a la gente de mi pueblo. Cada día que pasa, lo primero que hago, aunque parezca una tontería, es meter los zapatos debajo de mi cama para que cuando los coja me tenga que arrodillar. Así doy las gracias porque me siento un privilegiado. Todo lo duro que ha sido llegar hasta aquí ha servido para ahora darme cuenta de que me puedo conectar con personas extremadamente maravillosas. Porque para mí ese es el regalo, lo que comparto con la gente.

—¿Dónde te ves dentro de diez años?

—Muchas veces lo he pensado. Me veo en la esquina del ring, con niños que tengo ahora que son fantásticos, que tienen unas ganas de aprender enormes y disponen de la oportunidad que no tuve yo: andar cien metros y tener un gimnasio al lado de casa. Me veo intentando que consigan llegar a ser los mejores boxeadores andaluces o españoles. Que sean lo mejor posible dentro de su versión. Me veo ayudando a la gente.

—¿Ves a tus hijos encima de un ring?

—Fíjate lo que son las cosas… Mis padres tenían miedo y yo no te voy a engañar. A pesar de que es un deporte reglado tiene sus riesgos y obviamente lo pasaría mal.

—¿Entiendes ahora a tus padres?

—Sí. Siempre los he entendido. Mi madre me apoya pero mi padre ahora lo vive igual que yo. Se pone sus guantes, hace sus asaltos, entrena como el que más. Ha visto que el boxeo es mucho más de lo que él pensaba. Otra cosa es la competición. Si me preguntas si mi hijo va a competir, te reconozco que lo pasaría mal, pero estaría ahí con él porque sé lo que le va a aportar el boxeo. Pero está ahí ese miedo.

—¿Cuáles son tus referentes deportivos?

—Cuando era pequeño veía a Mike Tyson y me gustaba. Pero luego me he encontrado gente maravillosa. Por ejemplo, el entrenador que tenía en Jaén, Raúl Buendía, una persona que me ha enseñado muchísimo y a la cual siempre le voy a estar muy agradecido. Es una gran persona para mí. Ahora mismo, tengo muchos boxeadores que me gustan. Los veo todos; soy un friki del boxeo y cada rato que tengo en mi casa es para ver vídeos. Me gusta aprender de todos pero no tengo un referente en concreto. Me gusta la esencia de cada uno, porque la cojo y la traslado en un solo boxeador. Eso es lo que intento trasladar yo en el ring.

—¿Cuál ha sido el momento más especial de tu carrera?

—Cuando debuté fue algo inefable, no podría describirlo con palabras. Fue mágico. Aprendí una gran lección ese día porque empecé a disfrutar el momento y las cosas. Hasta entonces tenía muchas tensiones y me di cuenta que cuando vives el presente las cosas salen de otra manera. Ese día fue un antes y un después. De hecho, debuté en neoprofesional con muy pocas peleas, contra un chaval que tenía más de 30, las que tengo yo ahora. Salió todo bien porque ese día empecé a creer en mí mismo. Desde el punto de vista deportivo me quedo con ese día. Luego hay otros que me han fortalecido mucho.

—¿Por ejemplo?

—Lo solo que he estado por ahí, por Jaén o Madrid, siempre solo con la mochila. Un niño de pueblo por ahí para arriba y para abajo.

—¿Alguna vez has querido tirar la toalla?

—No, porque he nacido siendo un luchador y moriré siéndolo. Nunca voy a tirar la toalla. No me voy a rendir. Eso es una cosa que la tengo clara. Igual que tengo los pies en el suelo, tengo la capacidad de creer en mí mismo y de creer que si se trabaja y se lucha se puede conseguir cualquier cosa.

—¿Te dan miedo las lesiones?

—No miedo, sino que están ahí. De hecho, he sufrido varias lesiones y me han ido apartando muchas veces de combates. No te voy a engañar, es una cosa que está ahí. Pero también he contado con muy buenos profesionales que me han ayudado muchísimos a los cuales, desde aquí, se lo agradezco. Son varios, no los voy a mencionar porque ellos saben quiénes son, pero les estoy muy agradecido.

—¿Un mensaje para los que te rodean?

—Siempre le voy a dar las gracias a toda la gente que me ha apoyado, que cree en mí y que vive conmigo este sueño que cada día es más grande. Nunca ha sido un camino fácil. Después de irme a Jaén tuve que hacerlo a Madrid e imagina lo grande que es esa ciudad para un niño de pueblo. Pero he aprendido a estar solo conmigo mismo, algo que considero muy importante para convertirte en deportista profesional. Si no sabes quien eres no te metas que entonces irá mal la cosa. Pero sobre todo gratitud: a la vida, a mi gente, a mis padres, mis hijos, mi mujer y a toda la gente que me quiere. Eso es lo que yo siempre diría: gracias.

*Imágenes del vídeo y fotografías: Efectocatorce y Juan Miguel Ramírez.

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