Juan José Cano Mora pudo ser devorado por un puerco cuando tenía siete meses. Un asesinato en el seno de su familia propició que los padres abandonaran al bebé durante unas horas. El pequeño, que estaba en un pesebre, se salvó gracias a la intervención de una vecina.

Hoy, Juan José Cano —el rostro rojizo, la cabellera de rizos flácidos, las patillas a la manera de un bandolero y la camisa a cuadros— tiene sesenta y dos años. Vive solo. Sin luz eléctrica. Sin agua potable. Sin cuarto de aseo. Lo apodan El Gorila, porque exhibe cierta estética salvaje: suele vestir la misma ropa, pasar la noche al aire libre y seducir, o al menos intentarlo, a cualquier «hembra» que entre en su campo visual. Esto último sólo ocurre cuando viaja. Reside todavía en la hacienda donde nació: Cortijo Periche, en Andalucía. Aislado en un lugar que parece derrumbarse, el hombre que ahora pincha trozos de carne con su navaja en un establo compró una cuatrimoto en 2014. Es roja y negra, con neumáticos del tamaño de una camioneta y con tracción en senderos rurales.

Dos sartenes negras, colgadas como si fuesen objetos de decoración, se lucen en la fachada de la casa de Juan José Cano. Hay calcetines gruesos tendidos en matorrales, próximos a la hacienda, que hacen las veces de tendero. Y latas de cerveza vacías amontonadas a los pies de la vivienda, como si fueran los restos de una fiesta universitaria.

Cortijo Periche pertenece a la sierra de Valdepeñas de Jaén. Su único habitante, sin embargo, está censado en Frailes, otro municipio jiennense. Si bien, esta localidad tiene tradición rural, cada vez es más moderna. Su economía se basa en la industria oleícola. También en la hostelería: ocho bares para poco más de 1.600 habitantes. Está a unos diez kilómetros del hogar del Gorila.

Hay que pensar en Cortijo Periche como una isla rodeada no de mar, sino de tierra. Podría ser un castillo ubicado en la parte más alta del paraje la Cerezera. Desde allí arriba (pensemos en un rey que asoma la cabeza por la ventana de su palacio), en la casa de Cano, se contemplan otros núcleos rurales habitados por agricultores y ganaderos, como Cerezo Gordo y el Saltadero, a un kilómetro de Cortijo Periche.

Es imposible acceder a la tierra de Juan José Cano sin un vehículo que disponga de motor 4×4. No hay carretera; sólo un carril pedregoso con cuestas pronunciadas y curvas de rally. Visitar al Gorila supone una escalada en auto. Seis vallas se suceden desde El Saltadero hasta la hacienda del pastor con apodo de simio. Abrir y cerrar los candados le confiere a cada expedición atmósfera de videojuego.

El Gorila conduce despacio su cuatrimoto, pero consigue lo imposible: conecta a diario su hogar tercermundista con el año 2015.

El Gorila camina cerca de su vivienda.
El Gorila camina cerca de su vivienda.

Son las nueve de la mañana del domingo 12 de julio de 2015, y a Juan José Cano lo apunta la filmadora de Antonio Anguita, un camarógrafo de Frailes que trabaja en un documental: quiere captar la vida de un ganadero único. Hincado de rodillas, Cano planta pimientos con una azada en un terreno hortofrutícola.

—Es por si me caso, que haya para comer. Sólo me falta una mujer de dieciocho o veinte años —dice, socarrón.

Hoy, a tres años de recibir la pensión mensual que el Estado español garantiza a los jubilados, el andaluz aún sufre carencias. Como en la infancia. El ganadero elige rebelarse contra la modernidad: ser un hombre pobre alejado del sistema, pero conectado a él por exigencias alimenticias. Y por la curiosidad.

Cuando parece haberse olvidado de la cámara, pregunta:

—¿Esto servirá para que me pongan la luz? Es triste vivir en el año 2015 con un candil —dice.

Juan José Cano visitó la Alcaldía de Valdepeñas de Jaén hace años. Quería disfrutar, por fin, de energía eléctrica. La pretensión de Cano era establecer una línea desde El Saltadero hasta su casa con la ayuda de las administraciones públicas.

—No me han hecho nada —lamenta.

—¿Y por qué no pones una placa solar?

—Eso no sirve —descarta, el rostro serio.

No hay más luz que el día en Cortijo Periche.

Antes de comer, el andaluz visita un pequeño arroyo. Allí, resguardado a la sombra, hace recuento de su patrimonio: el cortijo, los establos, la cuatrimoto, las cabezas de ganado, una vivienda en Frailes.

—Si tienes tanto capital, ¿por qué no reformas la hacienda? —le pregunto.

El Gorila calla unos segundos con cara de circunspección. Y contesta:

—Quiero hacer una vivienda aquí. Un piso para mí, con tres o cuatro habitaciones, y otro para guardar cabras.

No contempla abandonar su hábitat. Gracias a la cuatrimoto gana autonomía para sus viajes, que son efímeros: compra comida para el ganado; bebe cerveza en bares; intima, previo pago, con mujeres, y se deja ver por fiestas y ferias de municipios del sur de Jaén, como un turista estacional. Después de todo eso, Juan José Cano regresa a Cortijo Periche. Allí está su casa. Su tierra firme. El Gorila, como el cartero, siempre vuelve.

Juan José Cano señala un monte próximo a su hogar.
Juan José Cano señala un monte próximo a su hogar.

La situación de Dolores Mora, la madre del ganadero, despertó, a finales de la década de los años noventa, el interés de la asistenta social Mercedes García, quien instó a Juan José Cano a que fijara su residencia en Frailes en aras de la salud de la anciana. El Gorila y su madre se mostraron, en principio, reacios. Ambos aseguraban vivir felices.

El pastor se afincó cerca de dos años en el inmueble decadente que aún conserva en Frailes. A él le incomodó una costumbre que adquirió su madre: la anciana departía a menudo con la vecindad. Y el hijo obró como un padre autoritario: la familia regresó a su casa de toda la vida.

—No me gusta el pueblo. La gente está pendiente de si me levanto antes, de si trabajo a una hora u a otra. Yo no pienso en nadie —explica hoy Juan José Cano mientras camina por la Era de los Cuatro Vientos, un paraje cercano a su hogar envuelto de silencio y de paz.

Es 26 de julio de 2015. Un sol espléndido ilumina Cortijo Periche. El Gorila está sentado en su cuatrimoto como si fuese un niño travieso: el manillar le queda a su izquierda; las piernas le cuelgan sin tocar el suelo. El documentalista Antonio Anguita elige esa escenificación —el ganadero en su vehículo— para propiciar un momento más íntimo. Luego llegan mis preguntas. Y Juan José Cano habla de su infancia: recuerdos de una hacienda paupérrima de Jaén.

—Hoy vivo como antes o peor —afirma.

Al término de la entrevista, El Gorila baja de la cuatrimoto. Anguita se dirige a él:

—Y si un día te caes y te dañas un pie. ¿No sería mejor que vivieses en un municipio, cerca de un consultorio médico? Aquí, en plena sierra, nadie te atendería.

—Ya me quedo aquí, en mi cortijo —contesta mezclando convicción y una marcada indiferencia.

Se queda «aquí». En su mundo. Pase lo que pase.

A Juan José Cano no le molesta que lo llamen El Gorila. Hasta él lo emplea para referirse, en tercera persona del singular, a sí mismo, como hacen los artistas con ínfulas. No es el único apodo de Juan José Cano. Las gentes también lo conocen por el sobrenombre de Matasuegras. Éste sí le duele. Cuando el ganadero tomó conciencia de su existencia, ese mote maldito ya estaba ahí, en Cortijo Periche. Y en las calles de Frailes. Igual que hoy.

Hace más de sesenta años Juan José Cano se quedó sin figura paterna. El padre tuvo que ir a prisión por un delito criminal. Cortijo Periche, una suerte de oasis tranquilo, vivió un episodio turbio. Y El Gorila, un bebé de siete meses que pudo acabar en el vientre de un cerdo, creció sin figura paterna, marcado por un drama shakespeariano. El lugar de la tragedia apenas ha cambiado seis décadas después.

En julio de 2014, El Gorila también se sintió indefenso. Una noche, mientras cuidaba a unos mulos que aún tiene en una aldea cercana a Frailes, alguien entró en su casa. Cuando Juan José Cano regresó con su cuatrimoto, ya era tarde: habían desaparecido cinco escopetas y, según denunció, unos seis mil euros que guardaba debajo de la cama. Al descubrir el hurto, El Gorila fue paciente. Aún era medianoche. Durmió seis horas. Después, caminó unos treinta minutos hasta la parte más alta de su cortijo. Allí su teléfono móvil sí logró cobertura. Entonces llamó a la Guardia Civil.

El robo aún escuece.

—No quiero ni acordarme. Casi se me fue la cabeza —dice mientras come carne de una sartén, a ras de suelo, en uno de sus establos.

Huir no es una opción porque no hay miedo. El ganadero no se mueve de Cortijo Periche. Si alguien asalta de nuevo su propiedad, Cano confía en darle uso a la escopeta que aún le queda. Me imagino al Gorila sentado en el porche con el rifle a punto, como un granjero americano con ganas de guerra.

—Algunos vecinos me han dicho: “¿Y por qué no te vienes a Frailes?” Porque no me sale la polla. Yo estoy mejor aquí. ¿Qué quieren, que me ponga peor?

Comments

comments

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here