Gente Maravillosa realiza una de sus recreaciones en la Estación de Autobuses de Alcalá: un machista se niega a que una mujer sea conductora de bus

La escena es de otro tiempo, exagerada, pero hasta cierto punto verosímil. El equipo de Gente Maravillosa eligió la Estación de Autobuses de Alcalá para que un actor vomitara el machismo más cristalino: una y otra vez su personaje se negaba delante de una cola de hombres y mujeres a que una conductora emprendiera el viaje en bus al volante.

Las formas del tipo ­—mayor, el pelo blanco, la voz firme­­— nada tenían que ver con ese machismo más fino e igual de asqueroso que empuja a la broma de ‘mujer al volante, peligro constante’. El actor decidió presentar a un machista sin complejos, de mentalidad prejurásica, y el efecto fue el deseado por el programa: esta vez no fue una o dos personas las que salieron a denunciar la intolerancia, sino que toda la cola que esperaba el bus la emprendió con el hombre, desde un joven con muleta que lo calificó de ‘tonto’ hasta una mujer mayor que acudió a la ventanilla de la estación para comunicar a la empresa lo que estaba pasando.

En la ventanilla suele estar ahora Marian Obregón, que en sus comienzos como conductora sí sufrió a un impresentable como el que proponía la ficción: un hombre dispuesto a poner obstáculos físicos a la consolidación de la mujer en el mercado laboral.

Hay que celebrar que ya existe distancia social entre la recreación de Gente Maravillosa y la realidad, aun cuando el machismo y la mentalidad patriarcal todavía están demasiado presentes. Hoy, al menos, quien desprecia a la mujer queda retratado, y no por una cámara: son muchos los ciudadanos intolerantes con la estupidez. Con la propia intolerancia.

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