Manuel Molina Glez publica 'La Sierra y Kavafis'.
Manuel Molina Glez publica 'La Sierra y Kavafis'.

El viajero siente frío, es una constante en el estado de quienes se mueven, como en otro tiempo su contrario. En esta ocasión la sensación es mayor por la niebla y su calabobos que empapa sin que te hayas enterado. Pero le gusta esa sensación de caminar sin que se aprecie más allá de donde alcanza la mirada bajo el sombrero de ala. Nadie, tan solo el jovial acompañante Rubi, que aún necesita desbravar y va y viene. Me gusta sentir la lluvia sobre el cuerpo y la niebla como un lamido belfo de buey que te cubre porque luego llegará el fuego y al abrir de la compostura textil el cuerpo se reconfortará sentado frente a la lumbre, junto a un trago de vino y un trozo de embutido asado. Es la felicidad. Como es transitoria y efímera la sensación así se convierte en disfrute. Caso de que todos los días fuesen así serían insoportables. Y esa es la dualidad en la que se mueve el campo, para unos disfrute y para otros resignación.

El viajero tenía anclado el libro de Sergio del Molino sobre la España vacía. Y llegó el momento con unos días descargado de la lectura obligatoria para enfrascarse en él, botarlo hacia la lectura. Como todo ensayo expone ideas en las que se está de acuerdo y otras en las que la opinión no asiente. No obstante, reconozco su mérito por haber girado la atención sobre un hecho silencioso y aletargo como es despoblamiento de parte de nuestro país, que el autor acota en la Meseta y alrededores aunque tal vez sea más expansivo. Alguien como el viajero, nacido en un diseminado —sin categoría geográfica de aldea— lee con mucha atención lo que ha sido parte de su vida, pero también parte de lo que ha visto, el traslado a un pueblo mediano, después a varias capitales, vuelta a un pueblo muy pequeño y por ahora a uno mediano, de nuevo.

"El viajero ha vuelto al pueblo que dejó hace muchos años".
“El viajero ha vuelto al pueblo que dejó hace muchos años”.

El viajero ha vuelto al pueblo que abandonó hace unos años, considerando que su ciclo allí ya había terminado y se sorprende de que las amistades le comentan que ha perdido casi más de un millar de habitantes en poco menos de una década. Para no alcanzar dos dígitos de miles de habitantes es muy llamativa la cifra. No obstante, hace memoria y comienza a revisar conocidos que hicieron el petate, no solo ellos sino sus familias. Una treintena por lo pronto en los últimos años. Sin lugar a dudas vivimos otro despoblamiento silencioso, apenas llamativo porque se lleva a cabo por goteo, no de forma masiva. Tal vez sea la causa de que una enorme urbanización tenga a las afueras farolas encendidas cada noche y asfalto con pasos de cebra, pero salvo un caserón en cimentación de esos que se construían antes  los nuevos ricos para ofrecer su poderío como faro altivo, como lugar donde mirar y ser mirado como aquel magistral clarinesco de Vetusta, junto a un piso piloto, nada existe. Un resto del país que construía como si fuese el último día, como si no hubiese mañana. No hay habitantes para esa urbanización, ni se les espera.

Pero ¿qué se encuentra en un pueblo así? La naturaleza, y su negocio el turismo junto al sempiterno olivar intentan ofrecer dividendos para afianzar la población, sobre todo la de los jóvenes. Hay de todo como en botica. Por un lado quienes tuvieron más desafecto a los libros y pronto vieron que las olivas, como ellos las llaman, daban dinero se entregaron a perpetuar la vocación familiar. Para ello existía una premisa, hablar de fanegas como para que la liquidación tenga los ceros suficientes. “Maestro, pa qué quiero yo estudiar”, decían algunos zagales en su quad recién estrenado haciendo caballitos. Y tenían razón, “pa qué”. El único problema era de quienes también querían hacer caballitos y trabajar en las olivas pero los ceros no daban, lo que las matemáticas de la escuela enseñaban. Y van pegando de aquí para allá, con el paro, el jornal, las chapuzas, la zagala, la paguilla de los padres y juventud divino tesoro. Para ellas es casi peor. Lo único malo es que se harta uno de la tortillita y el yogur por la noche y los cerros apriscan las ilusiones. Ni siquiera mileuristas. Si al menos hubiese conseguido un puestecillo en el ayuntamiento o “en montes”, pero para eso habría que haber empezado antes y hay mucha competencia. ¿Y la obra? La virgen, se llegaron a ganar tres mil euros al mes de lunes a jueves y luego tres días de farra, que no faltaba de nada. Ahora ya no, se vino abajo el invento.

Molina Glez vuelca su mirada en el viaje literario.
Molina Glez vuelca su mirada en el viaje literario.

El viajero se va topando con algunos de los neorrurales que llegaron en los ochenta y en los noventa. Los saluda y charla animadamente porque es gente que siempre tiene conversación y enriquece. Traían el perfil clásico urbanita, con amor a la naturaleza casi indómita de aquellas sierras. Una carga de idealismo y vida entremezcladas para adentrarse en territorio serrano. La mayoría o se ha ido o se ha trasladado con sus hijos a poblamientos más grandes. Ir y venir para clase, música, inglés, cumpleaños de los niños; no hay quien lo resista. Como el ir y venir de quienes se pegan un madrugón de narices, se chupan seis clases y otra hora y pico de autobús de vuelta cada día para ir a Secundaria Obligatoria. Al viajero si uno de ellos estudiaba después Bachillerato le parecía un héroe y si era una chica una superheroína. Las postales en vivo son muy duras y el campo lo es más aún. El viajero siente predilección por el libro que en los años veinte del siglo XX escribiera el inspector Luis Bello sobre las escuelas de Andalucía. Hemos mejorado mucho, pero estudiar en un medio así es duro, muy duro.

El viaje esta vez no ha sido físico, sino que se ha producido hacia dentro. Hacia lo contrario del poeta Kavafis, se ha vuelto, pero solo un poco; para irse de nuevo. Pese a la niebla algunos tractores se cruzan camino de la almazara y algunos turistas equipados como si acometieran el Himalaya le saludan. Pasarán tan solo un rato y tal vez crean que el bucolismo consiste en la repetición de esa Arcadia navideña el resto del año. No es así, por aquí también se sufre la incertidumbre, el clientelismo, el tiempo, el futuro de las familias a la vez que se disfruta de un  buen vino y un buen aperitivo y se ensancha el cuerpo y el alma en las festividades y se pelea por las lindes y se solidarizan con quien más sufre y se pierde la memoria y se ama y se odia como en todos lados. Cada uno debería elegir, pero tal vez sea eso la suerte, poder elegir; si seguir el camino inexplorado o permanecer siempre en el mismo lugar traicionando a Kavafis, reconfortados en sí mismos.

dav

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