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El León Dormido

Por Antonio Anguita Lebrón - Marzo 11, 2020

También le llaman la Picota o la Peña del Castillo. Pero es el León Dormido el nombre con el que se bautizó a esta bonita Peña de Lapoblación desde tierras riojanas, pues es desde ahí, desde Logroño, desde donde se puede intuir la silueta del felino acostado al mirar el contorno rocoso de la montaña. Esa perspectiva que le dio el nombre más conocido fue precisamente la que no pude contemplar a causa del nublado, cubierto y acabado día previo.

Pero no hay nada de pena en ello, pues me entusiasma experimentar desde lo desconocido y la improvisación del punto de vista sorpresa. Ese que se presentó en la mañana del 12 de noviembre entre dólmenes y viñas, ya habiendo cruzado el río Ebro. En tierra alavesa, pero con la mirada clavada en aquel insinuante pico de piedra navarro.

Y en esa mañana que entre dólmenes comenzaba a yacer, la tarde se erigía abierta y disponible. El Hayedo del León Dormido se abría de brazos para recibirme y dejarme senderear allá por donde quisiera, y eran tantas las opciones que se me planteaban, que dilucidé como divertida la versión de perderme un poco y subir la montaña no una, sino dos veces, tomando como propio lo fortuito.

Un mosaico de hojas secas alfombraba por completo casi cada paso que posaba en el suelo, y rodeado por un homogéneo y tupido velo de hayas sentía que tenía que cambiar de dirección en busca del derrotero que me orientara a las alturas. ¡Vayamos monte a través! Cuando el camino sea difuso, dejemos que el terreno nos haga ofrenda de la ruta mas fácil o emocionante que se pueda recorrer. Y así asomé al lomo del León tumbado, donde me aguardaba el borde de un pequeño abismo para poner clarividencia en los cuatro puntos cardinales.

Ahí estaba yo entre cimas viendo valles, perfectamente situado teniendo marcado el País Vasco, al norte; Navarra, al noreste, y La Rioja, al sur. Pero aun al oeste me faltaba acariciar la eminente melena del León y para ello algo tendría que idear. Crestear o dar marcha atrás. Dejando que el viento me achuchara en la intención, dejé los riesgos para otra ocasión.

Qué bien sienta esa abrumadora pérdida cuando en tu interior sientes que no estás realmente desorientado, que puedes retroceder y volver por donde viniste. Tarea fácil si durante el camino se pone atención en el aprendizaje que marcaba la profundidad de las huellas sobre el barro, entre musgos y retales de papel de árbol.

Corriendo y gozando sin apenas tropiezos el otoño se sigue asentando. Curioso universo, siempre atento y expectante de nuestras actitudes, pues acepté con agradecimiento el camino de vuelta, abandoné la búsqueda y la respuesta se hizo manifiesta. La subida final, evidente, con zancada firme y potente, la fiesta en la cumbre con los últimos acordes solares. Nubes y nieves lejanas, campos dibujados con lineas de colores. No vi fronteras. ¡Sentí naturaleza! El León dormía.

Vídeo: Antonio Anguita.

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