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TRAS LA HUELLA DEL ÚLTIMO ROMÁNTICO

TRAS LA HUELLA DEL ÚLTIMO ROMÁNTICO

Por Javier Cano - Mayo 16, 2020

Se cumplen estos días 195 años del nacimiento y 116 de la muerte del poeta, cronista y dramaturgo galduriense Antonio Almendros Aguilar. De la mano de su bisnieto y de quienes conocen su figura y obra de primera mano, este periódico evoca al que fue llamado 'el último romántico'

Una fotografía del poeta y cronista Antonio Almendros Aguilar preside la portada del número 10 de Jaén, la revista editada por la Asociación de la Prensa jiennense que, en 1935, recordaba textualmente: "En este mismo mes se cumplen dos fechas indelebles para los que vivimos con el pecho lleno de pretéritos sentimientos afectivos y tenemos reservado aún, con regusto bohemio, un rinconcillo coquetuelo en nuestro corazón romántico y dulce, a lo siglo pasado". La entradilla, de indiscutible sabor de la época, continúa:

"Estas fechas son 25 de mayo de 1825, en que nació el gran poeta don Antonio Almendros Aguilar, hace ciento diez años este mismo mes, y el 13 de mayo de 1904, en que murió, hace treinta y un años, 'el viejecito del gabán azul', con el verso y la sonrisa a flor de labio".

Hoy, ochenta y cinco primaveras después de la redacción de aquella portada, es Lacontradejaén la publicación que, en pleno proceso de desescalada por la emergencia sanitaria del coronavirus, vuelve la vista hacia la figura del literato galduriense que terminó formando parte de la historia cultural, sentimental y hasta del paisaje de la capital de la provincia.

Por cierto, que don Antonio vivió en sus carnes también los confinamientos que imponían las frecuentes epidemias del XIX en Jaén, seguramente sin aplausos en los balcones. Entre ellas el terrible cólera que en 1885 se llevó por delante a más de dos mil jiennenses de toda la provincia (seiscientos once en la capital) y enfermó gravemente a otros tantos.

Tanto es así que, desde 1903, la (hasta hace algunas décadas) calle más larga de la ciudad lleva su nombre; una estatua proyectada por el gran Jacinto Higueras Fuentes en 1905 (meses después de la muerte de Almendros) y hecha realidad por su hijo, Jacinto Higueras Cátedra, en 1961 preside la añeja Plaza de San Juan, y hasta a los pies de la cruz roquera del cerro de Santa Catalina, tallado en piedra, su poema más célebre coincide con los ojos de las aves y aguarda a los valientes que se atrevan a coronar una escalada con su lectura.

 Estatua del poeta, en la Plaza de San Juan, donde arranca su calle. Foto: Wikipedia.
Estatua del poeta, en la Plaza de San Juan, donde arranca su calle. Foto: Wikipedia.

Tanta y tan significativa presencia sobre el plano jiennense contrastan, sin embargo, con el desconocimiento y hasta la más honda ignorancia que muchos vecinos de Jaén tienen del que fuera conocido, en los últimos años de su vida, como 'el último romántico', el autor del Soneto a la Cruz, esa pieza antológica de la poesía española de su tiempo que, en palabras del recordado profesor (y auténtico especialista en la figura y la obra del vate) Alfonso Sancho, a principios de los 80, "muchos giennenses saben de memoria". 

Debieron de ser aquellos buenos años para la lírica, porque a día de hoy resulta toda una hazaña escuchárselo a alguien así, sin chuleta, pese al éxito que le procuró en vida y su carácter de verdadero pasaporte para la posteridad local. Ni siquiera José Almendros Fernández, bisnieto del poeta (que posa en la cabecera de este reportaje junto al retrato de su bisabuelo con el que convive a diario) pasa del celebérrimo primer verso del no menos repetido poema:

"Muere Jesús del Gólgota en la cumbre...", recita el descendiente directo del también dramaturgo. "No era de las lecturas que te obligaban a aprender de memoria en la infancia, en la escuela, que esas sí se me han quedado. Además no he hecho nunca gala de buena memoria", dice entre sonrisas. 

BISNIETO DEL POETA

"La estatua, desde que la pusieron y después de los cambios que sufrió (estuvo muchos años delante del Campo Hípico), no tenía ni placa. Es decir, si sabías quién era lo sabías y si no, te quedabas a dos velas. Creo que fue por iniciativa de los guías turísticos que se le puso la que tiene en la actualidad. Mi padre ofreció hacer la placa él y que la pusiesen los operarios del Ayuntamiento, pero (no quiero hablar de política) se quedó en que no. Hace bien poco que la tiene, no sé cuántos años pero no llegará a diez", explica Almendros.

Preguntado por los recuerdos familiares a los que ha tenido acceso a lo largo de su vida, este pariente del autor decimonónico aclara: "Prácticamente lo que pueda saber de él es por la tesis de Alfonso Sancho. Toda la documentación, la poca que tenía mi padre [Antonio Almendros Soto, escritor y dibujante que también da nombre a una calle de la zona del Gran Eje] se la dio a Alfonso Sancho para la tesis. Me imagino que la conservará su familia. La verdad es que se hablaba bien poco de él en casa, no era una conversación diaria. Lo que sí he tenido desde pequeño es el retrato suyo a lápiz, y lo sigo teniendo en mi salón. Cuando haga el testamento pienso dejarlo al museo, creo que es un buen lugar para que se conserve", adelanta.

Almendros Aguilar, procedente de una acomodada familia de Jódar y con ascendencia nobiliaria por parte materna, poseía un vasto patrimonio que le permitió vivir 'de las rentas' prácticamente toda su existencia pero que, a su vejez, brillaba por su ausencia: "Si alguna vez se habló de él en casa fue de que era calimitoso en sus inversiones; al final de su vida se inventaron el cargo de cronista, para que pudiera comer. Estaba en la miseria más penosa".

Efectivamente el poeta y dramaturgo galduriense, como recuerda su bisnieto, fue el primer cronista oficial de la provincia, un honor que ocupó desde 1896 hasta su muerte, cuando 'lo heredó' Cazabán. Setenta y un años de edad contaba por entonces el viejecito del gabán azul, pleno de prestigio pero apenas con lo justo para salir adelante hasta que una decena de diputados y admiradores de su obra, al conocer la precaria existencia que llevaba, pidió el nombramiento para Almendros, que una vez aceptado (no sin ciertas críticas) le permitió vivir sus últimos ocho años de existencia de una forma más desahogada.

 El célebre soneto de Almendros, grabado a los pies de la Cruz del Castillo.
El célebre soneto de Almendros, grabado a los pies de la Cruz del Castillo.

"Tenían un patrimonio muy grande. Hará unos veinte años o así, limpiando papeles me encontré con los títulos de propiedad de varias minas; un patrimonio bastante saneado. De hecho, cuando el Ayuntamiento se veía necesitado, una de las familias a las que se le pedía dinero para socorrer a los pobres eran los Almendros", recuerda José Almendros Fernández. Vamos, que de aquellas propiedades y dineros, ni rastro: "Hay por ahí un dicho que dice que de padres ricos hijos señoritos y nietos miserables. Es bastante frecuente, y si eres de Jaén y conoces un poco la historia más reciente, las fortunas de Jaén se han encargado de dilapidarlas los hijos". 

De todas formas, el hijo del hijo del hijo del autor del Soneto a la Cruz, que cuenta sesenta y cinco años de edad y está jubilado tras toda una vida en la banca, confiesa que la fama de su antepasado nunca ha supuesto para él un salvoconducto ni una carta de recomendación a la hora de salir adelante: "Siempre he tenido un criterio, que es que a mí no me ha tocado vivir del apellido, he vivido de mi trabajo y santas pascuas. Hay gente que sí mira mucho esto, pero mi criterio es más peregrino en estos aspectos".

Eso sí, tiene claro que, a casi doscientos años del nacimiento y casi ciento veinte de la muerte de su bisabuelo, Jaén no recuerda a Almendros Aguilar como este merece: "Yo soy de naturaleza pesimista, bastante fatalista. Si miras en la tesis de Sancho cómo es Almendros y su época veras que, desde siempre, Jaén ha sido una ciudad envidiosa, desidiosa, que mata; en Jaén, ante cualquier iniciativa, enseguida están las envidias por medio y lo que van no es a hacer, sino a destruir. Te vas a un pueblo de dos mil habitantes y encuentras que cuatro han montado su grupo de teatro o tienen su grupo de música; aquí te encuentras a los figurones, que son normalmente don nadies, absolutamente nadie", critica y, con su vena más poética a flor de piel, heredada seguramente de don Antonio, evoca:

"Yo creo que reivindicar las cosas buenas de un pueblo siempre es bonito, aquí preguntas y algunos salvan la Catedral y el Castillo, pero ya está. Si les preguntas qué hay que ver en Jaén, no saben. Jaén hay que mirarlo con mucho cariño y de corazón. Aunque algunos se encargan de joder las cosas de mala manera... Lo bonito que era ir una noche de luna llena a ver el Cristo de los Tres Huevos por aquellos callejones empedrados... Tenía un encanto muy especial, y después terminabas tomándote un vermú o cosas así. Ir a San Juan [donde está ubicada la estatua de su bisabuelo] a las doce del mediodía, como que no tiene mucho encanto, pero si vas cuando ya está atardeciendo y las luces y las sombras se entremezclan... Tienes que verlo con el corazón, si lo ves fríamente pues no, es muy difícil, Jaén tiene realmente pocas cosas y las pocas que tienen se han encargado en muchos casos de joderlas y bastante, pero es lo que nos toca".

ALMENDROS Y EL OLVIDO

El escritor y docente Manuel María Morales Cuesta, (descendiente directo de otro de los grandes nombres de la poesía de aquí en la época decimonónica, Manuel María Montero Moya, entrañable amigo de Almendros), dedica un amplio capítulo de su libro Viejos poetas giennenses al galduriense. En declaraciones a Lacontradejaén, Morales coincide con el descendiente del 'último romántico' en su caída en el olvido, una situación que achaca a la propia distancia temporal entre aquel y las nuevas generaciones:

"Hoy día, estos poetas no interesan a la gente, la mentalidad de ahora mismo está fuera de las cuestiones que trataban; en cuanto a Almendros Aguilar, era un poeta interesante, con oficio y talento, no estaría mal que nuestros jóvenes lo conocieran más". En esta línea, Morales, profesor de Literatura, apunta que, de cuando en cuando, los nombres de aquellos escritores de finales del XIX y principios del XX protagonizan sus clases: "Los alumnos que son capaces de recitarme el Soneto a la Cruz de memoria, tienen nota", manifiesta entre sonrisas.

"Escribió cosas bien, que se leen con agrado, y además tenía una gran personalidad, era un buen hombre, una buena persona en el sentido machadiano. Aquí, en Jaén, dejó una gran huella, ayudó a mucha gente, y eso también hay que tenerlo en cuenta". En palabras del docente, ese altruismo suyo, de alguna manera, "lo trasladaba a sus versos". 

Destaca igualmente Manuel María Morales Cuesta la figura de Almendros como creador de una dinastía literaria que tuvo continuidad en sus hijos, que también se dedicaron a la poesía: "José Almendros Camps era más completo que en talento, aunque le faltaba la personalidad de su padre", sentencia. 

VIDA Y OBRA

El futuro poeta llegó a la capital jiennense a los ocho años de edad, para quedar unido indisolublemente a la ciudad hasta su muerte. Entre medias, algunos años de estudios en Madrid para convertirse en el ingeniero de Caminos que, finalmente, nunca llegó a ser. No obstante, sus años en la villa y corte le granjearían valiosas amistades literarias entre las que se contaba el mismísimo Zorrilla. Político liberal, ocupó algunos cargos en diferentes gobiernos civiles y fue concejal del Ayuntamiento de Jaén

Cronista de la provincia, directivo de la Asociación de la Prensa, varias veces condecorado... En fin, todo un personaje en su época al que algunos profesaban verdadera devoción. Almendros casó (en El Sagrario de la Catedral, en 1864) con la también literata Luisa Camps Arredondo, de cuyo matrimonio nacerían tres hijos, Octavio, Antonio y José

Tras una intensa vida que duró setenta y nueve años, murió en brazos de su amigo y médico Bernabé Soriano en 1904, el mismo día que Jaén preparaba sus fastos para recibir al rey de España y con cuya visita coincidió su entierro. Desde entonces, una lápida negra en el viejo cementerio de San Eufrasio lo separa de la vida y recuerda a quienes la contemplan que allí yace 'el último romántico'.

 Sepultura del poeta, en el cementerio de San Eufrasio de Jaén. Foto: Javier Cano.
Sepultura del poeta, en el cementerio de San Eufrasio de Jaén. Foto: Javier Cano.

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COMENTARIOS

Francisco Pérez Fernández, poeta con el seudónimo de dugueslin

Francisco Pérez Fernández, poeta con el seudónimo de dugueslin Mayo 17, 2020

Magnífico artículo sobre este poeta olvidado. Enhorabuena a otro gran poeta Javier Cano

responder
Mario del Real Fernández

Mario del Real Fernández Mayo 17, 2020

Muy interesante. Todos los años voy una vez a Jaén. Éste iré a ver su estatua, ahora que tiene nombre, el abuelo del mejor amigo de mi abuelo.

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