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"La naturaleza que tiene la provincia está infravalorada"

Por Fran Cano - Enero 03, 2021

Antonio Anguita Lebrón (Frailes, 1986) reivindica siempre que lo mejor de la vida no vale dinero. Lo hace curiosamente en medio de la enésima campaña como jornalero del olivar en Frailes, su pueblo de toda la vida. La recolecta de la aceituna ha sido una constante desde que tiene edad para trabajar. Entre campaña y campaña ha cultivado inquietudes con mirada propia. Se ha atrevido con un autodocumental titulado El sendero de los sueños, donde combina buena parte de sus pasiones: la naturaleza, el rap y el cine. También dejó en el paso a la mayoría de edad un puñado de canciones de hip hop bajo la idea Mi primer paso en este largo camino.

Anguita, técnico de Imagen y Sonido, soñaba con volar a Cuba para estudiar cine. No se dio y ahora cree que desde lo local puede contar historias. Le encantan los viajes y asegura que ha flipado con todo lo que hay por España. El proyecto CimasyValles, que ha compartido en ocasiones con este medio, recoge ese canto a la naturaleza. Le sorprendió Jaén. Hablamos con él en La Guarida, donde vive, un espacio con un proyector de cine, pósters de películas y más de un sofá para pensar sin prisa.

—¿Cómo va la recogida de la aceituna?

—Va bien. Está siendo buena. La aceituna está normal, más o menos como todos los años. Soy jornalero, con propietarios de Frailes, y los terrenos son de montaña. Es más laborioso el trabajo, pero estoy en contacto con la naturaleza. Es ya una costumbre, la verdad. Me gusta más que la faena sea en el monte que en grandes extensiones, donde me resultaría más monótono. Como digo, la cosa va muy bien. Somos cuatro y apenas llevamos 20 días. Ha habido bastantes lluvias en diciembre.

—¿Recuerda cómo fue su primer día?

—Pues no. Me imagino que sería en el olivar de mis padres, cuando todavía yo era muy pequeño. La primera vez para ganar el jornal sería con 15 ó 16 años. En cuanto tuve la edad para cobrar el jornal ya fui con un propietario del pueblo. A partir de ahí ya fue trabajar en serio. A fin de cuentas, suponía un ingreso, permitido por la labor que hay en la zona, que entonces compaginaba con mis estudios.

—‌¿Con los años cuesta más ser jornalero o la faena es más sencilla?

—Depende de cómo lo vivas y de qué te lleva a trabajar en la aceituna. Siempre lo he visto como algo temporal para conseguir otra cosa mejor. El campo es muy duro, pero está ahí a mano, en el pueblo. Es lo que siempre va a estar ahí. Se puede hacer un poco cansado —si bien todo es neutro y varía en función de cada persona—, pero yo procuro disfrutar de la tarea. Hay naturaleza, ejercicio físico, que siempre es saludable, y también sirve para hacer un buen producto muy rico, que es el aceite de oliva. Hay que aprovechar los recursos del pueblo.

—¿No le cuesta más?

—No, físicamente no me cuesta nada. Estoy bien. Psicológicamente sí piensas que a lo mejor podías estar haciendo otras cosas, pero ahí está la clave: por qué sigues en la aceituna o por qué usas ese recurso para seguir ganando dinero.

—¿Le hacen gracias los vídeos de humor que salen cada año con la recogida?

—No, la verdad es que me da igual. Neutro. No sé (ríe). Está guay hacer humor con todo. Pero no me llama mucho la atención.

—Usted, y quienes lo conocemos estamos al tanto, no es un jornalero al uso. También tiene recorrido profesional en el mundo audiovisual. ¿Qué le llevó a estudiar Imagen y Sonido?

—Primero quería estudiar Sonido porque me gustaba mucho la música rap. Era como aprender del tema, saber más y dedicarme a eso. No pude entrar en el ciclo de Sonido y en cambio sí en el de Imagen, en Granada. Y eso me descubrió el mundo del cine. Desde entonces mi afición creció y me atrapó completamente. Mezclé las dos pasiones: la música y el rap, en concreto, con el cine. Era una manera de aprender y de divagar a partir de los temas que me proporcionaba el entretenimiento.

"EL CINE ES UNA HERRAMIENTA POTENTÍSIMA"

—Hasta donde sé, nunca ha perdido ese apetito por el cine.

—No, no, nunca se ha apagado. Es cierto que ha habido etapas donde le he dedicado menos tiempo, porque igual me volcaba más hacia el deporte, el trabajo, los viajes o las relaciones sociales, pero el cine siempre ha estado ahí. Cuando lo he recuperado ha sido con mucha fuerza y es algo que nunca se va. Siempre siento que estoy disfrutando con el tiempo que le dedico al cine, que no deja de ser nutrirse con historias que aparecen en la pantalla. Si uno quiere, también puede aprender de ello y dar un salto más allá del entretenimiento. Siempre lo digo: ¿por qué no se puede aprender directamente del cine como si de experiencias propias se tratasen? Y hay que tener en cuenta que es un producto. Hay cine más comercial y también de autor. Cada cine lleva muchos mensajes. Uno decide qué ver y qué extraer.

—¿Qué le ha enseñado el cine?

—No sé decir algo concreto, pero sí que tanto el cine como la música me han dado muchas historias de otras personas que no soy yo. Porque yo estoy aquí, en mi pueblo, 'limitadito', en el sentido de experiencias y de opciones de trabajo. No tengo grandes experiencias de ciudades ni de historias más complejas, de modo que la cultura me acerca a esos relatos u opiniones de gente en otras épocas o en otros lugares. Si quieres y le pones ese enfoque, te nutres una barbaridad, porque es una forma de vivir desde la distancia, sin estar en la piel propia. Si la gente le pone ese grado de conciencia, el cine y la música son herramientas potentísimas. Y pueden ser beneficiosas así como perjudiciales. Porque si el cine hace que te crees unas expectativas exageradas, poco ejecutables en la vida, lo pasarás mal.

—¿Le ocurrió alguna vez?

—Sí, sí. Con el rap me lo llevé a querer dedicarme a eso, porque uno se flipa y se crea una especie de ambiente idílico. Igual pienso con el cine. Te lo puedes llevar al querer ser, al querer llegar, al querer estar ahí directamente y ser conocido. Con el tiempo te das cuenta de que no pasa nada. Lo más importante es disfrutarlo, sin presiones hasta donde puedas llegar. Ya está bien con ser parte de ello, disfrutándolo.

—Usted creó el proyecto audiovisual El sendero de los sueños. ¿Cuál es la idea de esta iniciativa y qué quiere exactamente comunicar?

—Es lo mejor que sé hacer hasta la fecha. En el origen, fue una presentación directa y radical para La Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños, en Cuba. Nació con esa idea y varios años más tarde la logré presentar, junto con pruebas y entrevistas. No ingresé en la escuela, pero quedó como un trabajo que también es una experiencia personal que hasta entonces mostraba mi visión de la realidad.

—¿Le frustró no entrar en la escuela?

—Yo creía que iba a entrar. En la segunda ocasión, cuando presenté El sendero de los sueños, creía que iba a entrar seguro. Sabía que era complicado, pero mis sensaciones eran buenas. Con la negativa me bajé del carro. Pensé que ir a esa escuela no tenía que ser tan decisivo para que yo hiciese o dejase de hacer proyectos en la vida. Puedo hacerlos perfectamente. Me lo he demostrado con esta pequeña película, y eso no quiere decir que no pueda evolucionar en el cine. Ahí, como decía, dejé de centrarme en esas ganas exageradas o en esa cierta necesidad de querer entrar en la escuela de cine por cojones. Porque yo quería ir a ésa en concreto. No quería ir a otra. Igual me hubiese ido mejor en otras de España.

Se trata de adaptarse a los caminos que surgen. Pienso que podía haber hecho más cosas y rozarme con más gente del ámbito para estar en el cine, aunque fuese de un modo más 'underground'. Poco a poco te vas desligando de todo y vas comprendiendo qué es lo que hay detrás de todas las expectativas que tú tienes cuando quieres ser o alcanzar algo. Desapareció la necesidad de hacer cosas para ser alguien y decidí ser ya ese alguien haciendo las cosas que buenamente podía afrontar en el día a día.

"SE PUEDE DISFRUTAR CON ARTISTAS CON LOS QUE NO TE IDENTIFICAS ABSOLUTAMENTE EN NADA"

—Cine, naturaleza y también rap. ¿A quiénes escucha del género?

—A Tote King lo he escuchado toda la vida, por citar a uno de la vieja escuela, como también son los casos de Violadores del verso, Nach, SFDK y Falsa Alarma. Fueron ídolos cuando empecé a escuchar rap. Hoy día me identifico mucho con el mensaje y las formas de Rafael Lechowski. El género ha evolucionado mucho y se ha abierto a tantísimas variedades y estilos que ahora hay una barbaridad de artistas. Sigo escuchando de todo a pinceladas. Los temas y las letras son muy diferentes ahora. Cada cual puede aportar cosas ya sea a nivel de letras o a nivel instrumental. Lo cierto es que escucho todo tipo de música.

—¿Le convence el trap o lo ve como una variante menor del hip hop?

—La verdad es que no lo he estudiado (ríe). Imagino que es algo parecido, enmarcado dentro de la música urbana. No veo necesidad de clasificaciones. Basta con escuchar la música que está ahí y disfrutarla. Los artistas son un reflejo de la masa que los sigue y de la sociedad. No tengo prejuicios. Escucho a gente con la que me identifico al cien por cien con su letra y su esencia y a otra con la que no me identifico absolutamente en nada. A veces no comparto lo que alguien canta y lo disfruto igualmente.

—¿Es muy simplificador afirmar que el trap descuida un poco más la parte literaria de las canciones en relación con el rap?

—No lo sé. Igual hay artistas de trap que no conozco que quizá tengan letras muy elaboradas, con profundidad. En general, el trap es más superficial. En general. Me parece más efímero.

—¿Más cercano al pop?

—Sí, pero es sólo mi opinión. No cuenta mucho. En el rap hay de todo también: letras más profundas y otras más de fiesta. Da igual, hay contenido para todos los estados de ánimo. Y es lo bonito de la variedad. Cada cual que coja lo que quiera. Me llaman la atención esas guerras conceptuales que desembocan en 'esto es mejor' o 'esto es peor'. Es música. Y ahí está. Si quieres, escúchala y si no, déjala y que otro la disfrute. Me resulta curioso un fenómeno. Si una cosa la siguen millones y a esos millones les encanta, y otra cosa es muy intelectual, muy pura, y la escuchan sólo diez, ¿quiénes son los diez para decir que lo que escuchan millones es una basura?

El mundo de la música está plagado de un juego de espejos curioso. Habría que ver de qué raíz parte la crítica cuando se critica algo. Creo que quien critica tiene algo de lo que critica y que no acaba de aceptar o puede ser que quiera ser eso. Y como no lo eres, lo criticas. En algún nivel dentro de ti están esos dos puntos, pienso. Pasa con todo en la vida. La crítica dice más de quien la hace que del objeto criticado.

—¿Qué le dejó aquella maqueta de rap Mi primer paso en este largo camino?

—Es una anécdota. Son canciones que grabé con 17 años. También conservo letras que nunca grabé y temas del autodocumental El sendero de los sueños, donde creo que las canciones están más aceptables, rapeo un poco mejor, pero no deja de ser totalmente amateur. Pero es bueno que los adolescentes exploren sus capacidades artísticas. Lo importante es disfrutar y no fijar metas que frustren tu felicidad diaria. De lo contrario, creces con los estímulos incorrectos.

—¿Le gusta escuchar esa maqueta?

—Sí, sí. Me acuerdo que mientras la gente de mi edad se preparaba para Selectividad yo, que no me presenté, grabé esos temas. Tenía claro que iba a hacer mis módulos. Ahora practico la imagen, con vídeos y fotografías, pero el sonido lo tengo más olvidado, si bien lo disfruto desde la parte del escuchante.

—En uno de sus documentales formativos abordó las diferencias entre vivir en el pueblo y en la ciudad. ¿Sigue prefiriendo el primero?

—Me ocurre lo contrario que a la gente de ciudad, que viene al campo para hacerse una escapada. A mí me gusta hacer escapadas a la ciudad de vez en cuando. Cada cosa tendrá sus pros y sus contras, pero yo quiero naturaleza en mi vida y en la ciudad hay muchísima menos. Prefiero las ventajas que ofrece un pueblo, por tranquilidad y por recursos. Aquí están muchas de las cosas que me gustan. También he experimentado y he vivido en ciudad, pero no me ha terminado de conquistar. Mi modo de vivir liga más con el pueblo.

—Ha vivido en Granada, en Málaga y en Alicante. Si tuviera que volver a cualquiera de ellas, ¿cuál elige y por qué?

—Volvería a Granada, sin duda. Es la que mejor mezcla lo que menciono sobre la naturaleza. Tiene una gran sierra y además tiene costa. Andalucía la veo muy rica y muy variada en paisajes tanto montañosos como de costa. Es cierto que he viajado bastante más por España y es una pasada el país entero. La zona que conecta Jaén y Granada es muy bonita de Andalucía.

Si tuviese que elegir entre la Andalucía Oriental y la Occidental, me quedo con la primera, con la nuestra. Jaén es de las provincias más infravaloradas de España a nivel de naturaleza. Tiene un valle del Guadalquivir plagado de olivos. Igual es monótona esa zona, pero te sales de ahí y estás rodeado de naturaleza y de sierras por todos los costados. Es una auténtica pasada. Si hablamos de pueblos y ciudades, hay grandes pueblos 'casi ciudades' que son un alucine, como Úbeda, Baeza, Andújar y Jaén. Son pueblos bonitos, ciudades pequeñas, pero muy bonitas. Y luego tenemos pueblos más pequeños con mucho encanto, además de que somos la provincia de España con más castillos.

"CADA VEZ HABRÁ MENOS TRABAJO Y HARÁ FALTA SER ORIGINAL"

—Ya que menciona a la provincia. El paro juvenil en Jaén es muy alto y siempre estamos a la cabeza con Cádiz. ¿Qué falla? ¿Cómo lo revertiría?

—Es una pregunta que abre un debate muy amplio. Creo que cada vez habrá menos trabajo que puedan desempeñar las personas. Es decir, claro que habrá paro. La gente trabaja y si hay una necesidad, unas personas u otras la satisfacen con trabajo. Puede que haya personas que no quieren trabajar, pero es que ahí entramos en el debate de la esencia del trabajo y de qué supone para tu vida. Son temas muy amplios.

—Pero ¿se anima a decir una propuesta que piense que funcionaría en Jaén?

—No lo sé. Pienso que el trabajo va a cambiar mucho y más con la coyuntura que tenemos ahora. Cada vez habrá menos trabajo del tipo que conocemos hasta ahora, porque las máquinas nos irán sustituyendo y lo harán para el beneficio de su amo, sin beneficios repartidos para los posibles 1.000 operarios que iban a ejercer esa labor. Cambiará mucho la sociedad y el mundo del trabajo lo hará casi radicalmente. Se van a tener que inventar muchísimos trabajos que yo creo que deben estar relacionados con el sector servicios. Habrá que ofrecer a las personas una capacidad que tengas con un distintivo personal. Por ejemplo, igual un peluquero tiene que ir a tu casa y te pone incienso y un ambiente genial, de modo que te proporciona la comodidad de ir a casa y hacer la tarea. Hay tanto de todo que habrá que buscar un factor diferencial e implementarlo, y buscar nuevos servicios y nuevas tendencias. Insisto, cada vez habrá menos trabajo y no se puede inventar de donde no hay. Cada persona es soberana y tiene un montón de recursos para ser emprendedora y lo más autosuficiente posible.

—¿Hay algún trabajo que le gustaría ejercer?

—Me enfoco desde la no expectativa de nada, pero claro que me gustaría trabajar en el mundo del cine. Como explicaba antes, en mi pequeño mundo ya lo hago, como con CimasyValles. La idea es ir evolucionando poco a poco y hacer las cosas con más detalle y profundidad. De buena energía hay que hacer lo que a uno le nazca, aunque no te dé dinero. Por eso es importante buscar el equilibrio entre trabajos que te proporcionan la parte económica y otros que te hagan ser feliz en la vida. Si estás en un sitio sólo por el dinero que luego gastas en cosas que no necesitas para impresionar al mundo, pues no tiene sentido. Todo es más sencillo y hay que disfrutar de lo que dice el tópico: las mejores cosas no valen dinero, como salir a dar un paseo.

Dejemos de invertir tiempo en ganar cantidades de dinero para destinarlas a necesidades que nos hemos creado para satisfacer, en realidad, carencias internas. Creo que muchísima gente de ciudad tendría que irse a los pueblos, donde hay infinidad de recursos naturales esperando. La gente en la ciudad paga por todo y trabaja a tope por una cantidad que quizá no alcanza para nada. Es un bucle de prisas, estrés y enfermedad. Todos tenemos que ser responsables de nuestras decisiones y tener claro por qué estoy o no estoy en un trabajo. ¿Por qué no me atrevo a hacer lo que quiero hacer? Todo se resume en la vida interna de cada cual.

—¿Alguna vez pensó en entrar en política o le han tentado?

—Creo que no. Y si lo han hecho, no me acuerdo. Y ya que nadie se acuerde (ríe). Es un tema intrascendente para mí, tal y como se entiende hoy la política. Tengo mi concepto, que es la relación entre los seres de una sociedad...

—¿Ha cambiado de ideas con los años?

—Sí, yo he estado muy metido en el rollo de la política. Es decir, escuchaba a unos y a otros, congeniaba más con unos que con otros. Ahora estoy en el punto de que los entiendo a todos. Todos tienen tanta verdad como mentira. Lo que tienen todos es una gran incapacidad de comprensión del punto de vista del otro. Es un juego de egos descomunal. Parecen niños pequeños inconscientes peleándose. Me parece una locura.

—Descartado totalmente entrar en política.

—Sí. Neutralidad total. Comprendo y escucho a cada cual y la validez de cada parte desde su ideología y creencia. Pero quizá esas pequeñas criaturitas no saben eso, que tienen una ideología y una creencia que proceden de un determinado entorno social y de unos padres. Si viniesen de otro entorno y de otros padres, tendrían otra forma de ver el mundo. Falta comprensión.

—¿Empatía?

—La base de cualquier relación es el conocimiento propio de uno mismo. Si las personas no se conocen a sí mismas, si ignoran por qué se emocionan de la forma en que se emocionan, si no saben la raíz de sus pensamientos... Hay gente que dice que sí se conoce a sí misma, pero yo creo que mucha gente no tiene ese autoconocimiento. En resumen, todo es mentira y todo es verdad. ¿Para qué me voy a pelear con alguien que tiene una opinión diferente si la tiene desde otra vida y desde otras experiencias? Lo único que puedo es escucharlo y ponerme de acuerdo en lo que sí compartimos. Y desde ese punto de encuentro surgirían más puentes. Si no hay punto de encuentro, se mantienen la desconexión y las batallas de ego.

Fotos y vídeo: Fran Cano.

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