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BRÍGIDO: 100 AÑOS DE UNA LEYENDA DE LA HOSTELERÍA EN JAÉN

Por Javier Cano - Enero 16, 2021
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BRÍGIDO: 100 AÑOS DE UNA LEYENDA DE LA HOSTELERÍA EN JAÉN
Brígido Anguita, tras la barra de su mítico bodegón. Foto cedida por la familia Anguita Martos.

El mítico empresario villariego cumpliría, en 2021, un siglo de vida. Emprendedor incansable, algunos de sus negocios forman parte de la memoria sentimental jiennense y hasta han generado dichos sentenciosos que sobreviven al paso del tiempo, lo mismo que el recuerdo de este hombre "todo alma" que quitó hambre y procuró cobijo durante décadas a tantos y tantos personajes y anónimos de Jaén 

Nunca tuvo Estrellas Michelín, Soles ni Tenedores en la puerta de ninguno de sus negocios, ni falta que le hicieron. Tampoco el rótulo de una calle con su nombre lo recuerda en su patria chica ni en el Jaén de su alma, no. 

Pero a ver quién no ha dicho u oído alguna vez eso de "A comer, a Casa Brígido" o "Esto es más barato que comer en Casa Brígido", sentencias populares que sobreviven al paso de los años como la leyenda de El Abuelo o el soneto de Almendros Aguilar tallado en la roca viva del cerro de Santa Catalina, por más que los inviernos lo machaquen a martillazos de trueno y agua.  

Sí: Brígido Anguita Martos (Los Villares, 1921-Jaén, 2002), a fuerza de trabajo, no tuvo tiempo ni de valorar lo que hacía, jamás reparó en la trascendencia de su labor no solo en el mundo de la hostelería, sino también en el universo de la solidaridad: esa actitud que lo poblaba, que parecía hecha a la medida de este villariego achaparrado como las tallas de Sebastián de Solís y, como ellas, grande, muy grande, en el más hondo sentido de la palabra. 

"Benemérito padre de los pobres [como el mismísimo Bernabé Soriano] que en su figón aledaño a la plaza de abastos se pasó la vida calmando hambres y consolando desventuras", escribió de él el no menos recordado historiador y cronista oficial de Los Villares Manuel López Pérez en la Crónica de la Cena Jocosa de los 'Amigos de San Antón' de 2008, como si exaltara a un Quijote del XX por las tierras del ronquío. Lo que era en cierta medida aunque su figura, por la sombra que daba, evocase más al bueno de Sancho.

A cien años de su nacimiento y en plena mayoría de edad de su muerte, Lacontradejaén acerca a los lectores a uno de los más entrañables hijos del mar de olivos, al más célebre de los Brígidos de aquí, una auténtica leyenda de la hostelería jiennense que, como escribió Lope de Vega y cantó José Menese (para no dejar de aplaudirle en veinte años), fue "todo alma". 

 Brígido (primero por la derecha), en Los Villares, con un grupo de amigos. Foto cedida por la familia Anguita Martos.
Brígido (primero por la derecha), en Los Villares, con un grupo de amigos. Foto cedida por la familia Anguita Martos.

INFANCIA Y ADOLESCENCIA EN LOS VILLARES

La historia de Brígido está unida, inexcusablemente, al municipio de Los Villares, paisaje de su sangre donde vio la luz primera un 25 de septiembre de hace ya un siglo. Hijo de Juan Antonio, cabrero, y de Manuela, fue el mayor de seis hermanos, "cuatro varones y dos hembras", aclara su hija Manuela Anguita Martos, impagable y generosa fuente de datos, recuerdos e imágenes para la redacción de este reportaje. 

En este delicioso pueblo de la Sierra Sur, a cuatro pasos de la capital de la provincia, pasó el protagonista de La Contra de este sábado su infancia y su adolescencia entre cabras, leche y campo (como el Miguel Hernández de Las abarcas desiertas), hasta su 'debut' en el sector de la hostelería.

Un oficio para el que ni se había preparado ni tenía nada a favor pero que tiró de él con la fuerza de esa "espina dorsal de la vida" que es la vocación, usando palabras de Nietzsche.

'ESTRENO' PROFESIONAL EN LA POSADA DEL LEÓN

La que sería su profesión de siempre lo llamó desde la Plaza del Mercado de la capital jiennense, tradicional espacio vinculado al tránsito de viajeros, las diligencias y, pasado el tiempo, el trasiego de autobuses, que acogió el bautismo profesional de Brígido Anguita en uno de aquellos célebres paradores del Jaén de toda la vida, la posada del León, regentada por un tío suyo.

Cabe destacar el 'jaenerismo' que ungía aquel establecimiento casi aledaño al Palacio de los Vilches (luego Hostal Nacional); no en vano, se trataba de un caserón del XVIII pleno de historia que en el Siglo de las Luces formó parte del patrimonio catedralicio y al que llegó un jovencísimo Brígido de apenas dieciocho años a finales de la década de los 30, para "echar una mano con las cuentas y la gestión, controlar a los clientes...". 

Y mucho más, vaya que sí. Como que aquel modesto hostal de vigoroso nombre sería testigo del encuentro entre el mítico hostelero y la mujer con la que formaría su amplia familia, María Martos Armenteros.

Una villariega hija de un capataz de carreteras destinado en Villargordo que, tras quedar huérfana de padre, arribó a la posada del León para trabajar de la mano de "una hermana de su madre que tenía una tienda de ultramarinos en la calle Arroyo", recuerda Manuela Anguita.

Juntos formarían un entretenido hogar de nueve hijos: 'Brigidín', María, Juan Antonio, Julián, Manuel, Antonio, Virginia, Manuela y María del Pilar, nueve vástagos que llenaron de alegría la cotidianidad del matrimonio pero que, de la mano de la muerte, ensombrecieron también la mansa mirada de Brígido.

Y es que vale la pena interrumpir el relato cronológico en este punto para exaltar el carácter abierto y bonachón que ordenó siempre los gestos, la manera de estar en el mundo de un hombre que, sin embargo, acumulaba en su hondura una retahíla de pérdidas de esas que enlutarían la sonrisa a cualquiera.

A saber: su hermano Francisco, que le procuró la primera tragedia al caer víctima de la Guerra Civil; su esposa, María, que en el 66 dejó viudo al empresario y, muriendo, enterró también la calidad de su cocina; sus hijos Brigidín, malogrado a los tres meses de existencia; Julián, que llegó desde Cataluña (donde desarrollaba una prometedora carrera como futbolista) para festejar la boda de una de las hermanas, en 1968, y ese mismo día se dejó todo su futuro en la carretera, con apenas diecisiete años, y Juan, que perdió la vida con solo treinta y cuatro primaveras. "Morimos tantas veces como perdemos a uno de los nuestros", dice la sentencia que escribió Publio Siro hace la tira de años. Pues eso. 

Trabajador incansable, Brígido Anguita Martos se entregó a su oficio para tirar adelante con su prole y, de paso, soportar las ausencias: "Siempre trabajando, desde el amanecer hasta la noche". Así lo recuerdan su hija y una legión de jiennenses que lo conocieron tras la barra del más representativo de sus negocios.

 La desaparecida posada del León, donde Brígido se inició en el sector hostelero. Archivo de Javier Cano.
La desaparecida posada del León, donde Brígido se inició en el sector hostelero. Archivo de Javier Cano.

LA LEGENDARIA 'CASA BRÍGIDO'

Para 1946, el hostelero había dejado ya el parador en el que se estrenó profesionalmente para montar "un pequeño negocio propio en el Callejón de las Uvas" [actual Plaza de las Atarazanas, aledaña al Mercado de San Francisco, justo donde hoy día funciona una boutique de trajes de flamenca, comunión y ropa infantil], explica su hija; un comercio dedicado a la "venta de ultramarinos, conservas y vino": "La gente venía al mercado desde los pueblos y allí se le cocinaba lo que compraban en el propio mercado de abastos, antes de coger el autobús de vuelta", asegura.

Y tanto que la gente comía allí que daba gusto, como que en apenas un lustro aquel establecimiento cerraría sus puertas para abrir, a un paso, las del legendario Bodegón Manchego:

"Fue en el 50 o el 51; las cosas le iban bien, necesitaba un negocio más grande y montó ese bar, con casa de comidas". Ese bar que, por más que en los papeles se llamase como se llamaba, pasaría a la historia sentimental de Jaén como Casa Brígido, unos metros más abajo del anterior local, ya en plena calle Espartería [oficialmente Doctor Civera, en honor del canónigo que, entre otros detallazos, costeó el reloj de la Catedral], en un establecimiento en 'U' que abarcaba también la calle y el primer tramo de la Plaza de las Atarazanas.

 En este local del Callejón de las Uvas estuvo la legendaria Casa Brígido.. Foto: Beatriz Rivilla
En este local del Callejón de las Uvas estuvo la legendaria Casa Brígido.. Foto: Beatriz Rivilla

"Una taberna con honores de figón cuyos guisotes, elementales y generosos, hicieron época y donde la bondad de su dueño proporcionaba un plato caliente a los menesterosos que no tenían que llevarse a la boca". 

Así describe López Pérez, en su obra El viejo Jaén, el emblemático mesón que elevaría al protagonista de estas páginas digitales a verdadero mito de la hostelería jiennense, a la par que a popularmente reconocido filántropo cuya memoria se mantiene vivísima en la ciudad. 

Con él y su personal (que incluía también a los peques de la casa en 'tareas de apoyo' en tiempos de vacaciones escolares) y María en la cocina (hasta su muerte), la comida de Casa Brígido tardó nada y menos en calar en los paladares de aquí:

"Iba gente de todas las edades y clases sociales; mi madre, que era muy buena cocinera, hacía platos calientes baratos y también se vendían bocadillos de calamares [que todavía hacen que se relaman varias generaciones], atún y anchoas. Yo recuerdo, de chiquitilla, que de los bancos, que había muchos entonces, llamaban y pedían bocadillos; y nosotros [los más jóvenes de la casa] los repartíamos", evoca Manuela Anguita.

Bancos, particulares, clientes en barra y mesas... Algo tiene el agua cuando la bendicen, y lo cierto es que, en pleno 2021, treinta y seis años después del cierre de la taberna (en 1985), aquellos manjares más que asequibles aún dan que hablar. 

 Brígido y su esposa, María, con siete de sus hijos. Foto cedida por la familia Anguita Martos.
 Brígido y su esposa, María, con siete de sus hijos. Foto cedida por la familia Anguita Martos.

CLIENTELA VARIOPINTA

Un 'santuario de la generosidad'. Este podría ser el tercer nombre del inolvidable local donde su propietario dio rienda suelta a otra de sus vocaciones: ayudar. "Era muy generoso", apostilla la vástaga de Brígido, y no es pasión de hija, ni mucho menos.

Ese carácter desprendido, esa compasión suya junto con la calidad de su oferta justifican que una larga lista de personajes locales imprescindibles (en la misma medida que caninos) tuvieran cita diaria en esta taberna que además de otorgar carácter propio a la calle en la que se ubicaba, le concedía un perfume constante de fruto de perolas.

Por allí (y por sus pensiones y hostales, de los que se escribe unas líneas más abajo) pasaron el inclasificable Piturda; Pepe Polluelas, todo un monumento de la bohemia jonda; Risicas, Falito, el más popular de los 'mandaeros' de aquí; Juliana, aquella señora que muchos recordarán como un elemento más de las procesiones de Semana Santa, siempre en las cercanías privilegiadas del trono...

"Y muchos más. Nadie les daba cobijo en ningún sitio y él les quitaba el hambre. También gente sin dinero, que le decían que no tenía, él lo apuntaba en un vale que guardaba sin nombre y nos pedía a los hijos que organizáramos todo; como no había nombres, al final nos decía: '¡Quemadlo todo!". Vamos, que lo hacía aposta, para no acordarse de lo que debían. 

Una suerte de padre Ángel de su tiempo que no dudó en abrir de par en par las puertas de su 'parroquia' y que hasta las pocas veces que vestía corbata, se desabrochaba el último botón de la camisa... ¡Como el padre Ángel, mismamente!

A él, precisamente, se le atribuye ese "mañana me lo pagas" que, después de ponerse las botas, sabía a gloria al comensal de turno, más tieso que la mojama. "Era un buen negociante", certifica su hija. Buen negociante, tanto como sobrado de generosidad.

"Mi madre era más estricta, y más sensata para los negocios; le aconsejaba, pero él hacía lo que quería. ¡Cuando se le metía algo en la cabeza...! Era muy limpia, muy correcta, era la pulcritud personificada, y eso lo trasladó al negocio. Por eso, cuando murió, empezó el declive del bar", apostilla.

Sea como fuere, este y el resto de negocios emprendidos por Brígido le permitieron cumplir uno de sus mayores deseos: sacar a su familia adelante, que sus hijos estudiasen: "Mi padre estaba satisfecho". Qué difícil, y qué bueno.

 Pintura original de Paco Vílchez en la que, junto con Piturda, el Rápido y Falito aparece el recordado Brígido.
Pintura original de Paco Vílchez en la que, junto con Piturda, el Rápido y Falito aparece el recordado Brígido.

Como demuestra la fotografía que encabeza este trabajo (cedida por la familia), la Policía (de uniforme o secreta) era también asidua parroquiana de Casa Brígido. Curiosa concurrencia que más de una vez se cruzaría, sin saberlo, con los jóvenes contestatarios contra el régimen que encontraron en las paredes de los aseos del local un rudimentario 'altavoz' a sus demandas:

"Cuando empezaron a aflorar el PSOE y el PCE, allí se reunía gente de los partidos. Hacían pintadas con el martillo y la hoz, o de Santiago Carrillo, y mi padre se enfadaba: '¡Me vais a buscar una ruina, me vais a cerrar el negocio!', cuenta Manuela Anguita que les espetaba un raramente exaltado Brígido, amigo de la camaradería y siempre de buen humor, a pesar de los pesares.

UN TESTIMONIO DE EXCEPCIÓN

Un jovencísimo Cándido Méndez (Badajoz, 1952) se contaba entre aquellos que levantaban la voz contra el sistema con el Bodegón Manchego como punto de encuentro. El ex secretario general de la Unión General de Trabajadores, que aunque extremeño de cuna se convirtió en jiennense de adopción a sus seis años de vida, recuerda para los lectores de este periódico su relación con Brígido y su mesón:

"De eso hace unos cincuenta años, quedábamos allí los grupos, nos sentábamos en las mesitas y pedíamos vino blanco peleón con una tapa del plato del día; a lo mejor nos comíamos un plato de habichuelas o de lentejas y, entre gente humilde y trabajadora, allí nos metíamos y hablábamos, hacíamos pintadas como 'Franco asesino' y esas cosas". 

Según Méndez, aquel recinto rezumaba "buen ambiente" y, entre un repertorio de "gente mayor", aquel grupo de jovenzuelos revolucionarios ponía el contrapunto: "Era un bar afectuoso, humilde pero donde nos sentíamos muy confortables; además, estábamos allí bajo una especie de miscelánea de gente que hacía que nos pareciera un sitio bueno", asegura. 

Tan buen recuerdo guarda del Bodegón Manchego, de su "sotanillo", que las pocas veces que su tiempo le permite desplazarse a su tierra adoptiva cursa dos visitas inexcusables, evocadoras de aquellos tiempos:

Una de ellas, a la Catedral, "una joya del Renacimiento, contemporánea de la segunda parte de El Quijote" y, para él, evocadora de las tardes de verano al fresco catedralicio cuando salía de la academia de Matemáticas de don Andrés Hoces.

La otra, a falta de habichuelas y vino blanco peleón del Callejón de las Uvas, no podía ser más que al universo tabernero local, que también tiene mucho de 'templo': 

"Me gusta ir al callejón del Arco del Consuelo, al 'callejón de los borrachos' [ríe], al Gorrión, a La Manchega, donde me he comido muchos bocadillos de caballa con musa", recuerda mientras pone la memoria del corazón hacia otro de esos hitos ya desaparecidos del mapa jiennense: la taberna del 'Criminal', donde acudía con Miguel Ángel Valvidia (exconcejal socialista) y un buen nutrido grupo de compañeros en tiempos agitados.

Y es que, para el ex secretario general de la UGT, "Jaén tiene sus señas de identidad", una idiosincrasia en la que, dice, "está también Brígido": "Es un gran personaje, una manera de entender la vida del Jaén de entonces, un gran articulador de una ciudad humilde". Ahí quedó.

 Brígido, en una de sus imágenes más características, con el cuello de la camisa desabrochado bajo la corbata. Foto cedida por la familia Anguita Martos.
Brígido, en una de sus imágenes más características, con el cuello de la camisa desabrochado bajo la corbata. Foto cedida por la familia Anguita Martos.

LOS OTROS NEGOCIOS DE BRÍGIDO

A la par que el Bodegón Manchego tejía su leyenda, los Anguita Martos ampliaban miras y hacían eso que ahora se llama diversificar. 

Así, a pocos metros del Callejón de las Uvas, otro callejón, el de los Carniceros, acogió una suerte de fonda gestionada por familiares de Brígido y, más tarde, por sus propios hijos, en la que dejaban caer sus huesos, cada noche, muchos de aquellos personajes ya citados. Si no hubiera sido por la caridad del villariego, seguramente habrían dormido al raso.

A más de un piso que convirtió en pensión en la calle Capitán Oviedo, transversal a Espartería, y que regentaron su cuñado Luis y su hermana Pilar, también cayó en manos del protagonista de este reportaje otro inmueble no menos rodeado de leyenda, la casa familiar de Manuel Ruiz Córdoba, 'Manolito Ruiz' (Jaén, 1877-1947; diputado, alcalde de Jaén, presidente de la Diputación...).

Un soberbio edificio decimonónico copado de trofeos, recuerdos y joyas artísticas por el que, antes de que se convirtiera en Pensión Brígido, pasó la flor y nata de la sociedad local y lo más granado de la foránea hasta mediado el XX. 

Magnífico palacete en el número 1 de la calle Ruiz Romero, vulgo Tiradores, colindante con la antigua muralla de la ciudad y protagonista de cantos infantiles: "De quien es esta casa grande / que tiene tantos balcones, / será de Manolito Ruiz, / que tiene muchos millones", coreaba la chiquillería. 

 Uno de los espléndidos balcones de la Pensión Brígido, que fue casa de Manolito Ruiz, en un excepcional documento gráfico que muestra por primera vez parte de la fachada de la vivienda. Foto cedida por la familia Anguita Martos.
Uno de los espléndidos balcones de la Pensión Brígido, que fue casa de Manolito Ruiz, en un excepcional documento gráfico que muestra por primera vez parte de la fachada de la vivienda. Foto cedida por la familia Anguita Martos.

Por 175.000 pesetas de entonces adquirió el industrial villariego las plantas baja y primera y las bodegas del inmueble a Antonio Garrido (médico de Villanueva de la Reina) y Filomena Martínez, según reza en las escrituras de compraventa:

"Había un huésped fijo en la habitación número 1, un sargento del Ejército, que murió una noche de Nuestro Padre Jesús;", evoca Manuela Anguita. Y otro de esos personajes sui géneris que alguien recordará:

"Allí vivió una señora, doña Carmen, muy elegante, que vendía lotería. Era hija de un magistrado de Madrid que por lo que fuera se vino a Jaén y vendía vestida con un abrigo de visón; era rubia platino", narra la hija de Brígido. 

Planchadora, cocinera, personal de servicio... Su espíritu emprendedor lo llevó a contar en nómina con un buen número de trabajadores, algunos de ellos miembros de su propia familia, que andando el tiempo seguirían su estela y se instalarían por cuenta propia (con Brígido detrás siempre) convirtiendo, así, al hostelero en todo un referente profesional.

Verbigracia la Pensión San José, que su propia hermana Pilar (quien además arrimó el hombro a la tarea de criar a los peques de Brígido y María) y el marido de esta montaron en la calle San Clemente en el 65, frente a Simago, recuerda María Cabrera Anguita, hija del matrimonio y sobrina del hostelero. 

Una década entera mantuvo abiertas sus puertas la Pensión Brígido en la calle Tiradores, hasta que en 1973 el Ayuntamiento expropió la zona para dar apertura a una vía urbana de nueva creación, Eduardo Arroyo, 'la calle de Correos' para los jiennenses.

Las circunstancias no minaron su moral; antes bien, avivaron su vocación. Para muestra un botón, y si el hogar de los Ruiz Córdoba y, después, de los Anguita Martos cayó bajo la piqueta, Brígido apostaba ahora por otro maravilloso e histórico caserón marcado con el número 1 de calle Madre de Dios: el Hostal San Lorenzo.

 Tarjeta de visita del Hostal San Lorenzo, cedida por la familia Anguita Martos.
 Tarjeta de visita del Hostal San Lorenzo, cedida por la familia Anguita Martos.
 

Nada más y nada menos que una mansión erigida en la primera mitad del XIX, de soberbio patio y fuente cartujana, que formó parte, entre otros, del patrimonio de los marqueses de Navasequilla y que acogió, en plena posguerra, las oficinas del Registro de la Propiedad de Jaén.

Años después iría a parar al célebre médico Fermín Palma García, que murió entre sus muros en 1970, y de él al protagonista de este reportaje por la nada despreciable cantidad de 480.000 pesetas de la época (según relata el archivero Juan Cuevas en la Crónica Jocosa de los 'Amigos de San Antón' de 1996), gracias al dinero obtenido por la expropiación. 

Activo hasta 1982 aunque los Anguita Martos la ocuparían hasta tres años más tarde, además de alojar "a trabajadores del Quiebrajano, opositores, un notario de Granada, familias que venían para pasar unos días de verano, estudiantes de Medicina (recuerda Manuela a la alemana Mónica Gallat), franceses que venían de paso a Marruecos o profesores de la Escuela de Artes y Oficios" (y hasta a periodistas como el recordado Fernando Arévalo), este hostal pudo ser también, para el compasivo patriarca, un nuevo 'asilo' de menesterosos;

de hecho, Juliana (citada unas líneas más arriba) ocupó una de sus habitaciones, lo mismo que la hija de esta popular mujer cuando su salud era ya más que precaria y hasta necesitaba la compañía constante de una bombona de oxígeno. 

"Allí también metió gente a la que cobraba más barato, y eso que muchos hacían desastres, robaban..."; vamos, que no le pagaban con la misma moneda, precisamente. Aunque había de todo, como cuenta Manuela Anguita:

"Un marroquí que paró un tiempo en el San Lorenzo se marchó debiendo cuatro o cinco meses y, al cabo de los años, volvió y empezó a preguntar en Jaén por Brígido, para devolverle el dinero gracias a una indemnización que cobró por un accidente". Eso es rectitud, y lo demás son tonterías. 

 En esta casa de la calle Madre de Dios estuvo el Hostal San Lorenzo. Foto: Beatriz Rivilla.
En esta casa de la calle Madre de Dios estuvo el Hostal San Lorenzo. Foto: Beatriz Rivilla.

ÚLTIMOS AÑOS

Tantos años de trabajo, tantas fatigas a sus espaldas encontraron descanso en 1985, cuando le llegó la jubilación. Como recuerda su hija Manuela, las primeras vaciones de Brígido las tuvo "en el 85, compró una casita de campo en Los Villares para ir los veranos y estaba encantado, era su pueblo, se juntaba con los amigos de allí, paseaba...". 

Es lo que tiene haber vivido en coherencia con los propios principios, estar a gusto consigo mismo: "La mejor almohada, la de la conciencia sana", reza el sabio refrán.

Hasta tuvo tiempo libre (eso que desconoció siempre) para atender a su devoción como cofrade de San José Artesano, de su hermandad villariega. "Cada 1 de mayo venía a la celebración y a la procesión", rememora Manuela. Hasta 'patriarca' de la cofradía llegó a ser en 1994 (aclara Carlos Hidalgo, hermano mayor entrante de la cofradía), un tributo a su veteranía en las filas.

Jubilado, tranquilo... pero la querencia es la querencia y claro, eso de pasarse el día ocioso no iba con él: "Al final cogió un carro de la compra, trapicheaba con quesos de La Mancha y jamones en bares y para particulares". 

Esa es la última imagen que muchos jiennenses tienen de Brígido Anguita Martos, la de un hombre de edad que, "sin necesidad económica ninguna", seguía haciendo lo que más le gustaba en este mundo: negociar, vender, convencer... exprimir hasta la última gota de un oficio que, unido a su personalidad, lo mantiene vivo, aureolado de una humanísima reputación.

Una fama, un prestigio popular que se acrecentó cuando la muerte salió a buscarlo; tenía ochenta y un años, era el mes de octubre de 2002 y lo encontró, plácidamente, en un piso construido sobre el solar de una de sus pensiones, a cuatro pasos de su primer local y a medio del mítico Bodegón Manchego.

Recibió sepultura en el nicho número 7 del patio Virgen del Pilar del cementerio jiennense de San Fernando. Aquel día, hasta el hambre guardó luto.

TRASCENDENCIA SOCIAL

"Conocemos la importancia de mi padre y lo vivimos con orgullo. Era una persona muy trabajadora".  Raro es el día que no les llega un comentario de la gente acerca de su figura:

"Cuando voy por la calle, hay gente del pueblo que me recuerda cuando venían a Jaén en autobús; a las mujeres no se les dejaba estar en los bares y mi madre acogía a ellas y a los niños en otra parte del bar; incluso hay un hombre del pueblo que cada vez que me ve se pone a llorar", emocionado ante la estatura moral de su progenitor.

Recuerda Manuela que, en sus tiempos de estudiante, no le faltaron profesores que le recordaran la de veces que habían comido las célebres habichuelas cocinadas por su madre; o aquella ocasión en la que lo llevaron al médico "por cosas del corazón" y el galeno, nada más oír su nombre, le preguntó si era el Brígido del mesón: 

"¡Con las veces que yo he estado allí, los tacos de jamón y las habichuelas que me he comido!", exclamaba, encantado de la vida, el doctor. Tanto que, en esta ocasión, 'invitó' él y la consulta les salió gratis. ¿Qué profesional privado hace eso, aparte del insigne Bernabé Soriano, el otro 'padre de los pobres?

 Brígido Anguita en una de sus últimas imágenes, rodeado de todos sus nietos.
 Brígido Anguita en una de sus últimas imágenes, rodeado de todos sus nietos.

Hay quien se pregunta en las redes cómo es que ni su municipio natal ni su ciudad adoptiva le rinden tributo con una calle a su nombre: "Se intentó que en el pueblo se le pusiera una, incluso en Jaén nos pidieron datos a la familia para promover este tema en tiempos de Carmen Puri [Peñalver] como alcaldesa. Pero no llegó a nada". ¡A ver quién le niega la glorieta, o mejor la plaza, en el corazón de la gente a la que ayudó, en el de quienes lo trataron!  

Haydon, un pintor inglés del XVIII que sabía de lo que hablaba (no hay más que repasar su aventura vital), dejó escrito que "la primera gran dificultad consiste en ganar buena reputación; la segunda, en conservarla toda la vida; la tercera, en preservarla después de muerto". Todo eso se lo labró, sencillamente y con el cincel del esfuerzo y la bondad, Brígido Anguita Martos. 

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COMENTARIOS

RAFAEL Palomino Kayser

RAFAEL Palomino Kayser Enero 16, 2021

Un muy merecido homenaje. Lo recuerdo perfectamente a él y al negocio. !Una calle¡, ¿por qué no?

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Antonio Moral Amaro

Antonio Moral Amaro Enero 17, 2021

Regento el local al que haces mención.Detras del mostrador, tengo enmarcada esa foto con el guardia municipal,apellidado Bailén.Relato con cariño a mi clientela, las bondades de Brigido,y su vida.Alicia Díaz Sánchez,mi suegra, trabajo en este comedor de gente variopinta, que a la mayoría no les cobraba Bonito recuerdo de este gran hombre.Se merece una calle y un monumento más que nadie en Jaén.

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Juana María Anguita Cabrera

Juana María Anguita Cabrera Enero 17, 2021

Ofrecía lo que tenía sin pensar en pérdidas o ganancias. Pequeño de tamaño, grande de corazón.😘

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