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CAVE CANEM (y II)

Por Blumm - Septiembre 16, 2019
CAVE CANEM (y II)
Los jardines de La Alameda, totalmente florecidos, llaman la atención de los usuarios del parque. Fotografías: Esperanza Calzado

Leo con asombro lo que Manuela Carmena quería levantar en Madrid: un buda gigante de 36 metros que iba a ser el mayor buda sentado del mundo. 36 metros de altura, trescientas y pico toneladas que iban a estar rodeadas de restaurantes, zonas de merchandising con muchos budas pequeñitos y demás, y locales de ocio para turistas y perros. Por el barrio de Arroyo del Fresno, en Madrid. Un pelotazo, vamos. Un pelotazo propio de los chocheos que trae la edad.

Mientras leía la noticia me decía que un buda iba a ser muy llamativo en Jaén, pero que la estatua de un perro grande en la Alameda de Capuchinos, de diez metros por lo menos o así, por qué no. Eso sí, existe un inconveniente y es que tanto Julio Millán como María Cantos son todavía jóvenes y parece que el tándem, por ahora, no chochea. No obstante, pongo la sugerencia encima de la mesa del equipo de gobierno municipal para que sopesen la posibilidad de construir esa estatua. Hoy, la Alameda, es un espacio para hijos de perra.

Este artículo es una denuncia, claro. Que en Jaén exista un parque como el de la Alameda para el orín y los vestigios de mojón de perro, que busca allí el desfogue, correteo y el “lameo”, es una realidad. Ven, pasea y verás. Así que, Cave Canem!, paseante alamedero de Jaén. La escultura de un perro gattamelata gigante en el centro de la Alameda sería lo único que le falta a un sitio donde ahora hay un olivo que solo sirve de escondite a tres niños al día. Tendría razón de ser para la selva en que se ha convertido ese -y hasta hace poquito- tranquilo e idílico lugar de paseo. Ahora tienes hasta hilo musical -casi siempre estridente y procedente del pub nuevo que han abierto- mientras paseas la correa del perro porque él, tu perrico, está pegando saltos, saltitos y cabriolas mientras esquiva los parterres, a los corredores, ancianos y niños, con o sin bicicleta. Justo ayer presenciaba cómo un perro negro, suelto como un toro, provocó que una inexperta niña en bicicleta se desequilibrase y diese con sus rodillas en el suelo. Dos minutos antes el perro había orinado, lamido y había echado un mojón con lombrices que se quedó sin recoger en la esquina sin césped que hay pegando a la fuente del final, donde la cámara oscura. El perro estaba feliz, evacuado y ligero. La niña, por el contrario, se había quedado llorando, esperando a su padre. En definitiva, las inexorables guarrerías caninas y sus consecuencias, como escribía hace unos días Arcadi Espada en un artículo sobre el asunto: “Aperreados”.

La mejor idea para empezar a recaudar dinero para la grande y magnífica estatua del perro de la Alameda sería crear un impuesto para perros; bueno, para los dueños de los perros. Tantos perros tienes, tanto pagas. Lo mismo que tantos coches mantienes, tanto pagas. Tantas casas tienes, tanto pagas. A la idea le han puesto patas en el Ayuntamiento de Zamora creando el impuesto al perro. Tantos perros tienes, a tantos 9 euros por perro te toca pagar. Así dejaríamos de hacer el tonto tantos como perro no tenemos. Y si, después de construir la estatua sobra dinero, a desinfectar las calles.

Si cuaja el impuesto, cuidar un perro empezaría a parecerse un poquito más a tener un niño. Se compra comida en el supermercado (para que cague blando y sin lombrices), se recogen dos o tres deposiciones diarias que se introducen, si el ciudadano no es un bárbaro, en una bolsita que es depositada en una papelera, donde terminará como extraña mezcla de plástico y hez. A ver quién recicla eso. Para el perro las cucamonas más ridículas. Al niño, caricias similares. Al perro: “¡Ven, ven cariño mío que te ponga la correa! Te pillé. Ji ji ji”. Al niño, ¡agogogó! Hay quien le limpia el culo al perro al llegar a casa o en la misma Alameda con una toallita, aunque no sé si es culo o qué el ano del can, ahora que lo pienso. En definitiva, las razones se hacen evidentes, son claras y patentes. Se intuye por qué hay más perros jugando y molestando en los parques que niños con canicas.

A mí me decían de pequeño que el corazón, o lo llenas de afecto o lo llenas de perros. Esas cosas me decían de pequeño. Y de aquellos barros, estos artículos. La razón psiquiátrica de por qué hay cada vez más parejas que deciden tener un perro antes que un niño la desconozco, pero la gente que sabe de esto empieza a demostrar que existe relación con el narcisismo y el desconsuelo. Claro, que no tengo pruebas que demuestren esta afirmación -por ahora-, pero en esta época donde importa más un selfi con mil “me gusta” que un “buenos días, ¿cómo estás?” no me extrañaría que existiese una falla psiquiátrica grave en quien, además de darle los buenos días a Siri con una sonrisa de oreja a hombro, antepone lo barato y el afecto por cuidar de un perro a lo caro y el cariño que se le da a un niño.

Y pienso, ahora que me voy, la de pobres que dejarían de existir si los recursos que destinamos a cuidar mascotas se dirigieran vía bocadillo de queso con jamón o vía actividad productiva, como es enseñar a hacerse una caña de pescar. ¿Hace falta considerar a los pobres hijos de perra para evitar que nos reviente la conciencia ante el dislate y aberración que supone tratar mejor a un perro que a un pobre hombre sin recursos y comida caliente la mayoría de los días?  ¿Hace falta limpiar la Alameda de perros y hacer una estatua que los simbolice?

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