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¿Cuánto vale el diésel?

Por Bernardo Munuera Montero - Mayo 17, 2020
¿Cuánto vale el diésel?
Foto: Cedida.

¿Cuál es el límite conveniente a las riquezas? Primero tener lo necesario, luego lo suficiente.

Séneca en Epístolas morales a Lucilio

Los doscientos cincuenta euros que gastaba al mes en gasolina no los estoy gastando en libros. Pero ha abierto Correos, y para mí que haya abierto Correos significa que han abierto las librerías de lance y de viejo de España. También ha abierto la librería de mi barrio, que es la librería de Jaén y así, abiertas todas las librerías del país, vuelve el peligro. Y escribo vuelve el peligro porque después de dos meses sin comprar un libro, tengo que controlarme o superaré, al menos, y con facilidad, la mitad del importe mensual que destinaba a gasolina. Esta semana ha sido un no parar, y eso que el ritmo de lectura, así lo aspes, no se incrementa. No puedes comprar ritmo de lectura. ¿Se imaginan? Dispensador de velocidad lectora: “Incremente su velocidad lectora por 5 € al mes”. He de parar, punto. Y he de leer más. Y como he de parar ahora y he de leer más, he cogido el bolígrafo y me he puesto a escribir esta entrada, o artículo, o como ustedes quieran llamarlo. ¿Tú lo llamas post? Pues post.  

No les miento: en realidad vengo de mi librería. Vengo de encargar Dadas las circunstancias, de Paco Inclán. Y puesto que había conseguido acceder después de dos meses a mi librería –¡ahora con límite de aforo–, he aprovechado para permanecer en ella un ratito más. Un rato para ojear y hojear, voltear libros y leer solapas, contras y lomos a ver qué pillaba. Agotar mi tiempo y mi partida. Terminar pillando algo. Y ganar pagando, aunque sea. Al final he pillado. Entre otros motivos porque no he dejado de escuchar vocecitas en mi interior que decían: “venga, que esto son solo tres días de gasolina”, “como te la cierren otra vez, te vas a enterar”. Y así, claro, te acojonas. Además, como llevas cuarenta días sin coger el coche, compras como si tuvieses el bolsillo lleno de comodines. Al final te lo crees, crees que has ganado la partida comprando El sentido del estilo, de Pinker y George Steiner en The New Yorker, pero es que has ganado el partido. Así que te vas no sin antes despedirte de JL, el librero, recordándole: “oye, JL, que el lunes vengo a por Dadas las circunstancias, ¿vale? Pues vale”.

No salgo de la librería sin recoger la bolsa que había dejado en el mostrador de la caja antes de entrar. Un cliente comentaba algo de la mampara que ha colocado JL en la caja, que parecía una mesa de banco de los años cincuenta o así. Y era verdad. Hemos regresado a los escenarios impostados de hace décadas. Pero yo quería seguir contando que, antes de entrar en la librería, venía del pan, de los roscos fritos y de tres cruasanes de chocolate. Como soy un ciudadano obediente, siempre he atendido la sugerencia que nos hacía JL al entrar a su librería con bolsas. “Mira, si no te importa deja las bolsas aquí, en la caja”. Así podríamos tocar y hojear mejor los libros. Así que cuando me iba, no solo he recogido la bollería, sino otro libro que me había llegado antes de entrar a la librería. Como venía de Correos, en realidad venía de otra librería. Y allí, en una de lance de Madrid y por medio día de gasolina conseguí El público, de Bruno Galindo. Así que, sumamos y pasamos al siguiente párrafo, ¿vale?: Dadas las circunstancias, El sentido del estilo, George Steiner en The New Yorker y El público. ¿Cuánto llevo de gasolina?

Ahora les cuento otra cosa. Tiene que ver y no tiene que ver. Miren, tengo un vecino que quiere hacerse crítico literario, pero dice que crítico literario de verdad, que mindundi como los que comentan libros en algunos blogs no, que él quiere ser como Echevarría o los desaparecidos Sobejano y Senabre. Incluso me ha citado a un tal Chabás, que he tenido que buscar en Wikipedia. Sí, Lolo, mi vecino, es mayor. Bueno, mayor, mayor, no sé, tendrá unos setenta o así, pero a esa edad está como esos universitarios de noventa años de la Universidad de Granada que leí el otro día. Qué ansia intelectual tan rica y viva. A mí me parece genial, de verdad, que gente con setenta tenga vivo el seso. Así que le dije a Lolo que en casa tenía algunos libros de esos, pero que esta semana, entre que el precio de la gasolina seguía bajando y que llevaba sin echarle diésel al coche no sé cuánto tiempo, había pedido un par de libros relacionados con la crítica literaria. “¿Los quieres ver, Lolo?”, le pregunté. Qué te crees que contestó Lolo. “Claro, claro, avísame cuando te lleguen”. Y esperando estoy a que me llegue Crítica práctica porque Fundamentos de crítica literaria ya me llegó y me quedan veinte páginas. Qué desfase de libro. Qué bueno es I. A. Richards. A Lolo le va a echar fuego el seso.

Así está la situación después de permanecer encerrado dos meses. Pero miren, no me quiero extender más y no quiero irme sin alertarles de algo sobre Twitter. Twitter es un peligro, y les cuento.

En realidad, para qué les voy a mentir. Llevo unas semanas con el tira y afloja del ¿me borro, no me borro, lo desinstalo, no lo desinstalo, entro o no entro, lo quemo o lo tiro por la ventana? Así, tal cual. Y es que resulta espeluznante comprobar cómo, cuando reduces su consumo, avanzas; bueno, cabalgas sobre la pila de libros que tienes en el “Currently Reading”. Alguna noche te desvelas hacia las tres o las cuatro de la madrugada preguntándote qué cojones haces leyendo nueve libros a la vez[1]. Pero no quería tirar por aquí, sino por Twitter. Así que reconoces que Twitter, en ocasiones, parece la fuente fresca de un locus amoenus bibliográfico. Depende de quién sigas, claro. Y por eso no termino de abandonar Twitter. Algunos de los usuarios que sigo son, además de inteligentes y de signo ideológico opuesto al mío, lectores. Y amigos, la lectura es mi patria, como decía Steiner.

Así que sucedió en Twitter, sí. Fue sin querer. Él tiene que reconocer que fue sin querer. Sin querer fue que yo le leyera a José María Pérez Álvarez una recomendación que le hacía a no sé quién, creo que a Torné, sobre cuál era para él, o cuál consideraba que era la obra maestra más infravalorada; o algo así. Y José María respondió con un título que ¡ya está en casa! Tonto el último, me dije: Caterva, de Juan Filloy. Sí, con gasolina en el depósito del coche –¿caduca el diésel?–, no tardé en comprarlo puesto que hice sobre la marcha el cálculo y solo suponía dos días de gasolina. Y yo del criterio de José María me fío. Me fío de José María porque, entre otros motivos, tiene publicadas tres pequeñas obras maestras, que desde aquí recomiendo: Examen final, La soledad de las vocales y Nembrot. Hasta les he permitido manipular mi canon literario. Así que estoy agradecido. Ya saben, tener conocimiento de una cosa es ser influido por ella, y la prosa de este escritor me ha influido. Veremos qué tal me va con Caterva.

Pero no nos despistemos. No nos despistemos que hay que cerrar este artículo, o esta entrada, o ¿este post?, pues post. Y hay que cerrarlo con quien está ocupando estas tardes de mayo. Es libro de quince horas de lectura o así —sí, hago estos cálculos—, escrito por un granaíno suicida. Me refiero al Ganivet de Los trabajos del infatigable creador Pío Cidcon pretensiones de transformar España siguiendo el ejemplo de los doce trabajos de Hércules. Ni lo entendió Unamuno y menos Azaña. Pobres. Y es que es una novela autobiográfica, pero qué ¡autobiografía! Queda recomendada. Desde luego que vas a alucinar con la pluralidad de voces narrativas que despliega. ¡Ni Coover en La fiesta de Gerald!

Y me voy, y me recluyo que ha empezado la tarde y los pájaros me llaman la atención. Apago el móvil hasta las ocho porque el seso se reinventa sin él, con páginas sin interrupciones, con cantos de pajarillos y con silencios de siesta. Está todo servido; hasta calculado. En realidad, ¿cuántos días de gasolina me quedan? En serio, ¿caduca el diésel?

Títulos citados en la entrada por orden de aparición:

Dadas las circunstancias, de Paco Inclán, Jekyll & Jill, 2020.

El sentido del estilo, de Pinker, Capitán Swing, 2019

George Steiner en The New Yorker, Siruela, 2020.

El público, de Bruno Galindo, Lengua de Trapo

Crítica práctica, de I. A Richards, Visor, 1991.

Fundamentos de crítica literaria, de I. A. Richards, Huemul, 1976.

Caterva, de Juan Filloy, Siruela, 2004.

Examen final, de José María Pérez Álvarez, Trifolium, 2014.

Nembrot, de José María Pérez Álvarez, Trifolium, 2016.

La soledad de las vocales, de José María Pérez Álvarez.

Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, de Ganivet, Cátedra, 1998.

La fiesta de Gerald, de Robert Coover, Anagrama, 1990

[1] Si lees este texto, el vínculo “Currently Reading” hace referencia a los libros que tenía en ese estado el 15 de mayo de 2020
 
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