Lourdes Jiménez —en el centro de la imagen— remarca la importancia de las emociones en el aula. En la fotografía, sale junto con alumnos que participaron el año pasado en el proyecto 'Un circo de fantasía y diversión'.
Lourdes Jiménez —en el centro de la imagen— remarca la importancia de las emociones en el aula. En la fotografía, sale junto con alumnos que participaron el año pasado en el proyecto 'Un circo de fantasía y diversión'.

La escuela como sinónimo de creatividad, esfuerzo y emociones. Lourdes Jiménez García (Villanueva del Arzobispo, 1986) cree que lo de antes no es solo una oración rompedora; defiende que es la idea que debe primar en la educación. Ahora es docente en el Colegio Padre Manjón de Sorihuela del Guadalimar. Coordina un proyecto titulado El mundo del cómic y superhéroes emocionados.

—¿Hace falta el Día del Maestro?

—Sí, pero solo por tomar ciencia del papel que tenemos en la sociedad. Creo que se está desvirtuando. Es bueno que todos nos paremos a pensar en la función que tiene el maestro. A veces se olvida y caemos en el desprestigio.

—¿Es cierto que la familia se apea de la educación?

—Hay casos que sí, aunque yo no me puedo quejar desde que empecé en 2009. Por desgracia hay familias que nos dejan a los profesores la responsabilidad absoluta de la educación de los escolares. Nos piden que transmitamos valores, y aunque sí que lo hacemos, los padres no pueden eximirse. Les falta rutina y trabajo con los hijos. No podemos ser unos ‘aparcaniños’.

—¿Cómo ha evolucionado la conexión entre la familia y el profesorado?

—Tengo la sensación de que cuanto más pequeño es el municipio, más se desvinculan las familias del contacto con el centro. Hay excepciones, como me ocurrió en mi etapa en Castillo de Locubín. Lo que he notado es que ahora los padres saben más de leyes y de pedagogía. Si les doy indicaciones, me rebaten justificando que han leído o han escuchado algo. Dejan de creer en la profesionalidad de los docentes.

—Usted siempre ha apostado por las nuevas metodologías, como los trabajos en grupos cooperativistas y los proyectos temáticos. ¿Su mentalidad se contagia a otros compañeros o son solo unos pocos?

—Somos unos pocos los que cuestionamos la enseñanza tradicional. Cuando me toca cambiar de centro, siento que soy autodidacta. Con los proyectos integrados, por ejemplo, aún cuesta transmitirlos a otros colegas de profesión. Hay quienes hacen algo, pero parece que no se lanzan por completo.

—¿Qué reivindica del modelo tradicional?

—Son muy útiles la transmisión oral y las lecturas. Siempre hará falta el recurso por escrito para afianzar aspectos competenciales, como la compresión. Hace falta algo sobre papel, aunque entiendo que el libro queda obsoleto con la revolución tecnológica. No podemos utilizarlo como guía, porque adormece la escuela.

—¿Cómo valora la llegada de internet a las aulas?

—El acceso es positivo, dado que abre el abanico de posibilidades al alumnado, sobre todo en investigación. Si está controlado, es muy positivo: agiliza las clases, vuelve a los alumnos más autónomos, logran emplear las fuentes y se adaptan a roles en trabajos grupales.

—¿Le sorprende el alumnado?

—Cada vez son más vagos. Se escaquean. El esfuerzo, que es un valor primordial, decae. Piensan que tienen derecho a todo y omiten ese sacrificio. Me sorprende para mal, porque aunque lo pasan bien en el aula tienden a esforzarse menos.

—Es una mala noticia.

—Sí. El aula da pie a hacer muchas cosas, pero todo debe partir del esfuerzo.

—¿Hay algo más que se esté perdiendo en las clases?

—Echo de menos las emociones. Que los alumnos se emocionen y tengan empatía con los compañeros. Faltan relaciones. Nos hemos vuelto demasiado fríos, y en ocasiones hay tratos despectivos. Tenemos que pensar en cómo fomentar las relaciones sociales y las emociones.

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