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'La suerte de Omensetter', de William H. Gass

Por Blumm - Enero 09, 2020
 'La suerte de Omensetter', de William H. Gass

Por algún sitio debería comenzar este texto y por el sitio más insospechado voy a hacerlo: por la apostilla que escribe su autor sin doblez ni parafernalia. Ahí se explica el camino que padeció La suerte de Omensetter desde que Gass la imaginó hasta que la puso por escrito. Además, en la apostilla, he encontrado una muy buena respuesta a esa frase hecha que repetimos sin parar los que pretendemos escribir cada día mejor: lo del intento de dar con un estilo, lo de hacerse con un deje literario, eso de forjarse un estilo escribiendo. Y Gass nos responde: «uno no da con un estilo intentando dar con uno. Un estilo te sobrevenía, crecía en ti como el buen o el mal carácter. Tu estilo vendría a ser un reflejo de tu vida, pero solo en tu escritorio». 

Gass respondía a eso del estilo después de que sufriera la pérdida del primer manuscrito de La suerte de Omensetter. Bueno, pérdida, pérdida… Y habla del estilo porque tuvo que recomponer la novela entera a partir de las notas, los borradores que guardaba y su memoria. Una odisea, pero tratándose de Gass, un trabajo que resultó sublime. La suerte de Omensetter es la prueba. Bueno, es una guinda. Mejor, es un guindón como novela.

Para mí, La suerte de Omensetter se sintetiza en un par de oraciones; suman ocho palabras.  De hecho, han sido las palabras que encabezan un archivo que he titulado Novela_2020.docx, aunque desconozco si esa semilla de archivo llegará a madurar. La cita es rotunda: «Ten en mente: al odio nada le cuesta». Si me pidiesen resumir con una frase este libro la constituirían esas ocho palabras que encontré en la página 219 de la edición de La Navaja Suiza editores y que sería el mejor lema para una supuesta faja editorial. Son las ocho palabras más importantes de toda la novela porque giran en torno a uno de los motores de su escritura: el odio. En La suerte de Omensetter existe odio. Y aparece encarnado en Jethro Furber, que no soporta la personalidad, el carácter y la bonhomía de Brackett Omensetter, y Gass articula a partir de ahí un novelón. El reverendo Furber vapulea, en todos los órdenes y en todos los sentidos, la existencia del pueblo, Gilean, y a Omensetter mismo. 
 
La novela es compleja. Y cuando escribo compleja quiero advertir que no es una novela lineal. Es, en cierta medida, muy enrevesada y disruptiva. Pero es pura música porque contiene una coral narrativa. Y no solo de voces, sino de personajes ricos y dispares; la trama y el argumento están atomizados y solo podemos conectar las diferentes explosiones creativas y de estilo de Gass para disfrutar. Los ambientes se dibujan con el discurrir y el decir de los protagonistas; desde el cartero correveidile Israbestis hasta Lucy, la esposa de Omensetter, que huía escaleras arriba cuando escuchaba «soy yo, anunció el reverendo Jethro Furber con formalidad». 

Las páginas que rodean esa escena me estremecieron. Pero además, la novela es furberiana. Podría haber escrito anticlerical, pero dejo furberiana porque La suerte de Omensetter es una crítica visceral a las ideas de la religión mal practicadas, y constituye un fiero ataque a la devotería de algunos personajes, entre ellos el reverendo Furber. Pero es literatura, y como literatura que es, se soporta sobre la ficción. Y así la ficción, solo lanza un inconsistente ataque. 

La ilustración de la cubierta, de Alejandra Acosta, es la imagen de una iglesia americana de estilo neogótico de finales del XIX y principios del XX. Miren la imagen. La cubierta es un claro anuncio de su contenido porque entre las pretensiones de Gass estaban la de ridiculizar los ademanes y los comportamientos, así como las rutinas, de un ministro de la iglesia, el reverendo Furber; y su odio, sobre todo su odio. Ademanes religiosos que se muestran dañinos y tóxicos, que imposibilitan la práctica de una caridad sin caretas, o de una caridad evangélica. Es lo que rige. Pero este reverendo, y dejemos ahora la antonomasia aparcada, haced el favor, por favor, es en realidad el antireverendo. Es el más malo de la película. Más que un reverendo parecía y se asemejaba en mi imaginación a un verdadero, feo y antipático, e incluso bastardo, señor Scrooge dickensiano. 
 
Hay un detalle en esta novela que me hechizó, y es el siguiente. Habré leído dos o tres veces el relato El chico de Pedersen, del mismo autor. Relato que recomiendo, por supuesto. Y lo refiero ahora porque Omensetter me recordó a Pedersen en diferentes y aislados momentos de la narración. Y lo hizo con una intensidad deslumbrante. Debería regresar a esta tesis en otra ocasión porque me resulta suculenta e interesantísima. En Pedersen había frío y nieve y en Omensetter hay frío y nieve no solo entre los escenarios de la novela, sino en el corazón de los protagonistas que alimentan el argumento de la historia, dentro del corazón del corazón de un país como es el hombre. 

Y con esta referencia a Pedersen, y ya casi para acabar, regreso otra vez al estilo de Gass. Gass escribe, así lo afirma, reescribiendo. Gass no escribe «renglones gomosos como caramelos baratos». Gass no escribe para eruditos, ni para críticos y reseñistas. Sobre estos afirmaba en ocasiones que «ocultaban sus regresivos gustos burgueses tras las tendencias intelectuales de moda y eslóganes fáciles y la enturbiadora jerigonza; que buscaban elevación e instrucción en la literatura antes que literatura en la literatura; así que escribamos un libro que sea como pis en sus narices». 

Y así lo materializó. Por este motivo es un libro para lectores exquisitos y excelentes, degustadores y muy acostumbrados a la buena literatura. (Ahora, dejemos el debate. Porque yo sí creo que hay mala literatura y sí creo que hay buena literatura.) Porque si no, esta suerte de Omensetter se haría pipí sobre tu nariz. Y claro que entenderemos que no lo entiendas, por supuesto. Porque en esta novela hay fragmentación, hay miseria humana y hay voces que la declaman. Voces que no sabes desde qué cueva narrativa emergen y que llegan a convertirse en alaridos. No hay continuidad argumental, ni se te ocurra buscar una linealidad. En Gass, ni lo sueñes, Gass no se hace un Pulgarcito. La suerte de Omensetter demanda atención y sabiduría lectora –¿y eso qué es?, te preguntas—. Pero sobre todo lo que demanda es enfoque e imaginación, que son los que te permitirán disfrutar de un libro de narrativa americana muy bueno, muy muy bueno; y difícil, vale, sí.

Hay que felicitar a Ce Santiago, el traductor, porque ha descifrado lo que que supuso que William H. Gass no abandonase nunca la costumbre de preguntarse: «¿Para esto he nacido? ¿Para esto?».

Gracias a la insistencia del autor sobre esas cuestiones, para él vitales, La suerte de Omensetter es un monumento literario. 

No olvidamos a la editorial Navaja Suiza, que lo ha hecho posible. Les damos la enhorabuena por su atrevimiento para publicar, para nuestras bibliotecas, seso e imaginación este virguero libro de William H. Gass
Gracias. 
Yo, Blumm, otro lector. 

La suerte de Omensetter, de William H. Gass.

La Navaja Suiza editores, Madrid, 2019. Traductor: Ce Santiago. Ilustración de cubierta: Alejandra Acosta. 418 páginas

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