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"Ahí está, viendo pasar el tiempo"

Por Javier Cano - Febrero 26, 2021
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"Ahí está, viendo pasar el tiempo"
Aspecto actual de la estatua en su emplazamiento desde comienzos del siglo XXI. Foto: Wikipedia

Desde su inauguración en la Plaza de las Palmeras en 1915 hasta su reubicación a comienzos del XXI, la estatua de Bernabé Soriano es un referente de la memoria sentimental jiennense, ante cuyos ojos suceden lo cotidiano y lo extraordinario  

Fue en 1915, el año del nevazo más grande que encaneció las calles de Jaén, el mismo año que a la Diputación le pusieron la torrecilla con su escudo y ese reloj que contradice, cada día, al bolero de Los Panchos. 

Para seis años iba que don Bernabé Soriano de la Torre (Jaén, 1842-Madrid, 1909) descansaba en paz en el viejo cementerio de San Eufrasio desde que, en el sanatorio madrileño de Nuestra Señora del Rosario, el considerado por todos 'padre de los pobres' daba su último suspiro de la mano de una uremia, según los partes facultativos consultados por Isidoro Lara Martín-Portugués y Jesús Mollinedo Gómez-Zorrilla para su biografía. 

Contaba ya el callejero de la ciudad con una de sus principales arterias dedicada a Soriano, nada menos que la Carrera que en su día fue de Isabel II, luego del general Prim y que desde agosto de 1911 luce el nombre del entrañable médico jiennense sobre una artística placa de Miguel Gimenez Martos que, 'milagrosamente', ha sobrevivido a las fachadas donde campea (entre ellas la del llorado teatro Cervantes).

Por cierto, que de milagro la Carrera de Jesús no se llama de Bernabé Soriano (de carrera a carrera...), porque allí, en el remozado palacio de los vizcondes de Los Villares, vivió largo tiempo y tuvo su consulta quien hoy capitaliza la atención de los lectores. Pero no.

Jaén idolatraba a su incansable benefactor y, en cuanto se pudo, completó el homenaje al filántropo con una estatua digna de su trascendencia social, salida del taller del no menos ilustre Jacinto Higueras Fuentes (Santisteban del Puerto, 1877-Madrid, 1954).

 El escultor Jacinto Higueras Fuentes posa junto a la estatua, en 1915, antes de que saliera camino de Jaén para ser colocada en el centro de la ciudad. Foto cedida por Ana Higueras.
El escultor Jacinto Higueras Fuentes posa junto a la estatua, en 1915, antes de que saliera camino de Jaén para ser colocada en el centro de la ciudad. Foto cedida por Ana Higueras.

APUNTE BIOGRÁFICO

La vida y la obra de Bernabé Soriano dan para más de un libro, pero a grandes rasgos cabe destacar que el personaje en cuestión fue un enamorado de su tierra, a cuya gente destinó gran parte de lo ganado con el sudor de su frente como galeno.

Sí, anécdotas hay a montones para justificar el cariñoso apelativo con que el pueblo lo bautizó, y hasta algún poema lo exalta con versos como estos de Vicente Montuno Morente (Jaén, 1878-1975):

"Hizo a los pobres muchas caridades; / curó, sin vanagloria, enfermedades / que afanes le costaron bien prolijos / y cuando dio a la muerte su tributo, / Jaén entero se vistió de luto / y le lloró como los buenos hijos".

Una buena fama que, según cuentan, nació en unos momentos muy parecidos a los que el mundo vive actualmente, en medio de una epidemia de cólera, terrible bicho que los de aquí conocían de memoria mucho antes de que el coronavirus andase en los labios de la gente. 

 Bernabé Soriano, tocado con sombrero, en una foto de madurez. Archivo de Javier Cano.
Bernabé Soriano, tocado con sombrero, en una foto de madurez. Archivo de Javier Cano.

Al parecer, la labor desarrollada por Soriano en aquel trance de 1885 (la última vez que El Abuelo fue sacado en rogativas por cuestiones de salud) fue realmente heroica, hasta el punto de que, junto con su colega Eduardo Balguerías, se jugó el tipo atendiendo al personal.

Eso y un derroche de caridad que quedaba más que claro en sus propias recetas, en las que junto con el horario de atención el bueno de don Bernabé aclaraba que esta salía "gratis á los pobres" (sí, con tilde en la a, cualquiera sabe por qué...), convirtieron al doctor en un mito vivo de su tiempo. 

Implicado en la vida política, cultural, social y religiosa de la ciudad hasta su muerte, su entierro constituyó una irrepetible muestra de veneración popular.

LA ESTATUA

"En su estudio de la calle de Ferraz, de Madrid, Jacinto Higueras, el joven e inspirado escultor, trabaja con entusiasmo y bizarría para terminar la estatua de Bernabé Soriano de la Torre, aquel hombre sabio y aquel hombre bueno que en los corazones de los hijos de Jaén dejó un sentimiento de amor y de gratitud para su memoria, imperecedero".

Así daba el cronista Cazabán, en el número de Don Lope de Sosa correspondiente a abril de 1914, la noticia del trabajo que el gran artista de Santisteban llevaba a cabo en su taller de la villa y corte.

Casi año y medio después, un mediodía del mes de agosto, la estatua, costeada por suscripción popular, era inaugurada por el promotor del monumento, José del Prado y Palacio, junto con las autoridades locales y una multitud de jiennenses que, hoy día, no podría juntarse en torno al monumento ni con mascarillas. Lo dijo Heráclito: "Todo cambia".

"Consiguió darle a la estatua la expresión que él tenía en vida, porque llegó a conocerlo", explica a este periódico Ana Higueras, nieta del escultor. Higueras, que en la actualidad trabaja en una monografía sobre su abuelo, aclara:

"Cuando murió mi abuelo yo tenía nueve años, era muy pequeña, así que no tengo recuerdos de esa época, pero sé que Prado y Palacio fue quien le propuso que hiciera la estatua y que, una vez terminada, acudieron gentes de Jaén y también de Madrid a su taller y quedaron todos muy impactados con el resultado".

Higueras añade: "La fundición de la estatua en bronce la realizó la fundición Campins y Codina, en La Guindalera (Madrid) y costó 3.500 pesetas; además, el arquitecto Antonio Flórez Urdapilleta colaboró en la construcción del pedestal y la basada del monumento". En su opinión, se trata de un monumento "precioso, fantástico": "Fue muy emocionante para mí cuando la vi por vez primera, emocionantísimo, lo mismo que el San Juan de Dios de mi abuelo", recuerda. 

 

 La estatua, en su primitivo emplazamiento de la Plaza de las Palmeras. Foto: IEG
La estatua, en su primitivo emplazamiento de la Plaza de las Palmeras. Foto: IEG

UN PERIPLO DE IDA Y VUELTA

Queda dicho que la primera ubicación de la estatua de don Bernabé Soriano fue la entonces llamada Plaza del Deán Mazas; no existía en aquella época el edificio de Hacienda que, en la década de los 30, dio un hachazo urbanístico al antiguo y amplísimo Mercado.

La situación primitiva del monumento, sobre su característico pedestal escalonado, fue el centro mismo de aquel vasto espacio, precisamente apuntando con la mirada hacia la esquina de la calle San Clemente y el comienzo de Pescadería. 

Décadas rodeado de palmeras que dieron incluso nombre oficioso a la plaza, la figura hizo honor, desde su colocación, al carácter caritativo del personaje, hasta el punto de convertirse, en un pispás, en punto de reunión de pedigüeños y maltratados por la vida. ¡Ni después de muerto dejó Soriano de 'atender' a los parias de aquí!:

"El sombrero que pendía de la mano izquierda de la escultura les sirvió como despensa, tabaquera y caja de caudales", escribe José Rus en Aguas pasadas (recuerdos del tiempo viejo), en alusión a aquel "surtido de gandules" que "había tomado posesión de la estatua" y "permanecían en las escaleras del monumento, la mayor parte del día, comiendo, solazándose y reposando igual que si estuviesen en un balneario", evoca el autor, explícitamente.

Hasta 1955 les duró el "chollo" a estos pobres que, por necesidad o vocación, encontraron en la pétrea peana y a la sombra de la memoria del inolvidable médico el mejor de los espacios para retreparse.

 Operarios colocan la estatua en su emplazamiento de la Alameda, en 1955. Foto: Revista Senda de los Huertos.
Operarios colocan la estatua en su emplazamiento de la Alameda, en 1955. Foto: Revista Senda de los Huertos.

EN LA ALAMEDA

Sí, bien mediado el XX la municipalidad decidió que a la plaza había que darle otros aires y, ni corta ni perezosa, arrancó de cuajo el escultórico homenaje para buscarle un exilio dorado, esa "paz reconstruida" de la que escribe José Hierro en su portentoso Lear King en los claustros, de Cuaderno de Nueva York

Como al protagonista de la inolvidable Solo pienso en ti, de Víctor Manuel, se le buscó un lugar donde olvidarla y se lo encontraron en la romantiquísima Alameda de Capuchinos, la misma donde acabó el busto de Bernardo López que desde 1904 ocupó el 'compás' de la cripta catedralicia, la misma también donde, años después, sumarían un nuevo vecino de bronce: Almendros Aguilar. 

Curiosa coincidencia de 'desterrados' (y todos con la firma de los Higueras, padre o hijo) que, eso sí, hicieron las delicias de neorrománticos empedernidos como el mismísimo Rafael Ortega Sagrista (Jaén, 1918-1988), que más de una vez confesó su predilección por este paseo a la hora de estirar las piernas.

Allí lo pintó, en un óleo del 99, Carmelo Palomino (Jaén, 1952-Granada, 2000), y hasta el poeta Felipe Molina Verdejo (Madrid, 1924-Jaén, 1997) se inspiró en esta singularísima 'reunión' para escribir su Coloquio de estatuas en la Alameda

"Por eso le doy la espalda / a aquella ciudad, aquella / que se nos fue de las manos / siendo tan nuestra, tan nuestra...", se lamenta Bernabé Soriano a través de los versos del delicado lírico jaenés.

¿EL RETORNO DEFINITIVO?

Pero todos vuelven a la tierra en que nacieron, al embrujo incomparable de su sol (o eso cantan los Quilapayun) y nuevas obras en la Plaza de la Constitución hicieron que alguien se acordase de quien tanto se acordó siempre de su ciudad.

Empezaba el siglo XXI y, en otro punto de la zona, casi como pórtico de la calle que lleva su nombre y con los ojos clavados en las lejanías de Roldán y Marín, la estatua de Bernabé Soriano, aquella que Jacinto Higueras labró a base de recuerdos, testimonios y talento, regresó a ese espacio de la ciudad que, para los jaeneros más castizos, marca una frontera entre los dos Jaenes: el antiguo y el ¿moderno?

Ahí está, ahí está viendo pasar el tiempo, como la Puerta de Alcalá en la elegante voz de Ana Belén.

Cualquier cosa que se precie: procesiones, cabalgatas y cotidianidad (hasta que las hubo, ¡maldito Covid!), cruzan por delante de sus ojos, y siempre hay alguien en su pedestal sin peldaños esperando a su cita o (según la edad) preguntándose quién es ese hombre de calva reluciente, buen bigote y sombrero relajado que, pese al tiempo, aguanta en forma de estatua, de calle y hasta de monumental rótulo en un lugar que apenas se parece a lo que fue. 

Ahora, por mor de unas obras, cegado tras una barrera de metal para que ni una china le salpique y, de paso, evitarle el contagio (por si las moscas y esto del coronavirus entrase también por las narices jubiladas de respirar). Que todo puede ser.  

 El malogrado artista jiennense David Padilla pintó el monumento en 2001, una vez reubicado en la plaza para la que fue fundido. Foto: Web David Padilla.
El malogrado artista jiennense David Padilla pintó el monumento en 2001, una vez reubicado en la plaza para la que fue fundido. Foto: Web David Padilla.

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COMENTARIOS

María Dolores Martínez

María Dolores Martínez Febrero 27, 2021

Un artículo muy logrado que refleja cómo pervive la humanidad de Bernabé Soriano en la espléndida escultura de Higueras

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