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"En mi infancia no tuve quien me dijera que me quería"

Por Javier Cano - Septiembre 03, 2022
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"En mi infancia no tuve quien me dijera que me quería"
Con sus hermanos, para los que ha sido una auténtica madre.

Teresa Parra Torres recaló en Fuensanta cuando tenía nueve años y, tras una dura niñez en la que le tocó ser "una cenicienta", disfruta al fin del cariño familiar

Madrileña de 1957, de la boca de la protagonista de este reportaje no salen más que buenas palabras cuando se refiere a Fuensanta, adonde llegó en los 60, cuando solo contaba nueve años de edad: "Me considero fuensanteña", dice. 

Y eso que a Teresa Parra Torres le tocó vivir en el municipio algunos de los episodios más amargos de su existencia, marcada por una infancia "muy dura", plena de ausencias y obligaciones, más propia de la protagonista del cuento de Perrault que de la mayor de cuatro hermanos: "He sido una Cenicienta", confiesa. Pero también ahí encontró el amor, le nacieron hijos y nietos, encauzó su aventura vital.

Sí, su historia está copada de penalidades cuyo estigma ha sido capaz de sacudirse a fuerza de eso precisamente, de fuerza; ha mojado los pies de su memoria en el Eunoe, el río donde quien se hunde (según Dante) solo recuerda las cosas buenas, y ha logrado superar, o más bien conllevar, una etapa demasiado pesada para la espalda de una pequeña. 

 Teresa Parra Torres ante el atril, donde da rienda suelta a sus cualidades como rapsoda.
Teresa Parra Torres ante el atril, donde da rienda suelta a sus cualidades como rapsoda.

Hija de arjonero y fuensanteña, vio la luz primera en la capital de España, tierra adoptiva de su padre, vástago de emigrantes; un hombre que (en las propias palabras de Teresa) no le legó más que malos recuerdos, cuyo matrimonio terminó en separación pero al que, ya arrepentido y aún joven para el último suspiro, acompañó a la hora de dejar el mundo: "Se puso enfermo, me llamaron, me dio lástima y me quedé con él hasta que murió".

Una forma de actuar que deja clara la personalidad, el carácter de Parra, lejos de rencores o 'vendettas', señalada  por las penalidades pero capaz de ver mucho más allá de sus cicatrices. 

Antes de todo eso, tiene pasajes para escribir un libro. ¡Y tanto, como que lo tiene ya a punto para su edición y hasta con título escogido! Lo que esconde la sonrisa. Todo un testimonio, visceral, personalísimo, una suerte de catarsis entreverada de matices poéticos (que Teresa y la poesía se tutean desde hace tiempo).

"Es una mujer que sufrió mucho en su juventud, se quedó huérfana siendo una niña, se hizo cargo de sus hermanos, luchó por ellos y tiene una trayectoria vital importantísima; es una gran mujer, de una sensibilidad especial", en palabras del periodista malagueño Manuel Reina, conocido activista poético.  

UN AMARGO ARGUMENTO

No faltarán en las páginas de esas memorias los malos tragos madrileños, únicamente atemperado por la bondad de su abuela paterna, a la que evoca con especial ternura: "Era un amor", afirma. No así la madre de su madre ya en su etapa en Fuensanta, asegura. 

Quedó claro, líneas arríba, que al antiguo anejo marteño llegó la familia (sin el padre) cuando Teresa solo tenía nueve años, pero entre esa edad suya y los juegos propios de una niña existía la mayor de las distancias:

"Mi madre se tuvo que ir a trabajar al extranjero y yo me quedé a cargo de mis tres hermanos, más que hermanos han sido mis hijos". Y apostilla: "He tenido también la desgracia de haber tenido que enterrar ya a los dos varones", llora, literalmente. 

No pudo estudiar, como explica que le hubiese gustado hacer, volcada "desde siempre en aprender", amante de la literatura: "Solo pude sacarme la EGB, tenía que cuidar de ellos, tomé el rol de madre desde muy pequeña", sentencia.

Y no solo eso, no. En Fuensanta conoció (como el niño yuntero de Miguel Hernández) las fatigas de trabajar en el campo de entonces, y como el propio poeta oriolano supo de lo caro que le podía costar preferir los libros que las faenas agrícolas: "Mi abuela me amenazaba con no dejarme ir a la escuela si no iba antes a la huerta, ¡con lo que a mí me gustaba la escuela!". Y al campo, profesionalmente, le dedicó el resto de su trayectoria laboral. 

Todo ello, unido a la "discriminación" de la época por ser hijos de padres separados (quien lo probó, lo sabe) y no tener tampoco a su madre a su lado, pusieron la descolorida guinda al amargo pastel de aquellos años. Un capítulo que estuvo a punto de cerrar volviendo a Madrid, junto a su comprensiva abuela: 

"Un día, ya con el petate preparado y todo, decidí irme, pero volví la cara, vi a mis hermanos acostados en la cama y me dio mucha pena, pobrecicos...". Ahí concluyó esa brevísima aventura, que ni siquiera traspasó las puertas de su casa. 

 El senderismo es otra de las grandes pasiones de Teresa Parra.
El senderismo es otra de las grandes pasiones de Teresa Parra.

GANAS DE VIVIR

Unos problemillas de salud la han tenido (y la tienen) algo inquieta, pero Teresa Parra Torres ha aprendido a mirar hacia adelante y, refrendada en sus capacidades creativas, derrocha ganas de compartir lo que nace de su hondura. 

Vinculada al grupo literario Anduxar y a sendos colectivos poéticos malagueños (tierra donde veranea y ha estrechado lazos), colabora igualmente con una asociación toxiriana contra la ELA y escribe versos que, luego, recita y hacen las delicias de sus auditorios. "Me siento libre, me siento bien y me siento realizada", proclama.

Casada y madre de tres hijos, es además senderista y, sobre todo, abuela feliz de dos nietos que la convierten en dadora y receptora de cariño a partes iguales: 

"La más pequeña, con siete años, me ha cogido a una edad más vulnerable y me da muchas alegrías, me dice 'te quiero', lo que nunca me han dicho en mi infancia; es una frase que me ha costado mucho decir a mí después, porque no tuve quien me la dijese. Incluso a mis hijos les he pedido perdón alguna vez por no haber sido una madre muy cariñosa, pero es que nunca me dijeron 'te quiero". 

El amor, que Lope de Vega bautizó como la raíz de todas las pasiones, del que nacen la tristeza, la alegría, el gozo, la desesperación...". De todo eso (como el poeta del Siglo de Oro) sabe, bien, Teresa Parra Torres. 

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