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'Villargordo, mi pueblo': el lema vital de Tomás Lendínez

Por Javier Cano - Septiembre 18, 2022
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'Villargordo, mi pueblo': el lema vital de Tomás Lendínez
Tomás Lendínez, en las instalaciones del Museo Cerezo Moreno de Villatorres. Foto: Javier Cano.

A sus ochenta y dos años, el cronista oficial de Villatorres dedica su tiempo a la familia, la cultura, el campo y los animales, sus cuatro pasiones

Como Dámaso Alonso en la que fue su casa madrileña de la calle Alcocer, Tomás Lendínez García (Noalejo, 1939) vive rodeado de libros en su hogar de Villargordo.

Un precioso inmueble con jardín donde las hojas (las de los volúmenes y las de las numerosas plantas que lo acompañan) son la mejor tarjeta de presentación del protagonista de este reportaje, enamorado de su pueblo, su familia, la cultura, el campo...

"Yo he sido siempre muy villargordeño", sentencia este octogenario de educadísimo trato y aspecto venerable, del que se puede decir que todo es viejo en él salvo sus ojos, alegres e invictos como los del protagonista de la novela de Hemingway. 

Sí, nada más abrir la boca e incluso cuando calla destila amor al conocimiento, muy especialmente a cuanto de historia y de leyenda tiene su patria chica, que por más noalejeña que fuese la primera luz que vio nada más tocar vida, la sangre de Lendínez es más de este núcleo de población que el pilar o el Tropezón. 

"Como en aquellos años la cosa estaba fastidiada y casi no había sacerdotes, mi abuela, que era de aquí, me trajo a Villargordo y me bautizaron". 

Fue el comienzo de un vínculo inquebrantable, de una relación que ni los constantes traslados de su padre, el médico Francisco Lendínez, logró quebrar nunca. Ni siquiera los episodios trágicos que la Guerra Civil escribió en la crónica familiar, que a más de uno (entre ellos su propio progenitor) lo invitarían a poner kilómetros de por medio para los restos: 

"A mi abuelo lo fusilaron en la guerra, que son todas malas, y las civiles peor. A partir de ahí mi padre sintió rechazo por el pueblo, pero yo no". 

Y por si le hubiera dado por tirar hacia otras tierras quiso el destino que su esposa, Carmen Aranda, a la que conoció en Jaén capital, fuese también una villargordeña convencida que le regaló el más preciado de los tesoros del matrimonio: su hija Elena.

Ellas, el campo y, en definitiva, su querencia hacia el territorio de sus ancestros terminaron por fijarlo en un municipio de cuyo paisaje forma parte ya él mismo, hasta el punto de que, bien mirado, parece un personaje de Cerezo sacado de uno de sus soberbios retratos.

"Como padre es una persona que me ha influido muchísimo en mi carácter, me ha dedicado mucho tiempo desde pequeña. Un padrazo, que me ha dado una infancia muy feliz, de una niña muy metida en las historias de Villargordo, como los Martinillos, unos duendes que vivían en las casas, una cosa muy mágica", manifiesta Elena Lendínez, que ha seguido la rama sanitaria de su abuelo y su tío (también médico) como farmacéutica. 

"También me ha influido en mi amor por los animales, la naturaleza... Y como abuelo igual, ha hecho por mis hijos lo mismo que por mí, les ha procurado una infancia muy mágica, de dibujos, de cuentos y, en la actualidad, cuando van a Villargordo, les encanta adentrarse en la habitación de los libros". 

Un "abuelo mágico" y (en palabras de su hija) un hombre entrañable y una buena persona", sentencia.

 Con su esposa, hija y nietos en una foto irrepetible.
Con su esposa, hija y nietos en una foto irrepetible.

CRONISTA OFICIAL

Tomás Lendínez es, además, cronista oficial de Villatorres, un honor que disfruta desde hace "unos dieciocho años" y que le permite ejercer una de sus tareas predilectas: "Me encanta la historia, y más que la historia en sí la leyenda; la historia es más árida, más fría", asegura. 

Colaboraciones en prensa y revistas, programas de fiestas, participación en congresos y hasta un libro de revelador título (Villargordo, mi pueblo) dan noticia del afán de este autodidacta de la historia que no terminó el Bachillerato pero que se ha trabajado a pulso los conocimientos que atesora. "Para escribir un libro hace falta, primero, merecerlo", escribió Muñoz Molina. Lendínez es de esos. 

Y ahí sigue, en su paraíso doméstico de cada día, al que llegan niños para preguntarle "cosas del pueblo" y de cuyas estanterías saca libros a mansalva para regalarlos, lo mismo a los peques que a los nuevos poetas. 

Abuelo de dos nietos (de los cuales el segundo parece haber heredado su pasión, "quiere estudiar Geografía e Historia", aclara Tomás), es tan tan humilde que, afirma, ha llegado a ofrecerle su cargo a quien considera su sucesor natural como cronista: el investigador Francisco Jiménez Delgado

"Paco Jiménez ha hecho muchas cosas por el pueblo, y además muy bien hechas, pero no se le reconoce", reivindica. Vamos, que la cosa va camino de terminar con dos cronistas, uno emérito y otro en activo, como el Vaticano con sus Papas.

Sea como fuere, él ya se ha ganado sobradamente el respeto y el afecto de los vecinos de ese lugar del mar de olivos al que llegó para recibir las primeras aguas y, andando el tiempo, construyó su hogar, su familia, su pasado y, seguramente, una calle con su nombre para la eternidad.  

 El campo y los animales son dos de las pasiones de Tomás Lendínez.
El campo y los animales son dos de las pasiones de Tomás Lendínez.

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