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Hoya del Salobral

Por Manuel Molina Glez - Febrero 20, 2017
Hoya del Salobral
La cueva donde oraba el Santo Custodio en Hoya del Salobral (Noalejo).

El visitante deja atrás Frailes y comienza una subida por la Sierra Sur en la que enreda los recuerdos por las curvas cerradas y en pendiente, recuerda cómo apareció por allí la primera vez, un lugar al que se debe llegar no que se atraviese en dirección a otro. Por aquel entonces vivía Michael Jacobs, que señaló esa tierra como suya en flujo recíproco, perdurable, idilio de años más allá de la muerte, como nos recuerda Quevedo. Puede que encontrase como visitante un remedo de mi mundo de la infancia, una magdalena proustiana en forma de territorio y vida que creía extinto. Una pared mágica por la cual aparecieses al atravesarla en otra vida ya reconocida por su repetición, eso sí, despojada de la penuria y sombría existencia de antaño.

Uno de los recuerdos  que guarda orden para aparecer después de muchísimos años resulta novelesco. El visitante se encontraba de pequeñito enfermo o tal vez con algo que la medicina general, alejada en aquel entonces del mundo rural o tal vez inexistente, no daba en la curación. El pequeño guarda una imagen de un hombre mayor que escribía en un papel de fumar algo y después se lo acercó para que lo ingiriera. No recuerdo el rostro, ni nada más, pero heme aquí. Con el tiempo descubro que había una serie de santos por la Sierra Sur, el santo Luisico, el santo Custodio, el santo Manuel. Tal vez fuese este último quien realizara esa práctica. No lo sé, una espesa neblina no deja alcanzar el recuerdo en su extensión.

El mundo que rodeaba ese recuerdo sí aparece vívido con sabañones, frío enquistado, jornales de sol a sol y tabernas con olor a vino agrio, mujeres que ya eran viejas al pasar la adolescencia para el resto de su vida, autosuficiencia por necesidad. Era un mundo en el que todo quedaba lejos, incluso la esperanza, un círculo del que tan solo podía escaparse en un autobús a miles de kilómetros para ser un poco menos carne barata de mercado, del campo a los cinturones industriales. Todo ello desemboca en cascada por los territorios de la mirada mientras van apareciendo las vistas que rodean Hoya del Salobral. Un lugar de una belleza agreste y montaraz, loma tras loma hasta apuntar las nieves de Granada al fondo. Sobrecoge tanta expansión de campo y envuelto en el silencio brota el ser primitivo que se siente diminuto a la vez que reconfortado. Tal vez sea eso la belleza.

 Sierra Nevada vista desde Hoya del Salobral (Noalejo).
Sierra Nevada vista desde Hoya del Salobral (Noalejo).

Poco a poco el lugar, hábitat del santo Custodio, ha sido colonizado como un émulo de otros lugares romeros a los que tanto desapego tiene el visitante. Este es más sencillo, pero se ve que alcanza pretensiones. Si uno conoce un poco la vida de este hombre, con independencia de creencias, ante tanta novedosa pompa se entrega al orteguiano, “no es esto, no es esto”. Bajo hasta la pequeña cueva que suponía su resguardo —o eremitorio— y observo flores, cruces, velas, exvotos propios de la fe como agradecimiento, incluso algunas placas de conductor novato. Realismo mágico en estado puro.

El visitante henchido de aire puro y oxigenación se reconforta. Ese alivio tal vez sea la sanación para quienes sienten dolores o penas. No lo sé. Lo verdadero es que aquí las casas no se han derruido y veo agricultores y ganaderos empleados en sus labores, que aún mecanizadas son duras, pero parece que la vida permite ahora la aparición de la alegría por alguna arista. Dos queserías modernas, una bodega, gallinas ponedoras en libertad, chotos y cabras que se alimentan en gran parte con pasto natural y el todoterreno, mucho mejor que en los enjambres acerados junto a las autovías. No esto no es un fragmento de novela pastoril, un paisaje sannazariano, huele a oveja de verdad y las manos sarmentosas aparecen encallecidas. El mundo en este rinconcito aún vive alejado del turismo, aunque por fortuna, los médicos están cerca, hecho que no impide que nuestra mirada cargada de belleza sea capaz de creer en la magia. Una razonable magia.

Por Manuel Molina Glez, profesor

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