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Mis problemas con la justicia

Por Antonio Heras - Febrero 27, 2017
Mis problemas con la justicia
"¿Quién no ha tenido problemas con la justicia?", pregunta Antonio Heras en su columna.

Los Planetas, grupo granadino con letras caústicas sobre el amor, las drogas y, últimamente, la podrida política, todavía no ha ido a la cárcel por sus canciones. Sí lo han hecho —o lo harán— otras bandas y raperos del país que han osado criticar el status quo, la sagrada monarquía —ese animal moribundo que se resiste a desaparecer— o los estamentos policiales. Puede que Los Planetas se libren porque, básicamente, no se entiende a su cantante, el impertérrito J., cuando desliza frases como: “El que te arruina la vida, el que te roba la salud, el asesino en masa, pretende dar una lección”, en un trallazo de guitarras y amplificadores que parecía teledirigido a Montoro, otrora Ministro de Hacienda. “Y si le dices que es un fascista —añade en El duendecillo verde— te manda a casa al recaudador de impuestos”.

Comienzo a escribir esto cuando aún están frescos los titulares que señalan la libertad de Undargarín, pasaporte en el bolsillo incluido, mientras la Justicia Deluxe decide si ingresa en prisión o no por un quítame allá esos millones conseguidos a través de una ONG con favores de gobiernos levantinos y beneplácitos reales de realezas. El mismo día se anuncia que un músico irá a la cárcel por escribir cosas feas sobre el exrey, ese con amigos entre las democracias árabes más avanzadas y apetencias por las cacerías de elefantes. Su hija, la infanta enamorada del deportista, que trabajaba en banca pero no entendía de números ni de firmas de documentos, asiste ya a los acontecimientos desde la tranquilidad de su residencia suiza, entre paisajes nevados y silencios mediáticos muy en sintonía con sus compiyoguis. Qué fastidio el entramado burocrático, ¿no, Cristina? Varios años para convencer a los súbditos de tu inocencia.

Porque, al fin y al cabo, ¿quién no ha tenido sus más y sus menos con los tribunales? ¿Quién no ha sobrepasado, acaso por un milímetro, la línea invisible que separa el mal del bien, lo correcto de lo perseguido por la Ley? Desde una inocente multa de tráfico por mal aparcamiento hasta un procesamiento por asesinato múltiple, el rango de delitos tipificables parece casi infinito. Por eso no es de extrañar que hasta nuestros ídolos, los personajes famosos a los que adoramos, queremos y veneramos caigan en las redes de la diosa ciega que sostiene la balanza.

Miren a Messi, el mejor jugador de fútbol, humilde en apariencia, sencillo en su vida cotidiana, libre de ornamentos y extravagancias que parecen caracterizar a las estrellas balompédicas modernas. Intachable comportamiento hasta que Hacienda le puso en el estrado. ¿Resultado? Uno de los clubes de fútbol más importantes del mundo defendiendo al delantero, victimizándolo y, de camino, rebajando a todos sus seguidores al mismo nivel con la campaña #TodosSomosMessi. Pues mire, creo que no. Por ahora, al menos.

El amor es ciego, claro. Si la Pantoja fue a la cárcel, la culpa fue de su fama y de sus “haters”. La sociedad la puso entre rejas como chivo expiatorio, declaman los fans enardecidos. O fue el amor. Como el de Cristina de Borbón por su jugador de balonmano. Qué difícil mantener la subjetividad o el sentido común cuando el perseguido por la justicia es alguien al que admiramos. Pongamos, por ejemplo, el caso de Andrés Bódalo. Dirigentes de Podemos defendiendo, primero, su inocencia, luego las protestas para evitar su entrada en prisión, ahora, reclamando su indulto. El delito por el que se le condenó: agresión a un concejal.

Cierto es que algunos políticos pasan por el viacrucis judicial con salvavidas, pasillos acolchados y música de ascensor para relajarse durante el trayecto. ¿Que el juez sale protestón? Se cambia y punto. Es lo bueno de haber apostado por caballo ganador, por la opción popular.

Pero mejor no meternos en zonas pantanosas. Regresemos a la alegría y frivolidad del espectáculo, del artisteo. Qué bonito fue cuando dos titiriteros fueron detenidos por la policía de la capital de la nación —y retenidos durante cinco días— como si fueran criminales, terroristas peligrosos, por representar una función infantil. Aún más precioso cuando los concejales de Ahora Madrid permitieron, callaron, negaron. Algunos de ellos también sufrieron la injusticia de una justicia polarizada: uno por tuitear chistes —así está el nivel del país—, otra por protestar en un templo —con la Iglesia hemos topado—. El círculo se cerró, juez y verdugo, acusador y reo, pero dentro y fuera de él planea la misma incertidumbre.

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