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"Para muchas personas, Dios ha dejado de ser creíble"

Por Javier Cano - Octubre 22, 2022
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"Para muchas personas, Dios ha dejado de ser creíble"
Juan Jesús Cañete, con su nuevo libro, en el claustro de la Merced.

Sacerdote, teólogo, filósofo, profesor, escritor..., lo último de Juan Jesús Cañete Olmedo (Santiago de Calatrava, 1963), ¿Dios? En el ágora del siglo XXI, ha traspasado las fronteras de la literatura eclesial y ha conquistado a un buen número de críticos que se deshacen en elogios hacia este libro. Una obra publicada por PPC Editorial en cuyas páginas conviven con naturalidad aquellas tres abstracciones de uno de los poemas más recordados de Bernardo López: la duda, el arte (la literatura lo es, o eso decía Onetti) y la fe. 

—Es usted un sacerdote joven pero con un currículo apabullante, ¿Cómo se lleva eso?

—Apabullante no, cierto curriculum solo.

—Por lo pronto tiene en la calle, desde hace pocos meses, su cuarto libro, y en un sello editorial de cierto relumbrón. 

—Sí, así es. La verdad es que el Seminario Diocesano me publicó un libro en el año 21, sobre las razones de la fe, y un grupo de profesores me dijo que por qué no lo mandaba a una editorial para ver si lo querían publicar. Lo mandé a dos y las dos me lo aceptaron, pero opté por PPC. Y el libro esta funcionando bien

—Bien de ventas y bien de crítica, parece que no ha pasado desapercibido, precisamente. 

—La crítica muy bien, sí. Han salido críticas muy buenas en varios medios de comunicación, está teniendo buena acogida.

¿Dios? En el ágora del siglo XXI. ¿Por qué entre interrogaciones, Juan Jesús?

—Porque, ¿qué hace Dios en una sociedad secularizada como la que tenemos en Occidente? El mundo no está secularizado ni mucho menos, hay más cristianos en el siglo XXI que en el XX, lo que pasa es que en Occidente, sí; parece que Dios ha salido de la escena pública occidental.  

—Según Descartes, para investigar la verdad es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas. La duda es una de las protagonistas de esta obra, y viniendo de un sacerdote es cuando menos curioso. Ustedes suelen hablar de certezas.

—La fe siempre nace de una experiencia de Dios y esta fe (no hablo de la fe sociológica) nos va a responder muchas preguntas y va a hacer que la realidad sea inteligible. Pero a la vez esa fe va a suscitar nuevas preguntas y nuevas dudas, y tanto la duda como la fe son inevitables para el que busca la verdad, sea creyente o no. 

—¿Cómo se conlleva esa dualidad, cómo puede alguien que tiene fe, y que duda, sobrevivir a esa lucha cotidiana?

—¿Es que una fe que no tenga dudas...! Lo digo en la introducción al texto: es como un cuerpo que no está vacunado. Un ejemplo reciente: un chico reciente que sale de un instituto de Jaén, que pertenece a una comunidad cristiana, y se va a Madrid. Este chico va a hacer Filosofía, creo que en la Complutense; pasa un añito y su madre me dice: "Don Juan Jesús, ¡si mi hijo es que me dice que ha perdido la fe!". ¿Qué ha pasado? No es una fe que se ha pensado, han llegado otros criterios, otras dudas, otras historias y esa fe ha menguado, si no ha muerto. Claro, la fe tiene que pensarse, se tiene que reflexionar, y eso es lo que propone este libro. 

—Un libro, entonces, pensado no solo para aquel que se siente tocado por la virtud teologal de creer sí o sí, sino también para quienes no la conocen. 

—Si, sobre todo para el agnóstico, para el que busque: el que busca la verdad busca a Dios, decía Edith Stein.

—Pero creer y dudar, así día tras día, ¿no puede derivar en una existencia atormentada?

—Cuando ese encuentro sucede en un ambiente que no es propicio a la fe, va a desvelar otra cosa, se va a purificar ahí, va a madurar y vas a descubrir si tienes fe o no: lo que le pasó a ese chico es que vivía en un sitio de creencias, pero realmente no tenía fe o tenía una semilla y no había fructificado. Al ponerse a prueba es cuando la fe dice: "Esto no es lo que yo pensaba, lo que yo sentía". Yo tengo un problema muy gordo, y es que suelo citar mucho, y cuando me hacen una pregunta me vienen respuestas de otros. Por ejemplo, decía Carmen Laforet: "Dios me agarró por el cabello y me sumergió en su esencia". Ya no es que no tenga dificultades para creer, sino que ya no puedo dejar de creer en él. 

—Vamos, que dudar no es malo, que no es pecado. Más de uno exhalará un suspiro de alivio.

—Tener esa experiencia de Dios no quiere decir que la duda no esté ahí, que no sigamos haciéndonos preguntas. Todo lo contrario, tu fe va madurando, se va purificando y llega no solo a darte respuestas a ti, sino también a los demás. Sin que exista una respuesta definitiva; esa, hasta que no pasemos el Rubicón no lo sabremos. 

—Usted es sacerdote. ¿La Iglesia puede dar respuestas a estas dudas? 

—La Iglesia somos los cristianos, cada uno con nuestro ministerio, con nuestro servicio, y por supuesto que en la Iglesia se encuentran respuestas, te ayuda a profundizar en la fe. Pero, ¿qué ocurre si un cristiano va a una parroquia a preguntar sobre eso? Es un problema. Vuelvo a las citas: "Cuando nos sabíamos todas las respuestas, nos cambiaron las preguntas", decía Benedetti. A lo mejor, en algún momento, estamos dando respuestas a preguntas que no se hacen. Tenemos que dar respuestas a las preguntas que se hacen, y por supuesto en el Evangelio hay respuestas a preguntas existenciales y vitales del ser humano, sobre la muerte y su sentido, el dolor... 

—Líneas arriba contestaba usted contextualizando una de sus respuestas en Occidente. ¿Qué pasa en la civilización occidental, qué ha cambiado tanto de unos siglos hasta hoy para que Dios (como usted dice) haya "salido de la escena pública"?

—En el libro, cuando empecé a plantearlo no como tal sino como una serie de artículos, partí de un problema fundamental: en Occidente ha cambiado la estructura de verosimilitud. ¿Qué quiere decir esto?, que para muchas personas Dios simplemente ha dejado de ser creíble. Eso es un hándicap muy importante, tú le vas a hablar desde el Evangelio a una persona que se ha abierto a la experiencia de lo trascendente pero, ¿qué pasa si esa persona no se ha abierto? Prefiere acudir a un psicólogo. Por otra parte está la materialización de la sociedad: la bulimia que ha generado el materialismo da en la anorexia del espíritu. Este mundo está muy materializado, hay una gran anorexia espiritual y hace falta abrir esa inteligencia hacia lo trascendente. 

—¿Y esto ha sido un proceso natural o una secuencia prefabricada? ¿Qué cree usted?

—No lo sé, esa es la pregunta. Yo tengo mis ideas, creo que en un momento determinado, sobre todo en los siglos XVIII y XIX, entre 1700 y 1850, la iglesia católica se replegó, por lo que fuera, por los movimientos de la Ilustración..., no sé, y no hubo un diálogo con la cultura ni con el ateismo, que era incipiente. Eso pasaba en niveles de alta cultura, de pensamiento, pero antes o después llegaría al pueblo. Eso empezó a cambiar, pero los movimientos históricos son muy lentos. Y hay otra cosa que a mí me llama mucho la atención...

—¿Puede compartirlo con los lectores, Juan Jesús?

—Que en Occidente nos matamos en el nombre de Jesucristo, las guerras terribles de religiones. Algo tendremos que expiar. En otras zonas del mundo no ocurre. Fíjese, probablemente la zona con mayor número de cristianos del mundo (digo cristianos, no solo católicos) a finales del siglo XXI va a ser China, ¡China! Sorprendente.

—Pregunta epílogo: ¿quien se acerque a su libro, cargado de dudas, corre el riesgo de salir ansioso de fe? 

—La idea es esa. En el epílogo de mi libro, precisamente, explico: "¿Y ahora qué? Si desde una postura teoagnóstica se ha tenido curiosidad por lo que este libro podía ofrecer y los argumentos expuestos no han hecho replantearse en lo más mínimo las ideas previas, sugiero que no leas este libro". Mi idea es que este libro rompa el hielo, que abra a lo trascendente. Y al creyente, que piense su fe. 

—Un libro ambicioso, ¿no lo ve usted así?

—Sí, sí, la verdad es que sí.

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