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DON VICTORIANO: LA 'PROFUNDA HUMANIDAD' DE UN MAESTRO

Por Javier Cano - Marzo 27, 2021
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DON VICTORIANO:  LA 'PROFUNDA HUMANIDAD' DE UN MAESTRO

Muchos jiennenses tuvieron su primer contacto con la educación (la de fuera de casa, claro) de la mano de este recordado docente, en las aulas de su entrañable escuela de la calle San Lorenzo. Más de cuatro décadas después de cerrar sus puertas, todavía son muchos los alumnos que lo evocan con veneración de discípulos

"Y hacia otra luz más pura / partió el hermanó de la luz del alba, / del sol de los talleres...". Versos de Machado en honor de Francisco Giner de los Ríos, el maestro, así, por antonomasia, que ni pintados para la memoria del protagonista de este reportaje: don Victoriano Delgado Serrano (apearle el tratamiento sería desfigurar su recuerdo, y se trata de todo lo contrario): aquel maestro de toda la vida que partió hacia otra luz más pura un 10 de marzo de 2003.

Todo un imprescindible cien por cien Jaén nacido "el 16 del VI del 16", aclara su hijo José Delgado Cecilia con especial hincapié en ese número que para la numerología esotérica representa el signo del amor, la comprensión y la responsabilidad y según la Biblia, el trabajo, virtudes que quienes lo conocieron aseguran que formaban parte de su personalidad tanto como su aristocrático nombre, su característico bigote o las entradas de su frente. Ahí están las fotos.

Pero, ¿qué trae a este entrañable docente a las páginas de Lacontradejaén pocos días después del decimoctavo aniversario de su muerte, más de cuatro después de que cerrara sus puertas uno de sus ya míticos centros escolares?  

"Era un gran maestro, le encantaba enseñar, le gustaba mucho, un profesor de los buenos", sentencia Juan José Godino, uno de aquellos estudiantes que completó gran parte de su etapa escolar en el colegio Nuestro Padre Jesús, ubicado en la calle San Lorenzo, a cuatro pasos del Arco y donde don Victoriano, además de impartir clase, vivía y ejercía como entrañable y distinguido vecino del barrio. 

 Rodeado de vecinos en la lumbre de San Antón de la plazoleta de San Lorenzo, junto al Arco, en los 80.
 Rodeado de vecinos en la lumbre de San Antón de la plazoleta de San Lorenzo, junto al Arco, en los 80.

Godino, que se autoconfiesa uno de los alumnos más "populares" de la escuela y no precisamente por sus buenas notas, lo tiene claro y no duda en deshacerse en elogios hacia su añorado profesor, lo mismo (asegura) que toda una legión de compañeros que, tras tantos años, celebran todavía su paso por las aulas de don Victoriano:

"Llegué en tercero, con doña Lola, y después pasé con él; tenía unos diez años de edad. Yo era muy revoltoso, de allí salí con catorce años", evoca con el mejor de los recuerdos en sus labios.

Y es que, por lo que asegura este antiguo estudiante y corrobora José Delgado, el nombre de su padre y las buenas palabras van siempre de la mano: "Me alegra mucho que lo recuerden, nunca me ha hablado nadie mal de él; cuando yo estaba en la mili, le hicieron un homenaje incluso (1981), que luego han querido repetir otros antiguos alumnos. Hasta se pidió que se le pusiera su nombre a una calle", afirma. 

Calle no tiene, no, pero en el universo urbano que confluye en el ocho veces centenario Arco de San Lorenzo su memoria perdura con fuerza de estatua o de rótulo de los de antes, de aquellos que salían de los talleres de Ruiz de Luna (todavía queda alguno por Jaén).

 Foto de grupo de los alumnos en la década de los 60. Don Victoriano aparece en el centro. Foto cedida por Juan José Godino.
Foto de grupo de los alumnos en la década de los 60. Don Victoriano aparece en el centro. Foto cedida por Juan José Godino.

APUNTE BIOGRÁFICO

Como recomienda el sombrerero de Carroll, mejor comenzar por el comienzo, en este caso por conocer al personaje a través de su rastro en el mundo. Un rastro dulce, en el más amplio sentido de la palabra, del que dan fe su amable recuerdo y sus propios orígenes.

Y es que Delgado Serrano, antes que maestro, fue confitero, vaya que sí. Quienes peinan canas (pero canas con solera, no de las recientes) recordarán aquel famosísimo obrador de la capital jiennense que, en el extremo donde la calle Maestra se asoma a la Plaza de la Audiencia, hacía las delicias del personal a base de pasteles: la Confitería Las Colonias.

Un histórico establecimiento que abrió sus puertas a mediados del XIX y, a principios del XX, cayó en manos de Julián Delgado Blasco (padre de don Victoriano) y su hermano José; ¡si le imprimirían estos su sello propio que, por más que conservaron el nombre originario del local, todo Jaén acabó rebautizándolo como Confitería de los Rubios! (cosas del pelo y su color).

Solo ya Julián frente al negocio, la literatura costumbrista local acumula anécdotas tan sabrosas como sus dulces y sitúa aquel obrador como escenario de celebradas tertulias por las que pasaron, años antes, desde el mismísimo poeta Almendros Aguilar hasta los políticos de relumbrón del momento.

Incluso, según el desaparecido José Rus Martínez, en la trastienda de este negocio, que cerró para siempre en 1954, se gestó la fundación del Real Jaén F. C. y, como indican el recordado cronista Manuel López Pérez y su hija María Teresa López Arandia en su historia de la Cofradía de la Buena Muerte, en aquella confitería se dieron los primeros pasos para la creación de tan emblemática hermandad.

El propio Victoriano Delgado evocaba, en una entrevista concedida al caricaturista Vica en 1981, sus inicios en el arte de la confitería: "Allí trabajé cuando era un chiquillo", responde. "Cuando yo era chico, me contaba cómo hacían las sandías en almíbar", confirma José Delgado.

El hecho de que Julián Delgado Blasco y su esposa, Capilla, vivieran en la calle San Lorenzo, muy cerca del establecimiento, justo en la plazoleta aledaña al Arco, en un viejo y noble caserón que en su día perteneció al patrimonio inmobiliario de los condes de Torralba, justifica la vinculación que durante toda su existencia, tanto en el plano personal como en el profesional, mantuvo don Victoriano con este entrañable punto del mapa urbano jaenés. 

Allí nació; allí creció, una vez demolida la casona y reconvertida en pisos en la década de los 60, con el propio maestro y su hermano José, aparejador, como promotores; a un tiro de piedra, en lo que fuera antaño un tradicional molino de harina, instaló uno de sus legendarios colegios, y allí murió, rodeado del cariño de los suyos y del respeto general.

 Julián Blasco (primero por la derecha), propietario de la afamada Confitería Las Colonias y padre del protagonista de este reportaje. Archivo de Javier Cano.
Julián Blasco (primero por la derecha), propietario de la afamada Confitería Las Colonias y padre del protagonista de este reportaje. Archivo de Javier Cano.

DE LA MEDICINA AL MAGISTERIO

"También soy practicante (ATS), porque la verdad es que mi auténtica vocación antes de volcarme a la enseñanza era la medicina. Y me hice practicante por mis propios esfuerzos, sin que se enteraran tan siquiera en mi casa", confiesa al ya también fallecido Vica en la citada entrevista del 81.

Así lo acredita el título expedido por la Universidad de Granada a su favor, en 1941. Una formación esta que, unida a la que terminaría por definirlo definitivamente, el magisterio, traducen un espíritu humanista, una indudable vocación de servicio. Pero fue el oficio de enseñar el que convirtió a don Victoriano en la leyenda local que es a día de hoy.

No parece que en la familia hubiese profesores, si bien es cierto que la cultura se respiraba en Las Colonias hasta el punto de que dos de los hijos (el propio Victoriano y su hermana Dulcenombre) se decantaron laboralmente por la educación. Incluso dos primas, Carmen y Lola, fueron maestras y trabajaron codo a codo con él en 'Nuestro Padre Jesús'.

Unos estudios que, a buen seguro, el entrañable docente cursó con la misma solvencia que, años antes, lo llevaron a figurar como alumno distinguido en la orla de bachilleres universitarios del ensolerado colegio de San Agustín allá por el curso 1930-1931.

Tras su paso por la Escuela Normal de Jaén y con su título de Maestro de Primera Enseñanza ya bajo el brazo desde 1944, su primer 'destino' docente se lo labró él mismo, en unos tiempos en los que la enseñanza no era, precisamente, una bicoca.

Leosavic (curioso acrónimo formado por los nombres de los tres socios fundadores) se llamaba el colegio de la calle Colegio (no menos curiosa, la coincidencia) donde impartió sus primeras clases de "preparación para alumnos de Primaria y Bachillerato" (así lo constata José Benítez en el número 13 de la revista del IES Santa Catalina de Alejandría Foro de Papel).

 Sacramento Muñoz Tarazaga, socio de don Victoriano en el colegio Leosavic. Foto: Revista 'Foro de Papel'.
 Sacramento Muñoz Tarazaga, socio de don Victoriano en el colegio Leosavic. Foto: Revista 'Foro de Papel'.

Sí, junto con Leonardo Quintana (que fue "director del colegio Santo Tomás, según José Delgado) y Sacramento Muñoz, un mengibareño al que, a su muerte en 1981, Mengíbar, su pueblo, sí rindió tributo poniendo su nombre a una calle, comenzó la trayectoria de Victoriano Delgado Serrano en las aulas.

"He sido maestro durante más de cuarenta años y por mi escuela han pasado generaciones de muchachos", esgrimía, satisfecho, don Victoriano en la prensa jiennense con motivo del homenaje recibido a la hora de la jubilación, por parte de sus alumnos.

EL COLEGIO NUESTRO PADRE JESÚS

Con los antecedentes pasionistas de la Confitería de los Rubios parece normal que, a la primera ocasión, el protagonista de este reportaje hubiese aprovechado su adscripción cofrade a La Buena Muerte para titular con tan histórica (y para él entrañable advocación) el más recordado de sus colegios. 

Pero no, y eso que fue fiel a la devoción de sus padres toda la vida ("siempre de La Buena Muerte", sentencia el hijo de don Victoriano). El Abuelo es mucho Abuelo y este "maestro de profunda humanidad", con palabras de Vica, no dudó en bautizar su nuevo centro escolar con el nombre del Nazareno de los Descalzos.

Por la puerta de cuarterones que aún se conserva en el sitio donde siempre estuvo, en el número 7 de la calle San Lorenzo, entraron y salieron durante décadas cientos, miles quizá de estudiantes hasta mediados de los 70, cuando cerró definitivamente. 

Se trata de un inmueble cuya fachada apenas ha variado, que abre a un hermoso patio ahora silencioso pero que, en otros tiempos, derrochaba el griterío de la chiquillería en las horas de recreo. Junto a este, otro patio y un cuerpo de aulas sobre el que Delgado Serrano y los suyos establecieron su hogar (eso es llevarse al trabajo a casa, y lo demás son tonterías).

"Había una clase grande, luego una pequeña de párvulos y otras dos de cursos superiores, con pupitres pequeños de madera. clases abiertas y comuicadas, como se usaban en aquellos tiempos", rememora José Delgado, que junto con sus hermanos fue, tambien, alumno de su padre.

"Era de palmeta, lo normal entonces, y los padres de los chiquillos le decían: 'Si le tiene usted que dar...' Una vez se le rompió la palmeta y un padre, carpintero, le regaló otra, y claro, los nenes se lo increparon al hijo" (ríe su hijo al recordar). Al respecto, don Victoriano dejó negro sobre blanco su opinión: "Nunca he sido partidario del castigo corporal, pero a veces era imprescindible dar un palmetazo a tiempo; eso sí, un catigo sin coraje, sin fruicion". 

"Yo escribía con la izquierda, era zurdo de nacimiento, y en aquellos tiempos no estaba muy bien visto. Él me decía que tenía que aprender a escribir con la derecha, y para que lo consiguiese me ataba la mano izquierda a la banca, para que pudiera aprender. Eso se lo he agradecido mucho con el tiempo, porque aprendí a escribir con las dos manos. ¡Era un fenómeno!", aplaude Juan José Godino, agradecido.

Los métodos de la época pueden escandalizar en pleno 2021, pero ay de aquel que asiste al pasado con la mirada extemporánea de su propio hoy: "El maestro no perderá nunca su prestigio por ser severo a su debido tiempo. Al contrario, tal prestigio se alcanzará de ese modo", pensaba Fernán Caballero, doña Cecilia Bohl de Faber.

 En el actual número 7 de la calle San Lorenzo estuvo el colegio Nuestro Padre Jesús. Foto: Javier Cano.
En el actual número 7 de la calle San Lorenzo estuvo el colegio Nuestro Padre Jesús. Foto: Javier Cano.

Hablando de Cecilia... Con Beatriz Cecilia Cuevas (1919-2018) formaría un longevo matrimonio, desde agosto del 48, del que nacerían Julián (también docente), Victoriano, Capilla (maestra) José y Beatriz. Cinco hijos que desde su más tierna infancia convivieron con pupitres, pizarras y cuadernos en su propia casa y a los que el papá-profesor (aseguran) trató siempre como a uno más en las horas de colegio:

"Si había algún follón y estábamos los hijos en medio, los primeros castigados éramos nosotros", confirma José, y Godino, testigo presencial, lo suscribe. 

 Don Victoriano, junto a su esposa, rodeado de nietos. Foto cedida por la familia Delgado Cecilia.
Don Victoriano, junto a su esposa, rodeado de nietos. Foto cedida por la familia Delgado Cecilia.

Hombre serio, recto y afable a la par, cariñoso siempre, procuraba a sus pupilos una formación en contacto con la naturaleza, fuera de las fronteras del colegio:

"Todos los viernes nos llevaba al cerrete de los Lirios, subíamos por la calle San Lorenzo y, en fila, íbamos por la carretera de Circunvalación hasta allí. Era muy bonito", evoca Juan José Godino. "El amor es el secreto de un buen educador. Si te ganas el cariño de un chaval, ya tienes logrado el 90 por ciento", expresó don Victoriano a su entrevistador. Pues eso.

Y no solo con los alumnos, también con sus familias, que si muchos de ellos pudieron recibir formación en tiempos de escasez fue gracias a la actitud solidaria de este enamorado de su profesión, que aplazó o hasta perdonó muchos (pero que muchos) recibos mensuales para que ningún niño quedara condenado al analfabetismo: "Había gente a la que no le cobraba, había mucha necesidad y los tenía gratis", según su hijo. 

Por todo esto y, seguramente, mucho más son bastantes las voces (inabarcables en un formato como este) que se deshacen en parabienes hacia don Victoriano:

"El año pasado íbamos a reunirnos un buen número de alumnos para hacerle un homenaje, queríamos que fuera en el propio colegio pero nos dijeron que no estaba en condiciones. De ahí ese han salido personalidades, y todos tienen un gran recuerdo suyo", apostilla Godino. 

ARTISTA Y TRABAJADOR INCANSABLE

"Compaginaba el colegio Nuestro Padre Jesús con su plaza de profesor de Vaciado y Modelado de la Escuela de Artes y Oficios" (la actual José Nogué, ilustre pintor y director del centro del que fue discípulo) con el colegio privado; cuando salía del colegio, a las cinco o las seis, se iba a la Escuela", recuerda José Delgado. 

Graduado también en Artes Aplicadas (especialidad de Vaciado), según consta en el título oficial firmado por el director general de Bellas Artes, sus dotes creativas le permitieron diversificar sus capacidades y alternar las clases de Párvulos, Primaria y preparación al Bachiller con la enseñanza artística.

En este ámbito, el propio Victoriano 'presumía' de maestros: "Aprendí con profesores como Enrique Cañada, Victoriano Chicote y José Nogué". Nombres para la historia.

Su inquietud cultural era evidente, y hasta (aporta su hijo José, impagable portavoz de la familia a la hora de elaborar este trabajo) colaboró en un programa de radio, titulado La colina de la nostalgia, "con su amigo Jorge Roa, donde leían versos y daban noticias culturales".

Él mismo sirvió de modelo para un busto, obra de Damián Rodríguez Callejón (el autor del monumento al Lagarto de la Magdalena), y para un soberbio retrato con el que el gran Francisco Cerezo plasmó sobre el lienzo la fisonomía del alma de don Victoriano. 

 Don Victoriano, en la Escuela de Artes y Oficios, junto a dos de sus obras. Foto cedida por la familia Delgado Cecilia.
 Don Victoriano, en la Escuela de Artes y Oficios, junto a dos de sus obras. Foto cedida por la familia Delgado Cecilia.
 

Con la llegada de la democracia y las nuevas medidas educativas, la desaparición de la escuela de Nuestro Padre Jesús propició el nacimiento de un nuevo proyecto en el que, como tantas veces, el nombre y los apellidos del entrañable maestro se hicieron presentes. 

Ahí está la creación del colegio Andrés de Vandelvira, donde impartió la docencia en el curso inaugural 1977-1978, antes de pasar a otro histórico centro escolar jiennense, Santo Tomás.

De ahí, a la Delegación de Educación y Ciencia, donde se jubiló para dedicarse a su familia, a retomar el bricolage y construir casas de muñecas para sus nietas en el taller de carpintero que montó justo donde, años antes, modeló el comportamiento y los valores de una chiquillería que une a sus logros en la vida el "privilegio" (Godino y tantos más así lo definen) de haber sido sus alumnos.

 Así retrató Francisco Cerezo a Victoriano Delgado Serrano.
 Así retrató Francisco Cerezo a Victoriano Delgado Serrano.

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