Cerrar Buscador

"Me llaman artista por cómo veo las cosas, no por cómo coso"

Por Esperanza Calzado - Julio 22, 2018

La expresión 'lo mismo vale para un roto, que para un descosido' se inventó pensando en ella. Es sábado por la mañana y tiene infinidad de cosas por hacer, entre ellas prepararse para una boda. Quiere llevar una peina. Diez minutos le son suficientes para hacérsela. Nosotros no damos crédito. Ni uno de los enseres está preparado, ni siquiera la idea de cómo será. Pero para Pepi Moya Ruiz (La Carolina, 1976) esto no es un problema. Acostumbrada a no tener ni un minuto libre al día, la presión del programa Maestros de la Costura, de Televisión Española, no hubiera supuesto un problema para ella. Se quedó a las puertas de entrar y la han llamado para esta segunda edición. Pero ella se 'boicotea' a sí misma. Quiere hacer lo que le gusta, ser feliz con su pasión, la moda; y más concretamente, la moda de bebé. ¿Cómo es el mundo de una costurera? Lo descubrimos con 'monerías'.

—¿Cuándo supo que quería coser? 

—No sabría decirte el momento exacto. Cuando éramos pequeñas, mis dos hermanas se salían a la calle a jugar, pero yo veía a mi madre bordar. Ya entonces le decía que yo quería aprender eso. Me ponía un bastidor pequeño y empecé. Luego la vi hacer lana para hacernos jerséis y yo le pedía que me enseñara. Me hacía turbantes, calentadores... Cuando ya tenía de todos los colores, me salía a la puerta y se los vendía a mis amigas. 

—¿Pero cuántos años tenía?

—(Ríe) Tendría diez u once años, no más. Si me pagaban la lana que me había gastado, perfecto. Les cobraba muy poco y a veces hacía rifas para sortearlas. Pero desde pequeña tengo que decir que me gustaba todo lo relacionado con este mundo. Yo me quedé embarazada con 17 años, tengo una hija con 24 y soy abuela. Y cuando me casé, vi que una de mis cuñadas hacía vainica y punto de cruz. Y como a mí me gustaba todo lo artesano, a la hora de la siesta de mi hija me bajaba a su casa para que me enseñara todo lo que ella sabía. 

—Sus estudios fueron en Cádiz.

—Sí. Mi padre trabajaba en Dragados y siempre estaba de un lado para otro. Nos fuimos a vivir a Cádiz. Terminé la escuela y por no llegar a tiempo con los papeles me quedé fuera del instituto ese primer año. Yo le dije a mi madre que me gustaba la costura y que quería buscar un sitio donde me enseñaran. Ella me decía que si no quería estudiar otra cosa, pero es que a mí me gustaba eso. Al lado de donde vivíamos había una academia, no para enseñarte a coser sino para aprender a ser profesora de corte y confección. No era la típica casa donde se va a aprender. Íbamos a Jerez a hacer los exámenes. Ahí es donde aprendí, pero cuando llegó el momento de hacer la sastrería y todo eso, ya no me gustaba. 

—¿Por qué?

—Lo que me gusta es todo lo relacionado con bebés y moda infantil. Para adultos, cuando no tengo más remedio, hago algo, pero lo que me apasiona es la moda infantil. 

—¿Cuando era pequeña salía a jugar con las amigas o prefería quedarse en casa a coser?

—Sí, también salía a jugar. Me daba tiempo a todo. Yo siempre he sido una persona muy organizada. De cuatro a seis, por ejemplo, hacía los deberes; a las seis me quedaba bordando y a las siete y media salía con mis amigas. Claro que salía a jugar pero me organizaba y lo hacía todo. Hoy en día se lo digo a mis hijos: teniendo un orden se puede hacer todo. 

—¿Recuerda su primera máquina de coser?

—La tengo ahí (señala hacia donde está la máquina). Fui a examinarme dos o tres veces a Jerez y ya llegó el momento en el que íbamos a aprender a coser con las máquinas. Fue cuando mi padre me la compró. Costó unas 60.000 pesetas de aquellos tiempos. La tengo ahí porque todavía funciona, aunque no la uso. No llega a ser tan buena como las de antiguamente, porque las de antes eran mejores todavía, pero si la quiero usar, puedo hacerlo. Ahora estoy utilizando una semi industrial, pero tengo varias más.  

—¿Y se acuerda de la primera vez que vio a alguien con un modelo suyo por la calle?

—Empecé a coser en Cádiz, pero no veía a gente por la calle con mis trabajos porque lo primero que hice era para personas mayores; un tipo de camisas y cosas parecidas. Lo que sí hacia era coserme cosas para mí. De cualquier trozo de tela sacaba algo. Además que me gustaba diseñarlo yo, y me sigue pasando ahora, es mi pasión. Me dibujaba el diseño en el papel y luego lo cosía. Me acuerdo que una de las primeras piezas que me hice fue una falda pantalón de las que se llevaban antiguamente y un pantalón corto muy sencillo pero al que le añadí un fajín ancho con un lazo muy grande. La gente me preguntaba dónde lo había comprado porque me decían que era muy original. 

— ¿Y ahora?

—Ahora hay veces que abro Facebook y veo a personas que ni conozco que llevan algún trabajo mío. La verdad es que me da mucha alegría, como ha pasado esta feria, donde se han visto muchos trajes de gitana míos, por ejemplo. Y podría haber hecho más. Pero te repito, a mí lo que más me gusta es la moda infantil.

—¿Nunca ha dejado de coser?

—Sí. Cuando me volví a La Carolina, me quedé embarazada y me casé. Mientras mi hija era pequeña, lo único que podía hacer eran cuatro arreglos. Cuando la metí en la guardería, ya me llamaron para trabajar y ya lo tuve que dejar un poco de lado. He estado en varias empresas. Pero siempre le hacía cosas a mi hija, porque yo no le compraba vestidos. Abrías su armario y tenía unos treinta modelos diferentes hechos por mi. Por eso, nunca he dejado la costura. Cuando ya dejé de trabajar fue cuando retomé el asunto, pero siempre con la idea de que no quería hacer cosas para adultos. Somos muy quisquillosos. Cuando van a que les cosas algo, quieren que sea más barato pero mejor hecho que en la tienda, cuando yo veo en algunas tiendas unos remates que me daría vergüenza. Pero debería ser al contrario. Si es a medida, a tu gusto, y mejor hecho que los que vienen de fábrica, deberían ser más caro.  

—¿Entonces?

—Como yo todo eso ya lo había vivido una vez, no quería repetirlo. Fue por eso por lo que abrí una tienda de complementos artesanales. Eran todo complementos hechos por mi. Cuando yo empecé, aquí el ganchillo era para la gente mayor y yo quería ponerlo de moda. Empecé a hacer pasadores (todavía tiene guardados algunos), coleteros, lazos, collares, etcétera. Luego empecé a hacer gorros con bufandas a conjunto, con la cartera también. Empecé a poner eso de moda en el pueblo, sobre todo entre las más jóvenes. La gente entraba a la tienda y se pensaba que los trabajos los hacía una persona mayor de 60 años; pero no, eran míos. Luego ya todo el mundo empezó a hacer de todo.

—¿Cómo se afronta un diseño? ¿Le da miedo, como en el caso de los periodistas, a la página en blanco?

—¿Te puedes creer que no sé cómo afrontar un diseño? Me sale solo. Mi hija tiene una niña pequeña y me dice que quiere un vestido, por ejemplo, para una boda. Me lo deja a mi elección porque se fía y en menos de cinco minutos mezclo lo que tengo, me sale solo. Por eso hay gente que me dice que soy una artista, por las ideas que tengo, por la mezcla de colores, por cómo veo las cosas. No tengo un patrón definido, no lo he hecho nunca. Normalmente, o quiero que llame mucho la atención la tela, entonces no le pongo adornos apenas; o al contrario. Pero como a mí lo que me gusta es la moda infantil, en lo primero que pienso es en que los niños vayan cómodos.

—¿Pero todas las madres quieren la comodidad frente a lo bonito?

—Se puede ir cómoda y coqueta. El último vestido que le hice a mi nieta, que era para una comunión, no tenía apenas nada pero todo el mundo decía que era súper gracioso. Se trata de hacer trajes para los niños cómodos y originales. Con los trajes de gitana, por ejemplo, siempre les hago la misma pregunta a las madres: ¿te imaginas a tu hija saltando en las colchonetas con ese vestido puesto? Hay que pensar en la comodidad del niño, que lo quiera llevar y no quitárselo a la media hora ni que lo rompa enseguida. Al final, salen vestidos súper coquetos y cómodos.

—¿Con lo barata que está ahora la ropa en las tiendas...

—... Y tan mal rematada.

—¿Merece la pena coserse la ropa uno mismo?

—Yo a veces también lo pienso. Me voy a Primark y por cien euros compro un montón de cosas. Pero cuando quieres algo exclusivo, no lo encuentras. A simple vista, los vestidos de las tiendas se ven muy bien. Pero la que sabe coser... algunos vienen muy mal rematados. Yo sería incapaz de dejarlo así, aunque no se vaya a ver. Pero se pueden hacer trajes para que los niños estén fresquitos y muy económicos.

—Has estado a punto de entrar al programa Maestros de la Costura. ¿Cómo surgió la idea?

—Eso fue cosa de mi hija. Pero creo que no hubiese ido. Ella siempre me dice lo mismo que muchos de mi familia, que soy una artista y que la gente debería saber lo que hago. Me dicen que no soy artista por coser, sino por otro tipo de cosas. Nadie se corta por la mañana tres trajes de gitana y por la tarde están hechos. Me dicen que soy artista por los pequeños detalles, por ponerme delante cuatro telas y en cinco minuto saber qué voy a hacer y a qué le voy a dar el protagonismo. Mi hija ve todo eso y pensó que la gente tenía que saberlo. Ella no me dijo nada y me apuntó al programa de televisión. Tenía muchas fases, las pasé menos la parte del vídeo. Soy muy reservada, me costó mucho hacerlo y la verdad es que no me salió muy bien. Ahora están preparando la segunda temporada y la han llamado para que vuelva a presentarme, pero yo no me veo. 

—¿Por qué?

—Por decirte algo: me mandas a cambiar una cremallera invisible y no sé (se ríe). Bueno, sí sé, pero pongo excusas, no me gusta. No quiero hacerlo, no me gusta, no me interesa, no me gusta hacer arreglos. 

—¿Se hubiera visto capacitada para trabajar bajo presión como algunos concursantes del programa?

—Sí, sí, eso no hubiera supuesto un problema. Yo estoy sola aquí y tengo más presión que si tuviera a diez detrás mío. Yo sola me pongo más presión que nadie. Hay veces que trabajo una tarde cuatro horas, pero son cuatro horas dobladas, que a veces me tiemblan hasta las manos. Así que eso no me hubiera supuesto ningún problema. Me acuerdo cuando a los concursantes los mandaron hacer un vestido de flamenca. Los llevaron a medias, con unas cosas... Había una muchacha de Jerez y pensé que lo iba a hacer genial. Fue el mejor, pero para mí era horroroso comparado con lo que yo me saco de la mente. Pero mi hija me dice, en broma, que no opine, que me aguante por no haber querido ir. Pero, por ejemplo, también les han mandado hacer camisas de hombre y eso a mí... Lo que me mueve es la moda infantil. 

—Lo que quiere ser es feliz cosiendo.

—Sí, por eso los arreglos me cuestan la vida.

—¿Cuál sería su sueño?

—Tengo en mente un proyecto, volver a poner una tienda pero que todo lo que venda sean diseños míos. 

—Ser diseñadora de moda infantil.

—Sí, pero no me hace falta tener el título, sino tener la tienda y que todo lo haya diseñado y cosido yo. 

—Se ha puesto de moda el que las madres y las hijas se vistan iguales.

—Es verdad y el caso es que cuando yo tuve a mi hija me pasaba igual, pero me lo hacía yo. Cuando aprendí a hacer ganchillo, por ejemplo, me hice una camiseta como la que llevo ahora y a mi hija le hice otra, del mismo color, era verde flúor. Cuando nadie se vestía igual yo ya lo hacía, pero no de continuo. Mi madre, por ejemplo, nos tenía acostumbrados a estrenar ropa el 24 de diciembre y me acuerdo que un año me compré un trozo de tela en chocolate y me hice un pantalón y una chaqueta entallada. A la niña, en lugar de hacerle eso, porque era muy pequeña, le hice un pichi de la misma tela con los mismos adornos. Por eso digo que no me he dedicado a la costura todo este tiempo que he estado trabajando, pero nunca lo he dejado apartado. Luego siempre he estado inventando cosas, como las esparteñas, las camisetas de flamenca. Ahora, mi pareja pinta las camisetas y yo la visto.

—¿Su hija cose? 

—Le gusta aprender de todo pero luego no tiene una continuidad. Ella es peluquera, pero cuando yo tenía la tienda le decía que aprendiera a hacer más cosas, que la vida es querer ser más, aprender y expresar las ideas que uno tiene. Fue entonces cuando empezó con los muñecos de goma eva. De eso hace por lo menos diez años. A nadie se le caen los anillos por ir a limpiar una casa o recoger aceitunas, pero son trabajos que realmente no gustan. Pero que hagas algo, a gusto, pero que encima te paguen por ello y te lo reconozcan... eso es muy satisfactorio. 

—¿Ya no se llevan la dote ni el ajuar para las bodas?

—Se ha perdido toda esa tradición. Pero es como lo del ganchillo, ya no se ve a una niña de 25 años haciendo croché y sin embargo, a mí me gustaba y lo hago, aunque me costaba la vida aprender. Pero lo hice. Intentó enseñarme la que era mi cuñada, que tenía unas manos... Pero al final, fue con los vídeos de internet como aprendí. No se me podía resistir nada. 

COMENTARIOS

Deja un comentario


COMENTA CON FACEBOOK

Entendido

Nuestra web utiliza cookies. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.