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VIDAS ROBADAS POR LAS PANDILLAS

Por Fran Cano - Marzo 16, 2019

Él es colombiano y tuvo que dejar su país por ser gay y porque los 'combos' escondieron droga en su apartamento, y ella, madre de dos hijos, huyó de El Salvador asediada por las maras; encontraron la paz en Jaén y han retomado sus vidas 

Cómo es la gente de fuera que llega a Jaén.
Quiénes son los que huyen de sus países. Y por qué huyen.
Este periódico ha entrevistado a dos personas que todavía son respaldadas por el proyecto de Protección Internacional Tarhib, de ámbito estatal y posible en la provincia gracias al colectivo Jaén Acoge.

Él es E. Z., colombiano, y tuvo que dejar su país por su orientación sexual. Las pandillas la tomaron con él y su marido, quien también huyó. En 2017, el año que comenzó su calvario con los 'combos', hubo 577 homicidios, de los que 318 se le imputaron a grupos armados, de acuerdo con la información de El Tiempo.

Ella es J. H., de El Salvador, y sintió que si no se iba de su tierra las maras acabarían con su esposo y sus dos hijos, menores de edad. Su país fue el más violento de Centroamérica en 2017, con 659 asesinatos, según publicó El Faro.

Lamentan la impunidad de la que gozan las bandas callejeras, capaces, según denuncian, de crear vínculos con las Fuerzas de Seguridad.

Las víctimas nos cuentan qué pasó y cómo están ahora.

BAJO LA AMENAZA DE LOS 'COMBOS' DE COLOMBIA

E. Z. vivió su primer tiroteo en Medellín (Colombia) con 13 años. Estaba comprando en una tienda cuando advirtió la balacera. De pronto vio cadáveres en el suelo. "Cuatro o cinco personas", recuerda de memoria. Era pequeño y lo suficientemente grande como para saber que los 'combos', las pandillas de su país, estaban detrás de aquellas balas. Por suerte no lo alcanzaron.

Fue la vez que más cerca estuvo de la violencia física. En su historia de exilio hay otro desencadenante: es homosexual, y por más que la ley colombiana ampare el matrimonio entre personas del mismo sexo, la discriminación y el estigma presionan. Y si en medio de esa presión social aparecen los 'combos', la vida se vuelve imposible.

E. Z. es un joven de 30 años —moreno, delgado, risueño y tímido— que cumplirá un año en España en menos de un mes. Atiende a este medio en un despacho de 'Jaén Acoge'. En mayo de 2018 llegó al Polígono de El Valle, y gracias al apoyo del colectivo tiene un piso para vivir. Invierte el tiempo en estudiar inglés. Busca un trabajo. Era contable en Medellín, y le atrae la cocina. "Me gusta Jaén. Es una ciudad tranquila. Estoy conociendo gente chévere, guay, como dicen acá", expresa. Nada que ver con la gente que le obligó a emigrar.

Ocurrió en diciembre de 2017. El colombiano organizaba el apartamento donde vivía con su novio y los dos hermanos de él cuando encontró un plástico negro en una habitación. Estaba muy envuelto. Enseguida comprobó qué contenía. Eran como "tres o cuatro kilos". Ni él ni su pareja fumaban droga. Así que hablaron con los hermanos. Descubrieron la verdad: "Una banda los obligó a guardarla en el apartamento", cuenta.

"ALLÁ NO TE DAN UNA PALIZA; TE METEN UNA BALA"

Llegado a ese punto, el 'combo' toma el control, según explica E. Z. Antes de descubrir la marihuana, algo inquietaba al joven y a su novio. Cuando una banda toma el barrio, enseguida aplican las 'vacunas': cuotas obligatorios a los residentes de la zona por, paradójicamente, defenderlos. "Nos dimos cuenta de que a nosotros no nos cobraban. Y entonces comprendimos por qué", narra. Los inquilinos del piso se plantaron: le dijeron a uno de los miembros que no guardarían más droga. No querían seguir con ese asunto. Pero no fue tan fácil. Un pandillero los amenazó. O seguían con la droga en casa o tenían que irse. Asustados, se fueron.

El primer destino fue Bello, la ciudad de la familia de E. Z. Alquilaron un piso cerca de la casa de la madre. La logística de los 'combos' invitaba a la tranquilidad, dado que hay leyes internas entre los grupos criminales: "Una banda no puede entrar en el territorio de otra", dice.

E. Z. y su chico contrajeron matrimonio el 18 de marzo del año pasado. A la pareja debía de aguardarle el mejor momento desde que llegaron al mundo. Vivir en libertad implica ser uno mismo. Aceptarse. Ellos lo habían hecho aun rodeados de prejuicios. Pero los 'combos' no los querían. Los rechazaban y los intimidaban por la orientación sexual. Casarse fue cruzar una línea que violentó a las pandillas. "Empezaron las amenazas", lamenta. "Allá, en ese ambiente, no es que te casquen una paliza, sino que te meten una bala. Y se acabó", añade.

Apenas once días después de la boda, E. Z. y su esposo volaron desde Medellín. Antes de hacerlo, el primero recuerda que habló con su madre y con su hermano. La familia estaba sorprendida por la decisión, pero él les dijo que el plan estaba en su cabeza desde hacía tiempo. La esperanza era el asilo político. Llegaron a Madrid en un vuelo que dejó secuelas más hondas que el jet lag. Viajaron hasta Málaga y allí pasaron un mes y medio en un alojamiento hasta que la Comisión Española de Ayuda al Refugiado los derivó a 'Jaén Acoge', la asociación que todavía les brinda protección internacional.

La cocaína.
La marihuana.
Las armas repartidas en casas de gente con miedo.
El dinero que iba y venía.
Las muertes de personas inocentes.
Colombia.
Y la familia.
Todo ha quedado atrás para el joven, que cada día consulta el digital Minuto 30 de Medellín y se comunica vía WhatsApp con los suyos. Todo ha quedado atrás, pero está demasiado reciente. Cuando acaba el relato ante la cámara de Lacontra, E. Z. se derrumba y busca consuelo en la gente que ahora es (como) su familia.

 E. Z., en un despacho de 'Jaén Acoge'. Foto: Fran Cano.
E. Z., en un despacho de 'Jaén Acoge'. Foto: Fran Cano.
 

LA FAMILIA SALVADOREÑA CONDENADA POR UN CABLE DE TELEVISIÓN

"Hemos encontrado nuestro camino. María Cano, de 'Jaén Acoge', ha sido un ángel de Dios". Habla J. H. (San Salvador, El Salvador, 1986) por teléfono con este periódico desde Manresa (Barcelona), donde se afincaron hace un trimestre. Ella, su marido y sus dos hijos —una niña de nueve años y un niño de seis— abandonaron El Salvador el 3 de mayo de 2017 tras sufrir el asedio de las pandillas. Hoy los niños ya no preguntan por qué tanto cambiar de casa. La estabilidad, después de vivir casi un año en la Avenida de Barcelona de la capital jiennense, está casi conquistada.

El primer capítulo del infierno de J.H. es una escena que parece cómica. Un día de finales de octubre de 2017 ella llegó a su casa y encontró el cable de la televisión por satélite desconectado. Hizo lo que haría cualquiera: llamó a la empresa y enseguida un empleado volvió a conectar el cable al poste. Justo un día después, la mujer se encontró con un chico —alto, ojos verdes, blanco de piel y rubio de cabello— en una escalera, junto a la vivienda. Estaba cortando el cable. "Yo no lo había visto antes. Más tarde me enteré que era un pandillero", recuerda. El Tigre. Así le decían. La preocupación de J. H. era que la Policía descubriese que alguien manejaba los cables ilegalmente. Esa falta está penada con la cárcel en El Salvador, según expone.

Días después, J. H. encontró de nuevo al pandillero, en otra vivienda cercana del barrio. Le explicó que había llamado dos veces a la empresa para conectar el cable. Era la forma más política de pedirle explicaciones. El Tigre le dijo que le mostrara la factura. Ella se negó. Y él, "de malas maneras", conectó el cable. La señal se resintió. Y antes de irse, avisó: volvería allí para desconectarla.

Así fue. Esta vez el asunto acabó en pelea. El esposo de ella le pidió que dejara en paz al cable y a la familia.

—Culero, calláte la trompa. Yo hablo como a mí se me pegue la gana —le dijo El Tigre desde la escalera.

Después bajó, con herramientas alrededor de la cintura, y empezó a pegar al marido delante de la mujer y de los dos hijos. J. H. agarró una rama de un árbol para defender a su esposo. Golpeó al pandillero en la espalda. El abuelo de ella escuchó el jaleo, se acercó al lugar y los separó. El Tigre siguió con las amenazas:

—Te tengo lástima, porque no sabés lo que va a pasar. No sabés con quién te has metido. Pobre de vos —le dijo al esposo.

Aquella noche una amiga llamó por teléfono a J. H. Le dijo que pandilleros de la Mara 18 andaban por la colonia (barrio). La amiga le recomendó que apagarán las luces de la vivienda. Los padres apagaron todo y llevaron a los dos hijos a la parte trasera de la casa. El marido empezó a llorar tal cual llora ahora la madre al recordar la escena: "Me dijo que si mataban a alguien que fuese a él, pero que a mí y a los niños no nos podían tocar", cuenta. Los pandilleros llegaron al portal de la casa y hablaron con un vecino. J. H. escuchó el diálogo escondida en su propia casa:

—Queremos saber quién se dio duro con El Tigre.

El vecino dijo que no sabía nada.
El Tigre no encontró apoyo en esa banda, de manera que, según cuenta la salvadoreña, armó una versión de los hechos falsa para que otra banda lo ayudara.

CAMBIAR DE BARRIO O DE CIUDAD NO SIRVE

El matrimonio supo que las cosas se iban a poner muy difíciles. Aquella noche fueron escoltados por las Fuerzas de Seguridad hasta la casa de un pariente, que vivía en otra barriada. Esa fue la recomendación de un agente. Si tienen miedo, deben irse, les dijo. Empaquetaron la ropa y se marcharon. La Policía mandó a una furgoneta de mudanzas a recoger los enseres. Y los encargados recibieron una paliza: había pandilleros esperando. "Aquel día decidimos irnos a España", cuenta la madre.

No fue inmediato. La familia pasó tres meses en la colonia de la cuñada de J. H. Un día, la pesadilla regresó. Y otra vez en forma de escena cotidiana. El marido paseaba cuando se topó con cinco pandilleros. Uno de ellos le pidió el DUI —documento de identificación en El Salvador— para comprobar de dónde procedía. No lo habían visto antes. Ellos también eran de la Mara 18. Le preguntaron qué hacía ahí.

La pareja tenía que irse otra vez. Se trasladó a Lourdes, una ciudad próxima. Al poco de estar instalados, una prima de J.H. la llamó para decirle que El Tigre andaba tras ellos.

—Decíle a tu prima que los vamos a encontrar —amenazó.

 Acceso a Lourdes, la ciudad donde huyó la familia de J. H.
Acceso a Lourdes, la ciudad donde huyó la familia de J. H.

Los cuatro miembros de la familia estuvieron quince días sin salir de casa. El marido, técnico instalador, pidió un permiso especial en el trabajo. No era la primera vez. Un vecino de Lourdes que había advertido la cautividad de los recién llegados quiso hablar con ellos. Les dijo que un pandillero iba a venir a conocerlos. El vecino terminó haciendo de portavoz: "Nos dijo que nos fuéramos del país. Ir a otras colonias sería inútil, porque nos matarían. Estábamos en medio de dos pandillas. A ojos de una, éramos informantes de otra", explica la mujer. "A la gente ya le daba miedo tenernos de vecinos. Ellos también corrían peligro", remarca.

J. H. y su esposo vendieron el coche por 5.200 dólares. Los cuatro billetes de avión costaron 4.200. Volaron el 3 de mayo de 2017 desde El Salvador hasta Colombia, y de ahí hasta Madrid, donde residieron un mes en una habitación muy pequeña, con un par de camas, alquilada por unos amigos. Pidieron refugio político. La ONG Accem derivó a la familia a un refugio en Valladolid. Pasaron cinco meses hasta que llegaron a 'Jaén Acoge'.

Padres e hijos han vivido diferentes estados emocionales desde que llegaron a España. La madre reconoce que pensaba lo peor cada vez que se topaba con alguien con tatuajes. Ha recibido atención psicológica. En Jaén esperaba la paz. El marido encontró trabajo en su ámbito con un contrato de seis meses. "Le salió uno indefinido en Manresa, y por eso nos fuimos a Cataluña. Me gustaba mucho Jaén. Si él hubiese tenido un empleo fijo, aún estaríamos ahí", resume.

Dos historias, dos países, y un común denominador: exilios obligados por pandillas que todavía influyen en el Estado, cuando no se amparan directamente en el Estado, según denuncian las víctimas. Vidas robadas que se han reanudado gracias al trabajo de actores sociales jiennenses.

Vídeo: Fran Cano.

Foto principal: Roberto Valencia, de El Faro. Imagen tomada en la colonia Brisas del Norte, Apopa, San Salvador. Las siglas DCLS significan 'Danger Criminales Locos', una de las clicas de la Mara Salvatrucha-13.

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