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'Patria', la novela que emocionó a Spielberg

Por Juan Luis Sotés - Febrero 12, 2017

Si ahora mismo no está usted leyendo Patria, permítame decirlo, es un perfecto imbécil. No será porque “la gran novela sobre el conflicto vasco” no le llame a voces desde todos los escaparates y mesas de novedades. No será porque no se lo digan a todas horas en la radio y en la prensa. Se está usted perdiendo un hito histórico, al Galdós de nuestra generación. ¡Qué digo Galdós! ¡Dostoievski redivivo! Sí, un imbécil. Y un antiespañol, además.

Necesitaba la industria editorial un nuevo campeón de las “letras serias” y lo ha encontrado. Se llama Fernando Aramburu y nos cuenta que ha querido estar ausente en su novela pero evitando la equidistancia, o sea, un ausente con punto de vista. El resultado es una suerte de naturalismo de telenovela con la penetración psicológica de Francisco Ibáñez.

Al loro: resulta que va la ETA y mata al Txato, y su mujer, que tiene un cáncer muy chungo, pues lo único que quiere es que el asesino le pida perdón desde la cárcel antes de morir. Pero la cosa tiene su aquel porque resulta que son dos familias vecinas que, supongo yo, representan a las dos Euskadis hermanas y enfrentadas por la sinrazón, pero al final, después de muchas vicisitudes, se funden en un abrazo que simboliza un futuro por construir desde la reconciliación… ¡Tatacháaaaan!

El reparto es de traca. Tenemos a un personaje bastante bruto y prácticamente iletrado que, lógicamente, se convierte en terrorista. Su hermano no, fíjate, porque es un chico que no para de leer y de pensar, con una enorme sensibilidad. Claro, es gay, así se entiende. También tenemos a la ama dominante, hembra alfa de su hogar y al padre mindundi para el que solo existen su cuadrilla, la taberna, la bicicleta y los partidos de pelota por la tele. Es decir, si Aramburu escribiera sobre un andaluz supongo que sería juerguista, indolente, chistoso y espectador fiel de Se llama copla. La víctima no es así, mira por donde, es afable, emprendedor, un empresario modélico que da trabajo a todo el pueblo, esposo y padre amantísimo… ¡Cómo no te va a dar pena que lo maten, coño! Y resulta que las dos familias, la del asesino y la del asesinado eran muy pero que muy amigas, tanto que las madres se juntaban para merendar de tarde en tarde. A una le gustaban más los churros y a otra las tostadas. Otra muestra de sutil simbología. Así se entiende que la madre del etarra, entre chocolate y chocolate, se convierta en la capitana del abertzalismo. Porque el autor no espera ni un par de capítulos para permitir la evolución psicológica de un personaje que, por una especie de amor ciego a su hijo, ahora odia sin concesiones a quienes, apenas una merienda antes, amaba.

Y así todo durante seiscientas páginas de nada, en los estándares del novelón. Un par de palos a las fuerzas de seguridad como concesión, un catálogo de secundarios de una pieza (el cura malo, el tabernero malo, el político noble), una masa indiferenciada de personas o “el pueblo” caracterizada por su cobardía y su saña, un par de tramas de amor/desamor deshilvanadas y poco más, aparte de unos monólogos interiores trufados de lugares comunes sobre el terrorismo y sus consecuencias que resuenan con la voz inconfundible de ese autor presuntamente ausente.

¿Existen personas así de planas, estereotipos con patas? Por supuesto. Elegirlos como modelo de lo que se vende como un gran fresco y testimonio histórico es el error de Aramburu. Es la ausencia del juego de luces y sombras, de contradicciones la que convierte la novela en una narración vulgar. ¿Pereza o estrategia de venta? No lo sé. Lo que sí sé es que Aramburu es un autor más que capaz, como ya demostró en su debut Fuegos con limón, con un amplio abanico de recursos técnicos presentes también en Patria: su manejo del tiempo y las voces narrativas, un buen oído para el diálogo y cierta facilidad para dibujar personajes con apenas un par de trazos. Pero el genio, sin embargo, reside en poder elaborar a partir de esos trazos un retrato complejo sin dejar de ser veraz. No sé, leyendo Patria se siente uno como un niño al que el autor cree incapaz de desarrollar sus propios juicios morales sobre la historia que relata. Como un lector pasivo al que obligan a decir amén bajo pena de excomunión.

¿Se imaginan la misma historia contada por, digamos, Richard Price? ¿Se imaginan a un etarra intelectual como el poeta Joseba Sarrionandia? ¿A una víctima que sea una mala persona como Melitón Manzanas? ¿A la madre de un criminal que con una mano pida la amnistía y con la otra consuele a su amiga viuda? Sí, esos personajes también existen, pero son incómodos porque nos obligan a ir más allá del pensamiento envasado al vacío. Y obligan a quien los maneja a un esfuerzo ímprobo. Sí, definitivamente creo que la pereza y/o la inflexibilidad del autor tienen mucho que ver aquí. Y desde luego, ni su asesino es Raskolnikov ni él Dostoievski.

Pues cinco ediciones lleva ya la cosa. Con una fajita muy cuca en la que la autoridad moral de Iñaki Gabilondo y la literaria de Ignacio Martínez de Pisón nos conminan a no perdernos una obra cumbre. También sale en la faja una cita elogiosa de Benjamín Prado sacada de la Cadena SER, que es como si el tendero de tu barrio te dijera: “Lévate estas croquetas que están muy buenas”. Así que no cuenta.

La gran ventaja de Patria es que al presentarse como algo que al trasciende lo puramente literario no hay narices a criticarla desde el punto de vista literario. Y eso lo sabe su perpetrador y, por supuesto, sus editores. Vamos, que es decir algo malo de la novela y, de inmediato, te conviertes en un filoterrorista carente de empatía. Pues mire usted, las heroínas de Corín Tellado también lo pasan muy mal y me la pelan muchísimo. La empatía no significa comulgar con las ideas o las acciones del otro, significa ponerte en su lugar y tratar de entender el porqué de las mismas. ¡Especialmente si el otro es un personaje de ficción!

Si quieren la gran novela sobre Euskadi, esa es Verdes valles, colinas rojas de Ramiro Pinilla. No es fácil de leer y, desgraciada o afortunadamente, salió en Tusquets antes de que Planeta añadiera la editorial a su inmensa órbita. Además, es una novela que no emocionaría ni a Spielberg, que es de lágrima fácil. Y quién vende eso y quién hace una serie de televisión como van a hacer con Patria y cómo monetizamos entonces la producción cultural. Si es que así no se puede crear riqueza…

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