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En la Paz de la Nocturnidad

Por Antonio Anguita Lebrón - Abril 26, 2017
En la Paz de la Nocturnidad
Antonio Anguita relata uno de sus viajes, la unión de la paz y la nocturnidad. Fotos: Antonio Anguita Lebrón.

Llevaba toda la tarde pateando y trepando por un terreno más que abrupto por uno de mis rincones predilectos del sur de la provincia de Jaén. Tras haber ascendido y descendido por senderos inusitados e intuidos de una de esas montañas que me quedaban pendientes por la zona, estaba ya casi llegando a la furgoneta. Con el sol escondido ya hace rato, fueron en esos últimos metros ya saliendo del Cañón de Pitillos cuando las fuerzas comenzaron a decaer bruscamente. Y era en ese momento, al anochecer, donde comenzaba la tarea que había venido a realizar. No tenía ganas de nada, tan solo quería comer algo y descansar.

Pero no quería que fuese así, de momento. Con el entorno totalmente ensombrecido apurando los últimos minutos de tenue visibilidad, me dejé caer por una pronunciada ladera a lo más profundo del valle de Valdearazo. A ver si podía acceder con la furgoneta de algún modo e investigar las posiciones de mi primera sesión de fotografía nocturna. Un tipo de fotografía que lleva tiempo picando mi curiosidad y quería estrenar en tan distintivo paraje.

Por una escueta pista entre pinos y álamos conseguí bajar la furgoneta a la misma orilla del río Tercero. Un pequeño dique me posibilitó cruzar al otro lado del río con todos los archeles necesarios para resolver aquella nebulosa ecuación: trípode, cámara, manos frías, cuerpo destemplado y algún resquicio de intuición que todavía andaba por ahí. Para aunar dentro de un marco rectangular parte del universo estelar que posaba sobre mi cabeza. Y ahí estaba, en la paz de la nocturnidad, toqueteando botones casi sin saber. Esperando a ver qué me mostraba el sensible y efectivo “ojo” de mi compañera.

 En lo más profundo del Valle Valdearazo.
En lo más profundo del Valle Valdearazo.

Y bueno, independientemente del resultado de mi asamblea con las estrellas, lo cierto es que el día fue perfecto para que yo aprendiera y tomase buena nota de que no es lo mismo estar al borde de un precipicio, en llano, que estar al borde de un precipicio, en pendiente y pisando una lengua de piedras derrubiales. Situación que unas horas antes me suministró una buena dosis de adrenalina y me recordó el consiguiente riesgo que entraña aventurarse solo en las montañas.

También aprendí que no es lo mismo ir al abrazo de cimasyvalles para hacer deporte, que salir a hacer fotografía. Que igual tengo que relajarme y centrarme más en una cosa u en la otra, centrar mi mejor atención en lo que estoy haciendo. Dedicando más tiempo y energía a la actividad que elija, encontrar el equilibrio entre pasear mis extremidades por misteriosos huecos en las paredes y construir buenos marcos fotográficos cuando se apagan las luces. Luces que dejan al descubierto las luces de la otra cara del cosmos. Pues la diferencia entre el día y la noche es la diferencia que nosotros queramos ver.

 La Peña del Palo.
La Peña del Palo.

Al final, satisfecho, pero muy cansado, arranqué la furgoneta y regresé a dormir al punto de partida algo más elevado y cálido, pues al lado del río el frío acaecía notablemente. Ya sí, tocaba descansar. No creo que me aburra de volver una y otra vez a los heterogéneos espacios de percepción que propone este peculiar cañón de la Sierra Sur de Jaén. La Peña del Palo y sus figuras de ajedrez. Buenas Noches y hasta otra.

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