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Un matrimonio de permanencia

Por Antonio Pulido Casas - Febrero 01, 2019
Un matrimonio de permanencia
Domenech, en acción.

El 21 de mayo de 1988, sobre las ocho de la tarde, el sacerdote de la iglesia de San José y Espíritu Santo, en Córdoba, dedicaba unas últimas palabras en la ceremonia religiosa que estaba a punto de concluir. Antonio y Pepi se personaban frente al altar en su nueva condición de recién casados, aunque el párroco allí presente desvió el discurso hacia otra materia que merecía mayor importancia y urgencia en aquel momento. Agradeció a la esposa que diera el visto bueno, además de tratar de instar a los invitados a que comprendieran la situación del neófito marido y perdonaran que se ausentara unas pocas horas después: el Autoescuela Séneca se jugaba la permanencia en División de Honor a la mañana siguiente en Irún, a más de 600 kilómetros del banquete que allí se celebraría. Como si Dios también fuera cordobés. La pareja se fue en plena barra libre.

"Tuve que dejarlos en la discoteca. Fui a cambiarme y un taxi me recogió en la puerta para llevarme a Málaga. Cogimos un avión a Bilbao y allí teníamos un coche para llegar a Irún. Dormí poco más de una hora y llegué a 30 minutos de que comenzara el partido", recuerda Antonio José Hidalgo Domenech más de tres décadas después de la odisea que le llevó a dejarse el traje y vestirse de corto en apenas unas horas, con el beneplácito de su mujer, que antepuso la pasión y la profesionalidad con la que su ya marido afrontaba el fútbol sala. Domenech era el máximo exponente de una plantilla integrada en su totalidad por cordobeses, que habían ascendido desde la Liga provincial hasta la máxima categoría en pocos años, siempre juntos. "Éramos un equipo muy humilde frente a presupuestos más grandes. Nadie cobraba. Nos costó tantísimo enfrentarnos contra los mejores que no podía abandonar al equipo en el partido decisivo, sentía que me debía a ello", continúa.

No era uno más, era el jugador que colaboraba en más del 70% de los goles —aquella temporada anotó más de 40, sólo superado por Álvaro, del Interviú— y reconocido por todos los que se medían al cuadro andaluz. De hecho, el equipo vasco, al conocer quién contraía matrimonio el día anterior, se negó a devolver el favor que los cordobeses le habían brindado en la primera vuelta: el Autoescuela Séneca accedió a jugar entre semana para que su rival, que también disputaba otro encuentro por el sur esa semana, no debiera recorrer demasiada distancia y solventar sus compromisos en pocos días. El trato consistía en ofrecer las mismas facilidades en el último encuentro, lo que no se tuvo en cuenta cuando era la permanencia la que estaba en juego, por lo que se instauró la amnesia generalizada y poner las mayores trabas posibles para que Domenech no arribara al pabellón a tiempo.

 Formación del Autoescuela Séneca. Domenech, el tercero por la derecha en la fila de arriba.
Formación del Autoescuela Séneca. Domenech, el tercero por la derecha en la fila de arriba.

Pero no, nada le paró.

A las 11:30 horas atravesó la puerta del vestuario, con el asombro correspondiente dibujado en cada una de los rostros de sus compañeros: "Ninguno de los jugadores lo sabía, se llevó todo en secreto. Firmamos un pacto de no contarlo a nadie. Fue una sorpresa, el pabellón estaba a reventar y empezaron a maldecirnos. El empate no nos valía. Era ganar o ganar. Había una gran expectación en Córdoba. Por suerte, nos impusimos por 1-3 y metí dos goles". Lo cuenta como si no conllevara esfuerzo cruzarse el país, apenas descansar y solventar uno de los choques más determinantes del fútbol sala cordobés —siendo pieza clave, además—.

Después hubo que celebrarlo, claro.

"Como salió tan bien la cosa, el presidente nos invitó dos o tres días a San Sebastián a mi mujer y a mí, al menos como regalo de boda. Pepi me conoció siendo deportista y siempre le agradeceré que lo entendiera", resume. Domenech no entendía otra forma de jugar al fútbol sala que no fuera la disciplina, por eso no le importaba hacer doble sesión de entrenamientos en pretemporada: una, sobre las seis de la mañana, antes de entrar en la entidad bancaria donde todavía sigue, y otra, a la tarde, después de varias horas en su puesto de trabajo. Todo un ejemplo.

"He conocido pocos jugadores con la mentalidad, dedicación y entrega que tenía Domenech. Hasta para retirarse fue honrado, pues arrastraba una lesión y decidió no continuar al ver que no podía dar el 100%. Dicha decisión causó un impacto tremendo en la ciudad por su condición de estrella mediática del fútbol sala cordobés. Es un jugador todavía hoy inigualable para muchos", apunta Serafín Ordoño, el hombe que con más autoridad puede hablar de la disciplina en Córdoba, pues ha acunado y seguido con cariño su desarrollo en dicha provincia, además de escribir el libro que así lo resume (Fútbol Sala Cordobés. Treinta años de Historia). Para calibrar la magnitud de la figura de Domenech, Ordoño organizó una votación de los mejores jugadores de siempre en la zona, lo que 25 años después supuso un reconocimiento al jugador, que se equiparó a votos con el internacional Bebé.

 Serafín Ordoño y Antonio Domehech.
Serafín Ordoño y Antonio Domehech.

Domenech continúa en los recuerdos de quienes vivieron una época de incipiente éxito cordobés en el fútbol sala, que después se tradujo en equipos de envergadura como el Aquasierra, Adecor o Apademar, además de servir de caldo de cultivo para las generaciones venideras, representadas por nombres como Rafa López, Solano, Lolo Urbano, Carlos Barrón, Andresito, Boyis o el propio Bebé. Antes de ellos, Domenech fue abriendo el camino y fomentando la afición al deporte. En mayo de 1988 contrajeron matrimonio Pepi y él y, de cierta forma, Antonio también acabó casándose con el fútbol sala.

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