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El Robinson de verano

Por Francisco López Góngora - Agosto 14, 2019
El Robinson de verano
Local cerrado en la calle Bernabé Soriano. Foto: Esperanza Calzado.

Mi carnicero se marchó hace diez  días, y, de acuerdo al cartel que ha colocado en la puerta, volverá en los albores del mes venidero. Mi peluquero también cierra quince días en agosto. Los bares donde me entrego a la costumbre local del tapeo han seguido el mismo camino, el camino del hotel en primera línea de playa, o de la piscina en las afueras. Los bares donde no tapeo, también. Doy una vuelta por el centro de Jaén agobiado por el calor nocturno y acabo dando con mis huesos en una terraza para valientes, a treinta y un grados a las once de la noche, y les comprendo. Yo también me iría. 

Encuentro la cafetería donde suelo desayunar cerrada a cal y canto, en una clara invitación a la infidelidad y yo me entrego resignado a amores de paso que me ofrecen viandas que no cumplen los estándares de mi desayuno habitual, marital, casto. Por qué iba a saber esta señora que yo tomo el café con poca leche, o doble de azúcar, o con sacarina. No me conoce. No sabe si me gusta la tostada integral, o chapata, o de pan blanco. Somos extraños en la ciudad sin gente, condenados a compartir torpezas en el encuentro ocasional.

Las deserciones de nuestros proveedores habituales nos obligan a modificar nuestros hábitos, nuestra alimentación, nuestras rutinas, nuestros sagrados templos del tapeo. Dejamos de ser habitantes y nos convertimos en extranjeros, en turistas en nuestra propia ciudad. Turistas deshidratados, acalorados, picajosos, que deambulan por las calles buscando sustitutos de nuestras querencias, agua fresca en la ciudad despoblada, familiaridad en lo extraño.

Me alegro por quienes se hallen de vacaciones, aunque confieso que los imagino aburridos, panza arriba, el día entero en la piscina del hotel atestada de niños chillones y salpicadores, atiborrados de esa abundancia mediocre de alimentos del buffet libre, con la ansiedad devoradora de quien tiene que amortizar el dineral que cuesta el hotelito  y se ve inmerso en un maremágnum desenfrenado de gentes en chanclas y bañador que se mueven en el hormiguero de comensales visiblemente alterados por el ruido, por las dimensiones escurialenses del comedor, por la falta de intimidad, todos engullendo con prisa gallinácea, con furia, para acabar con las panzas abotargadas, hastiados de no hacer nada salvo meterse comida en la tripa y remojarse en la piscina de vez en cuando,- habrá que bañarse, se dicen obligados-, con gesto circunspecto, de leve malestar, achicharrados por el sol inmisericorde en las zonas que no alcanzó la crema solar con su manto protector. 

No es que desee que se les atragante el pinchito de frutas cortadas que sirven a quienes lucen la pulsera del todo incluido, no. Ni que les compadezca por tener que tratar veinticuatro horas al día con el pariente o la parienta, —o ambos en caso de trío mixto—, en este bendito mes de agosto. Sólo les digo que tengan cuidado, que tanto joe lo mucho como lo poco y que cuesta acostumbrarse a compartir todas las horas de todos los días con la pareja, esa persona que saludas entre semana y con quien haces algo los sábados durante el pacífico periodo laboral y que ahora está ahí siempre, y no pocas veces de uñas por cualquier cosa. Por algo agosto es el mes del año en que más separaciones se producen; los que se van de vacaciones juntos, por exceso de trato, y los que se quedan en la ciudad dando el callo y deambulando sin rumbo, porque no se han ido de vacaciones. 

Quizá sea una maldad, pero imagino que les cae un chaparrón inesperado una mañana soleada de  agosto, con lo que deprime un chaparrón,-con truenos a ser posible- los ánimos playeros, o, no lo quiera el diablo, que hincada la sombrilla a las nueve de la mañana en el sitio deseado, en primerísima línea de playa, tan primerísima que si estiran el pinrel, lo remojen en el mar cual sopa de pan en la salsa, lo que acaricie sus dedos gordos sean medusas del tamaño de un doberman, una plaga de medusas que explica por qué no hay nadie sentando sus reales en la playa urbana tan atestada otros días a estas horas. 

—Si miraras la app de medusas en Google…añadirá el/la pariente/a, que en eso de tocar las narices existe paridad e igualdad cien por cien.

No, yo no le deseo mal a nadie, ni rezo para que el tiempo empeore y tengan que volver las miles de personas que tienen casería o chalet con piscina en la periferia de la ciudad, o en el pueblo, aunque bueno, si es irremediable y tienen que volver, que se consuelen sabiendo que se libran de las legiones que okupan el chalecito los fines de semana, que no hay quien se meta en la piscina, qué familia más grande, madre del amor hermoso, hay más gente en el agua que en las noticias de bañistas chinos enlatados uno con otro, como sardinas, que ponen en el telediario.

No, no, yo quiero que disfruten todos mucho, que se lo pasen fetén, que regresen con las pilas cargadas, en la frase hecha. Qué demonios significará eso de las pilas cargadas realmente. Como que no sé yo que en realidad, con tanta inactividad y tanto gofre, se pasan medio mes pensando en una tabla de salvación, en ese espacio temporal que define una de las palabras más feas del diccionario: septiembre. Tan tristes que mientras comen a lo bestia se autoengañan diciéndose que se van a apuntar al gimnasio a la vuelta de las vacaciones. De buenos propósitos está el mundo lleno, pero los gimnasios no se llenan con buenos propósitos.

Ya he escrito la palabra maldita. Septiembre. Horrenda, sobre todo después de unas vacaciones, de unas pilas cargadas de horas y horas de aburrimiento dándole vueltas al melón, y es sabido que cuando el melón da vueltas, malo. 

Por eso yo no me voy de vacaciones. Para que no me de bajón, para librarme de los estreses postvacacionales. Venga carnicero, posadero, churrero, peluquero, volved todos, aquí os espero con mi poquito de resentimiento pero con los brazos abiertos, ansioso por tomarme un café bien hecho, como a mí me gusta, con la tostada buena y no el pan seco que me estoy desayunando estos días, que me estoy quedando en los huesos, el pelo sin cortar, la barba larga de profeta o anacoreta, ávido de una cerveza bien tirada con la tapita que me gusta, hecho un ecce homo, un robinson de verano desde que me echasteis en el abandono, que cantaba El Cigala en Lágrimas Negras

Ardo en deseos de que me contéis vuestras andanzas veraniegas, el resumen edulcorado de grandes momentos, el tráiler de la película veraniega que traéis ensayado a modo de coartada, repleto de días contemplando puestas de sol a pie de mar bebiendo daiquiris junto a medio millón de personas en las Gandías o Esteponas o Roquetas del Mar del mundo, aguantando a la familia, al ser más difícil de aguantar, que es uno mismo, hartos de la prisión de la tumbona, del runrún de los propios pensamientos al ritmo de las olas.

Ya, ya, responderé con la mejor de mis sonrisas, unas vacaciones idílicas, en familia, mientras noto en esa mezcla indescifrable de decepción existencial y hastío en las miradas, ese ni agosto ni septiembre, ni con familia ni sin familia, ni de vacaciones ni trabajando.  

—De tapita ponme bravas, Manolo, que ya sabes lo mucho que me gustan las bravas que ponéis aquí, le diré para animarlo. Y Manolo apartará de sus pensamientos las vacaciones, meneará la cabeza, emitirá un hondo suspiro y tras él, palillo en mano, con el arte que tiene, me pinchará unas bravas con tomate Orlando que no pica nada, como a mí me gustan, y aunque no se le trasluzca en la cara porque Manolo tiene cara de doberman, como las medusas de la plaga playera, por dentro sentirá un inmenso alivio.

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