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Polímata

Por Rosa Martínez de Antoñana - Junio 04, 2019
Polímata
Imagen: YouTube / GROOVE X, Inc.

Dicen que existe la costumbre en la Universidad de Stanford de llamar “fuzzy” a sus estudiantes de las carreras de humanidades y ciencias sociales, y “techies” a quienes andan en ingenierías y ciencias duras. La anécdota no la he vivido personalmente, pero así la cuenta Scott Harley en su libro The Fuzzy and the Techie: Why the Liberal Arts Will Rule the Digital World (2017). Así que podemos dar por bueno el que nos llamaran a unas difusas y a otras “tecnologinas”, por buscar una traducción que por muchas vueltas que he dado a la RAE no he encontrado, si nos matriculamos allí (no me digáis que nerd, o geek o friki valdrían, ni es lo mismo ni es igual).

Por aquí podría ser una opción tan válida como cualquier otra para entablar conversación. Tú, ¿de Cersei o de Danaerys? ¿De Slicery o de Gryffindor?, ¿Del Barça o del Madrid? ¿Fuzzie o Techie? ¿De ciencias o de letras? Y quienes tenemos el corazón partido, sudamos ante esta pregunta. Pues mira, ni la pregunta es adecuada ni la respuesta tan simple. Y ahí se secan de raíz las posibilidades de un final feliz esa noche, pero puede ser el comienzo de una colaboración en LacontradeJaén mucho más feliz.

Polímata es como se denomina a la persona que abarca conocimientos e intereses en disciplinas diversas. A nivel formal, nuestro modelo actual lo pone bastante difícil. STEM, ciencias sociales, de la salud o humanidades. Hay que elegir. Y no con 25 años, ni siguiera con 18. Empezamos a elegir con 12-13 años. Así nos va después, con unas lagunas que ni el mar muerto… Pero también es verdad que jamás como ahora, las posibilidades de aprender, dentro y fuera del ámbito académico, sobre materias que en principio no estaban en tu itinerario curricular. Nada está vedado. A menos que tu interés por aprender se mida por el tamaño del titulito que enmarques. Para quienes se sienten más de letras, la simplicidad creciente de uso de la tecnología hace posible que se pueda aplicar, combinar y sacar partido a la misma sin saber los entresijos de construcción. Para las y los más tecnófilos, a su alcance gente experta y apasionada abriendo nuestra mente al fascinante mundo de la historia, la política, la sociología, la economía, el arte, la música… de formas antes impensables (blog, webinars, podcast, vídeos...). En mi mesa de trabajo conviven sin problema apuntes sobre blockchain, lean, kanban y filosofía helenística. Y no muy lejos comparten estantería elfos oscuros, replicantes y Maquiavelo.  Pero esto va más allá del interés personal de crecer y saber.

Harley, el autor del libro, insiste en que hay una falsa dicotomía entre la educación STEM  (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) y la humanística, porque se pueden -y se deben- estudiar y mezclar las dos. Según él, necesitamos más “techies” en instituciones tradicionalmente muy “fuzzies” como la Administración Pública, y también más “fuzzies” trabajando en compañías tecnológicas. Yo también lo creo. Que unos sin los otros vamos cojos.

La realidad es que los avances en tecnología, ya pienses en aplicaciones móviles, en brazos robóticos que operan, en coches autónomos o en asistentes virtuales, no se realizan exclusivamente por equipos de ingenieros. Hay especialistas de lingüística, psicología, antropología, filología, pedagogía, agronomía, medicina, estadística, arte, guiones, biología, derecho, comunicación y todo el abanico de conocimientos e -ías que puedas pensar. El juego de Assassin´s Creed Origins sin equipo de historiadores y egiptólogos detrás sería un fiasco absoluto. 

Estudiar psicología puede ayudar a construir servicios que sintonicen mejor con las emociones y las distintas formas de pensar. La antropología y la sociología es sumamente útil para comprender las tendencias culturales, así como identificar patrones sociales en el comportamiento. Difícil tener una conversación con un robot medio decente sin lingüistas detrás que comprenden el lenguaje natural. El desarrollo tecnológico de los coches autónomos no es solo una cuestión de ingenierías y programación, sino también de entender el comportamiento de quien está al volante y peatones. Para resaltar esa necesidad de complementar el conocimiento para llegar más allá, son famosos los casos de Tinder, la aplicación de contactos, que contrató a una socióloga para que ayudara a la compañía a comprender los patrones a la hora de ligar. O Slack, que cuenta con licenciados en Artes Teatrales para crear los mensajes que envía la plataforma para generar más implicación y simpatía.

Pero además de necesitar perfiles diversos para conseguir productos o servicios que solucionan problemas de personas (sea cual sea la naturaleza o gravedad del problema), las nuevas tecnologías se relacionan con las personas. Con todas las implicaciones éticas y morales que esto conlleva. Con implicaciones para elegir qué mundo queremos vivir.

Eso es así porque encontrar soluciones a problemas requiere una comprensión profunda tanto del conocimiento técnico que permite dominar la tecnología, como del contexto humano donde se desarrolla. Es evidente que hay múltiples beneficios en la recogida y procesamiento de datos, pero necesitamos también una ética para usarlos. Los avances en ciencias de la salud y de la vida son innegables, pero en ocasiones corren más que la reflexión sobre su aplicación o sus consecuencias. Hay que cuestionarse los sesgos implícitos que contienen los algoritmos, y preguntarnos no sólo cómo se han construido, sino también por qué y para qué.

¿Saben aquel de una jurista, una filósofa y una ingeniera…? Tranquilidad. Soy malísima para los chistes, pero a cambio les contaré algunas de esas discusiones tan animadas que están hoy en día encima de la mesa: los coches autónomos y el dilema del tranvía, crisper o el corta y pega de genes, la humanoide Sophia y su pasaporte saudí, la corta vida de Tay en Twitter, sobre el algoritmo que no me contrató o por qué nos pasamos la vida buscando alguien que nos mire como Lovot te mira.

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