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El hombre al que faltaba espacio en su sombra

Por Manuel Molina Glez - Abril 11, 2017
El hombre al que faltaba espacio en su sombra
Molina Glez aborda la figura de Miguel Hernández y su impronta en Quesada.

Miguel Hernández en Quesada

El viajero atraviesa la monotonía del mar de olivos que crece en las lomas de la campiña jienense y recuerda un poema machadiano en el cual el tren es protagonista con su cadencia lenta y rítmica reproducida en los versos. Es curioso que una tierra de paso haya albergado tantos escritores ilustres. Acompaña la reproducción de unos versos del poeta oriolano en voz de Carmen Linares, emocionantes, ahora himno rebelde de una provincia amansada, vaya paradoja. La segunda parte del poema parece aletargada y casi tratada de puntillas, la primera sí se repite a voz en grito en colegios, institutos y demás instituciones. “No los levantó la nada…”. Cómo ha cambiado el cuento ahora la subvención planta olivar y arranca cereal. Los andaluces de Jaén empleados en el duro tajo viven más tranquilos que los cantados por el poeta, los grandes terratenientes, también. ”Jaén, levántate brava/ sobre tus piedras lunares,/ no vayas a ser esclava/ con tus olivares/” Sí, esos versos están en el poema-himno.

Ante la sierra azulada se distingue un pueblo blanco, aparece erguido y bien cuidado sobre un lateral, es la parte que corresponde al barrio de La Villa. El viajero sube hacia él y callejea disfrutando de su zigzagueo, de los rincones de macetas, cuidados con mimo de tal modo que existe un momento en el cual no se sabe si caminamos por una calle pública o un patio privado. Buena conjunción. La belleza sencilla siempre amamanta el espíritu del viajero que reconoce el arte integrado en la vida diaria, entre la cal y el verdor de las plantas con la explosión primaveral de las flores. “¿Quiere una foto?”—inquiere una mujer de mediana edad ante mi detenimiento en una reja florida. “Pues, venga” —contesto a sabiendas de que no es lo que busco porque el recuerdo ya se ha instalado en algún lugar de mi cerebro. Ahora bien, el cuidado del espacio primoroso no debe estropearse con la descortesía. “¿Le hago a usted una?”—propongo. “No, qué vergüenza, qué va y vestida así”. Sea.

Llego ante las puertas del Museo Rafael Zabaleta y Miguel Hernández atravesando un luminoso parque que arracima las copas de los árboles para crear una cúpula vegetal sobre él. Un buen invento de quien fuese el creador, abierto en invierno, cubierto en verano. Ha huido de lonas, maderas tratadas y zarandajas vanguardistas, recurriendo al sentido común, verdaderamente extraño en un urbanista de siglo XXI. Ya en el recinto el viajero comienza a circular por un espacio reconocido, el que alberga los cuadros del pintor Rafael Zabaleta. Curioso este hombre, un poco rarito y moldeable, con permeabilidad a lo que le rodeaba, se dejaba influenciar y luego, a la vez, parecía esconderse. No sé la causa que le impidiera irse del terruño y entregarse a su vida en lugares cosmopolitas o tal vez más abiertos que la Quesada de posguerra, pero iba y venía y supongo que en el camino se entretenía. Tal vez la etapa que más gusta al viajero sea la de color casi plano y trazo grueso de línea negra con creaciones un tanto cubistas, destacando un fauno entregado a la fruición con una mujer o los retratos de campesinos siempre hieráticos y colmatados de tristeza. Pero veníamos por lo del poeta.

El primer encuentro del viajero con su obra fue en el instituto donde tuvo la suerte de ser alumno de una profesora que sentía pasión a la vez por la docencia y la literatura, lo que se transformaba en la misma pasión multiplicada a la hora de enseñar. En clase se desgranaba y reproducía la poesía de un poeta rebelde que había muerto en la cárcel, un niño que se formó a sí mismo y conoció el fracaso con sus sombras, el paso duro del involuntario catetismo a cierto refinamiento ilustrado. El pueblo y la ciudad germinando en el niño cabrero. Leo que no fue tanto como dicen, pero tan solo lo que fue merece reconocimiento. Un video recibe al visitante, un rápido paseo por la vida del poeta, casado con una nacida por casualidad en Quesada, Josefina Manresa. Poca relación tuvo con el pueblo en el que ha venido a parar su legado, pero la vida es insondable e inescrutable. La primera vez que el viajero apreció algo real del poeta fue en Salamanca, donde residía,  en una exposición de algunos objetos que hoy vuelven a exhibirse en este museo y entonces causaron tal impacto que hubo de ser visitada en dos ocasiones, ya que la primera con el original de la “Nana de la cebolla” se inundó el mundo de acuoso dolor compartido. Tanta dureza en algo tan sencillo y primoroso.

Tal vez ahora más curtido y leído el viajero se parapeta de la adversidad y la degradada condición humana con el conocimiento de lo expuesto y recuerda la ayuda de Vicente Aleixandre, al que se olvida con injusticia, alertando a la esposa sobre el valor del legado y aconsejando su escondite que tan bien burló la búsqueda de las almas negras que lo querían destruir. Aleixandre, es más, mantuvo a esa familia para que sobreviviera. Un gesto enorme por su parte muy distinto al de Lorca y Alberti que aparecen expuestos como amistades. Vaya, para qué quiere uno enemigos si ya tiene esos amigos. Me gusta el museo porque valora un hombre que se preocupó por los demás y desde la poesía cargó su arma de futuro, él lo veía en su Manolillo. Lo que chirría al viajero es que se intente amansar su figura con el buenismo de nuestra sociedad, pero será difícil, sobre todo para quienes lo lean, porque siempre tendremos algo que hablar con él, compañero del alma, compañero.

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