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Tafur, Tafur

Por Jesús Tíscar - Diciembre 28, 2017
Tafur, Tafur

Andrés Ortiz Tafur es un escritor de Linares que vive por ahí por la sierra y que tiene la culpa de que ya no podamos ver por la tele a una tía dando el tiempo sin pensar que esa tía del tiempo tiene coño. Así es la cosa. Andrés Ortiz Tafur posee uno de esos segundos apellidos que sin más remedio hay que repetir al pronunciarlos, Tafur, Tafur, uno de esos escritores altos y con gafas a los que uno imagina cascando mucho con los viejos de la sierra y enamorando a las muchachas de la sierra y organizando los tomillos y jarales y pepinicos del diablo de la sierra en columnas de a once, también entrando a los bares de la sierra en busca de Fulanito a ver si se le arregló eso, pues no me cabe duda de que Andrés Ortiz Tafur —Tafur, Tafur— es uno de esos escritores de la sierra a los que les preocupa que a Fulanito se le haya arreglado eso o no se le haya arreglado eso, cosa que envidio porque a mí me suele dar igual. Yo ya no me acuerdo de cuándo y cómo conocí a Andrés Ortiz Tafur. En la sierra seguro que no fue. A mí, la sierra, quitando las migas y las pajas en las higueras, no me tira mucho porque se utiliza demasiado la palabra “cepellón” y porque siempre hay un tío con la boca blandurria que me da la brasa explicándome cómo se curan los alcaparrones, siempre, siempre el mismo tío en todas las sierras, nada más llegar o incluso cuando estoy en la higuera, a saber cómo lo hace; pero de lo que sí me acuerdo, ¡vaya si me acuerdo!, es de que me agrada conocerlo, de que Andrés Ortiz Tafur, Tafur, Tafur no es uno de esos pavos que cuando los ves aparecer piensas “vaya por dios, maldita sea mi suerte” y a continuación les dices “¡dichosos los ojos, qué alegría!” y los abrazas como si quisieras integrártelos en el organismo. No, no, no. Y sé por qué es. Y lo explico. Tú verás. (Tú veréh, tú veréh, que dirían en las sierras de Tafur-Tafur y aquí en Murcia, mi tierra natal.) Andrés Ortiz Tafur no tiene la pinta ni las trazas ni la pose de haber escrito Tipos duros, uno de los mejores libros de cuentos que he leído, de los más disfrutados, de los más mecagoenlahostia, y a mí es que me fascina la gente que no tiene pinta de haber hecho lo que ha hecho, de hacer lo que hace, ya sean escritores, asesinos, relojeros, biólogas, actores, curadores de alcaparrones o lo que sea. Me fascina el desconcierto, pudiera ser, pudiera ser que me fascine el desconcierto. Leyendo Tipos duros, los desconcertantes relatos de Tipos duros, he tenido la sensación permanente de que el autor era un tahúr (tahúr Tafur) resabiado y medio pellejo, temible, que repartía los naipes como los repartiría una cobra mientras decide para sus adentros a quién le va a pegar la picotá, esto es, iniciándote e invitándote a una mano que en realidad es lo de menos porque lo importante es que pierdas: que te hipnotices y hasta te marees observando el hábil reparto y pierdas. Sí, Tipos duros es como una reunión de 20 tipos que se creen duros y que juegan o creen que juegan a las cartas, pero que, de momento, sólo las reciben. Hay otro tipo, el 21, la cobra tahúr, con la baraja entre los colmillos, y ese sí es duro de verdad, ese es un cabrón que escribe tremendo, el autor, ese es Andrés, el Tafur-Tafur, y no lo parece, no lo parece porque, después, Ortiz, pese a lo Tafur que es, pese a lo de Linares que pinta, luego de haber escrito Tipos duros, se va a cascar con los viejos de la sierra y a enamorar a las muchachas de la sierra y a formar a los tomillos de la sierra y a preguntar en los bares de la sierra si a Fulanito se le ha arreglado eso o no se le ha arreglado eso a Fulanito. Con el relato La chica del tiempo, así se lo dije a la cobra tafur, me tuve que tapar la boca con un cojín porque estaba rodeado de gente en siestas y no veas cómo se ponen, peor que yo, pero era una risa histérica, era la risa del picado, la risa del perdedor.

(“Tipos duros”, de Andrés Ortiz Tafur, está editado por La Isla de Siltolá, colección Nouvelle, número 10.)

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