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Todo corazón

Por Antonio Pulido Casas - Septiembre 21, 2018
Todo corazón

A Sergio no le tocaron la válvula el 13 de diciembre de 2004. Tenía la anestesia todavía bailando en su cuerpo, después de abrirle el pecho en dos, cuando despertó por vez primera y preguntó por ella: no requirió intervención. Podría volver a jugar profesionalmente al fútbol sala. Justo tres meses antes, en otro 13, el de septiembre, le detectaron una dilatación de la aorta ascendente del corazón con una anomalía en dicha válvula, siendo bicúspide en lugar de tricúspide. Era raro. Tenía que parar por no sabía cuánto. No se trataba de una fractura de hueso o un músculo sobrecargado: tenía lesionada la vida. El día 13 —también— de octubre confirman que deben operarle.

En el mejor momento de su carrera, con el Mundial de Taiwán a las puertas y la vitola de ser premiado como el mejor guardameta de la última temporada en la Liga Nacional de Fútbol Sala, al guardameta le ponen la mano en el pecho para que frene. No hay manera de atajar ese balón. "Sergio tiene algo" fueron las palabras que el doctor pronunció a sus compañeros durante las pruebas de esfuerzo previas al torneo que se disputaría en el continente asiático. No viajaría con la selección a ese campeonato ni al siguiente Europeo. "Todos se fueron a la residencia en Las Rozas y yo me fui a casa tras saber el resultado del ecocardiograma. La salida de la aorta la tenía muy dilatada, como las paredes de un globo, no aguantaban tanta presión y podrían terminar por romperse. Era el momento de parar por la peligrosidad", recuerda Sergio.

Al salir del quirófano y reincorporarse, preguntó en qué punto estaba su carrera deportiva, si seguido o final, y desde ese momento empezó la pretemporada más dura de su carrera. "Te quedas hecho una 'piltrafilla'. Menos mal que el cuerpo tiene memoria y enseguida nos ponemos a tono. En abril o mayo estaba empezando a hacer pequeñas caídas, a trotar y demás, pero sin jugar. De hecho, sufro como un enano mientras mis compañeros del ElPozo Murcia ganan la Liga", prosigue. Pero Sergio no volvería a competir al alto nivel hasta el 18 de febrero de 2006, 17 meses después de que su carrera estuviera a punto de romperse. Salió desde el banquillo, alcanzó una pelota que revoloteaba por el Palacio de los Deportes y celebró el único gol de su trayectoria ante el Barcel Euro Puebla gallego, el gol de su vida.

Se adentraría más tarde en las plantillas del Polaris World Cartagena y el Playas de Castellón con un dorsal en común: el 13. "Es curioso, porque hay cosas que después de la operación he olvidado y recuerdo vagamente, tengo esas lagunas, pero lo elegí a conciencia porque es un número mágico para mí", asegura. El ritmo en Cartagena fue altísimo, con una plantilla que demandaba los títulos que exigían sus nombres, y al llegar a la capital castellonense había tomado la decisión de que iba a ser su última travesía dentro de las pistas nacionales. "Te vas vigilando para ver cómo tu cuerpo responde. Tantísimo esfuerzo no me venía del todo bien, por eso ficho por sólo una campaña. No me notaba nada malo, pero llegué a un acuerdo con los médicos para no forzar una situación de la que ya me habían cogido a tiempo. Era absurdo arriesgar. Todavía me quedaba media vida haciendo cosas", recuerda diez años después, con la satisfacción de haberse ido al nivel que deseaba y con la misma sonrisa de siempre.

A Sergio le dio tiempo de ganar una Liga con el equipo de toda su vida, el ElPozo, perder la siguiente ante el mismo y retirarse, en mayo de 2008, en una tanda de penaltis, también contra sus excompañeros. Álvaro Aparicio fue uno de los que se acercó hasta el punto de seis metros, con los pasajes de una vida en común desde pequeños, en las categorías inferiores del Interviú, así como en la selección y en el conjunto charcutero. Un amigo frente a otro. "Me sobrevino una sensación: ¿disparo colocado a un lado o la rompo? Le había visto la cicatriz de arriba a abajo y era inevitable que aparecieran esos pensamientos, por algún casual darle en el pecho", rememora Aparicio, uno de los hombres que estuvieron cerca de él cuando se le detectó la afección.

Sergio tiene la marca de la incertidumbre en su cuerpo y la de sus compañeros en el corazón. 'Sergio, estamos contigo' se leía en una camiseta que Fran Serrejón y Kike Boned sostenían en un podio de Taiwán, con la medalla de oro colgada del cuello y la segunda estrella bordada...en el pecho. Apenas una semana después le abrirían el suyo de par en par y de alguna forma viajó en pensamiento miles de kilómetros para coger el ánimo. Julio García Mera era el capitán de aquel grupo: "Esta baja era una cuestión que iba más allá de lo deportivo: estaba en riesgo la vida de nuestro compañero. Se convirtió en un tema tabú. Me explico: todos éramos conscientes de la ausencia, pero apenas se hablaba de ello. Quizá por miedo. Así que cuando conseguimos el objetivo, el primer pensamiento de todo el grupo humano tenía nombre: Sergio. Jamás pensó en lo que había perdido, sino en todo lo que había ganado".

Sergio Alonso se lanzó al mundo laboral a los 30 años, con una doble licenciatura de Actividad Física y el deseo de seguir colaborando con el deporte. Hoy sigue ayudando a sus compañeros como secretario general de la Asociación de Jugadores de Fútbol Sala (AJFS). También participó junto con el Comité Olímpico Internacional y colabora en diversos proyectos con el Consejo Superior de Deportes, sobre todo en las tareas de atención al deportista de alto nivel y a formar en desarrollo personal y retirada deportiva. Ayuda a progresar y avanzar como él hizo. Es todo corazón: "Me salvaron la vida. Fíjate qué fácil de asumir".

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