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Ciento cincuenta años sobre la 'piel' de El Abuelo

Por Javier Cano - Marzo 06, 2020
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Ciento cincuenta años sobre la 'piel' de El Abuelo
El Abuelo, sobre su antiguo trono, pasa por delante de la Catedral en la década de los 40 del pasado siglo.

La valiosa túnica ofrendada por la segunda marquesa de Blanco Hermoso a Nuestro Padre Jesús Nazareno fue estrenada en la procesión del Viernes Santo de 1870

El ajuar de El Abuelo es una colección de piezas histórico-artísticas de inmenso valor, en consonancia con la secular devoción de los jiennenses a la imagen anónima de Nuestro Padre Jesús. Túnicas, coronas, potencias, llaves, medallas, cruces... La relación de elementos que desde antiguo llenan los viejos arcones de la enlutada cofradía es larga y atesora tal encanto que merece la pena resaltar algunos de ellos (los más significativos e icónicos al menos) para constatar, de paso, la querencia de Jaén hacia el Señor de los Descalzos.

Entre esas maravillas, una destaca por derecho propio desde que el Viernes Santo de 1870 cubriese por primera vez la piel de pino de la anónima talla tantas veces atribuida a uno u otro autor como anónima hasta el día de hoy. Se trata de la conocida como 'túnica de la marquesa', en recuerdo de la donante, segunda poseedora del título de la casa de Blanco Hermoso, tan ligado a la capital jiennense.

Ana Josefa Muñoz-Cobo y García del Prado (titular desde el fallecimiento de su padre, en 1831, del marquesado concedido por el rey Fernando VII catorce años antes) unía a su aristócratica condición la sencillez de otro preciado título, el de camarera de El Abuelo. Mujer de posibles, a su generosidad debe la iconografía nazarena de los últimos ciento cincuenta años el rico aspecto que presenta la talla en las grandes solemnidades y en su legendaria procesión, habida cuenta la preeminencia de esta indumentaria sobre el resto de mantos durante largo tiempo.

Treinta mil reales de la época costó la pieza, labrada en la vecina ciudad de Granada, según consta en la documentación conservada en el archivo de la hermandad. Un fortunón que la linajuda dama desembolsó con un hondo y entrañable deseo, el mismo que nunca llegaría a cumplirse: ver a Nuestro Padre Jesús vistiendo esa túnica. Sí, desde los primeros meses de 1869 las gestiones de la marquesa con la cofradía para oficializar la piadosa donación no cesaron, acaso al mismo ritmo que la salud de Ana Josefa Muñoz-Cobo se debilitaba día tras día. Por fin, en septiembre, la hermosísima indumentaria entró a formar parte del tesoro nazareno. 

La vida de la aristócrata se acercaba a su término sin haber visto aún al Señor de Jaén revestido con el morado manto procesional, ni tan siquiera bendito aún a fuerza de ceremonias frustradas por las continuas recaídas que sufría la segunda marquesa de Blanco Hermoso.

 Aspecto actual del antiguo palacio de Blanco Hermoso, en la calle Ancha. Foto: Alicia Campos
Aspecto actual del antiguo palacio de Blanco Hermoso, en la calle Ancha. Foto: Alicia Campos

Por fin, el 12 de abril de 1870, Joaquín de Villena, deán de la Catedral, asperjó el agua sagrada sobre las vestiduras en un sencillo pero emotivo acto que tuvo lugar en el palacio de los Muñoz-Cobo ubicado en la calle Muñoz Garnica, justo donde hoy existe un establecimiento de artículos religiosos atendido, curiosamente, por una orden de evocadora denominación: las Nazarenas. De aquel noble edificio solo sobrevive su portada: dos soberbias jambas y un dintel almohadillados por los que, hace siglo y medio, salió, ya bendita, la nueva túnica. 

Justo un mes y once días después de aquella mañana, Ana Josefa Muñoz-Cobo y García del Prado dejaba este mundo; poco antes, el Viernes Santo de 1870, El Abuelo conquistaba las calles de Jaén vistiendo la 'túnica de la marquesa', la poderosa mujer que, herida de muerte, no pudo llevarse esa última y melificante visión en la memoria de sus ojos.

De la primitiva pieza, los jiennenses y los cientos de visitantes que no faltan a su cita con la Madrugada ya solo pueden admirar los bordados originales, que en 1982 fueron traspasados a un nuevo terciopelo por las manos labradoras de las dominicas (tantas veces custodias del ajuar de la imagen), dada la mala conservación que presentaba el tejido de 1869.

Si este año no llueve y el cortejo repite su mítico paseo por la ciudad, el hermano mayor de la cofradía (el único que tiene la potestad de elegir la indumentaria de la imagen para la procesión) haría un guiño a la historia si se decidiese por el histórico hábito. Y cuando el trono pase (si pasa) a la altura del número 6 de la calle Ancha, eso que desde hace poco llaman 'levantá' pero que en el trono del Señor de los Descalzos ha sido siempre 'arriba despacito, muy despacito', estaría bien que se hiciera en memoria, en homenaje, en sencillo y efímero tributo hacia aquella noble camarera de Jesús que soñó verlo vestido con la túnica que le regaló.

 En el Camarín, en 2018, revestido con la histórica túnica.
En el Camarín, en 2018, revestido con la histórica túnica.

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