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Un esguince de fe

Por Antonio Pulido Casas - Octubre 29, 2018
Un esguince de fe
Vicentín, un futbolista superdotado.

Paco García, entrenador del Todagres Villarreal, fue a llamar a la puerta de su casa. Toc, toc. Tenia la firme intención de convencer a su padre, contrario a ese deporte que se le había metido en la cabeza a su hijo, el "futbito", pues se decía que era el pozo adonde iban los jugadores que no valían para el fútbol, además de que las ganancias económicas eran mucho menores. No tenía fe. Nada pudo hacer en aquella visita sino convenir en que la decisión última quedaría en manos (o pies) del adolescente de 17 años al que llamaban Vicentín.

Estaba a punto de debutar en la máxima categoría con el Hércules, donde entrenaba con la primera plantilla todavía en edad juvenil. Fue en una entrada al suelo cuando le retorcieron el tobillo izquierdo y le provocaron una distensión de los ligamentos de cierta gravedad. "Era propenso a sufrir bastantes esguinces, dada la laxitud que presentaba en esas articulaciones. Al final de la temporada 1987/1988 decidí no continuar en el club porque no me dieron la baja médica, además de que eres joven y no tienes paciencia. En ese momento, el de la lesión, no estaba muy contento y no sabía lo que me podría deparar el futuro", recuerda el alicantino. Nadie puede predecir el futuro, pero sí imaginarlo, y ni siquiera en sus mejores elucubraciones hubiera anticipado lo que vendría desde ese día en adelante.

Rechazó una oferta de Segunda División B y decidió probar en el equipo de fútbol sala de su ciudad. Vicentín no tenía ningún conocimiento táctico del deporte, ya que lo practicaba únicamente con sus amigos. De hecho, le sorprendía que, acostumbrado a recorrer grandes distancias en el césped, no se cansara. "En cuando regateabas a un contrario en el centro del campo, dabas dos zancadas y ya estaba ahí la portería. Después fui adaptándome de manera más específica", rememora. Coincidió con José Lucas Mena, conocido como "Pato", en aquel club. Ambos empezaron a recorrer el fútbol sala juntos para "ver qué pasaba". En diciembre de 1988 jugaron un torneo navideño contra el Todagres, que competía en División de Honor por entonces junto con el Interviú Lloyd's, el Marsanz Torrejón, el Redislogar Cotransa o el Egasa Chaston, entre otros. Vicentín y Pato, con apenas unos meses de experiencia dentro de la cancha, formaron parte de una selección alicantina que enfrentó al equipo que entrenaba Paco García.

"Les ganamos 5-4", asegura Vicentín.

García se fijó en ambos y quiso enrolarlos en sus filas. Lo consiguió. Ambos sin carné de conducir, viajaban hasta Castellón en tren. Pato, por entonces, ya había cumplido con el servicio militar, pero no así Vicentín, que debía superarlo ese mismo año y los fines de semana se escapaba para disputar los encuentros. El Keralite Macer (después Playas de Castellón) y el Interviú se disputaban los títulos, mientras Vicentín seguía quemando etapas como jugador de referencia: habilidoso en el uno contro uno, zancada larga y tremendo disparo con ambas piernas. Era imposible no fijarse en su agilidad. Fue otro García, este de nombre José María, quien en el verano de 1990, junto con el fallecido Manolo Saorín, intentaron convencerle de que formara parte del ganador de las dos primeras Ligas de la recién creada LNFS. Hasta firmó un precontrato, pero la cercanía de Murcia con su ciudad natal y la juventud le hicieron decantarse por la oferta del ElPozo. "Tenía miedo de no encontrarme bien en Madrid. Le dije a García que si yo no jugaba en el Interviú no iban a ganar la próxima Liga, en broma, y así fue: esa misma temporada (1991/1992), les eliminamos en semifinales. En ese momento bajó a la pista y lo hablamos: '¿recuerdas lo que te dije?", rememora.

Sin embargo, era demasiado pronto para el primer título charcutero, que se retrasó hasta 1995, donde Vicentín —y también Pato— formaron parte de la plantilla que hizo historia en el Palacio de los Deportes con la consecución de la Copa de España ante el mismo rival que les negó por primera vez: Caja Castilla-La Mancha. Fue un punto de inflexión: "Era un título muy deseado en el ElPozo. Formamos una muy buena plantilla".
Se trataba del preámbulo a su mayor logro a nivel deportivo: el Campeonato de Europa de Córdoba en 1996. Desde los 18 años formaba parte de la selección española, de la que ya era capitán, y su importancia en el fútbol sala nacional estaba fuera de toda duda. Convivía con referentes de nombre rimbombante como Paulo Roberto, con el que también compartía vestuario en el combinado nacional, y fue el primer jugador al que patrocinó Adidas, lo que evidencia la prueba de que no era "uno más". "Siempre hay quienes abren el camino", asevera.

Representar a España es otra cosa: "Siempre que he ido con la selección me salían buenos partidos, estaba como tocado por una varita". Y quién le contradice si viajamos hasta Vista Alegre. Cuatro goles en la final y mejor jugador del torneo frente a la Rusia de Eremenko. La UEFA estaba pendiente de cada detalle y, por el bien del deporte, debía salir todo en consonancia.

"Fue mágico. Se nos tomó más en serio", revela.

Presenció los buenos momentos de la selección, brazalete en el brazo, y también los más tristes, como la derrota en el Palau Sant Jordi tras la final del Mundial contra Brasil —también en 1996— o la venganza del equipo ruso —esta vez en Granada— en 1999. Ahí fue Eremenko quien se acercó al alicantino para consolarle: "Fue muy educado". Se trató de un torneo difícil para él no sólo por no conseguir otra copa para la selección de Javier Lozano, sino por cómo acabó su andadura en el equipo nacional: todo un referente que no tuvo minutos en el último partido.

Vicentín, eso sí, demanda más para los jugadores que, como él, han hecho tanto por este deporte: "Tanto la RFEF como la LNFS tenían que cuidar más los detalles por los deportistas que hicieron crecer el fútbol sala en su momento y que puedan estar de alguna manera vinculados". Sería justo reconocer a los que han construido lo que hoy disfrutan tantas personas. "Contento estoy de mi carrera y de la gente que he conocido porque he sido un privilegiado, ya que todo el mundo no puede tener una carrera así. Cuando empecé en el fútbol sala no me imaginaba adónde iba a llegar", asegura.

Tampoco su padre, quien incluso dejó de hablarle durante un tiempo, aunque después tuvo que rendirse ante la evidencia de que su hijo era un superdotado. Aquella lesión de tobillo le cerró las puertas del césped y le abrió el libro de oro del parqué: giró en la buena dirección.

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