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Veinticinco años de un trono sin heredero

Por María Poyatos - Enero 25, 2017
Veinticinco años de un trono sin heredero
María Poyatos recuerda el trono de Freddie Mercury.

A día de hoy nadie podría imaginarse, sobre todo en los países donde la tradición monárquica se halla más que arraigada, cómo sería si, al morir el monarca de turno, la silla del trono quedara vacía. Una línea sin sucesión. Años y años de cruentas batallas y estratégicos tratados para alcanzar un poder tan invisible como indeleble, que cala hasta los huesos en los sueños y esperanzas de súbditos ciegos de admiración. Por suerte para muchos —y desgracia para otros—, la sociedad estamental cayó de las manos de reyes y otros tantos nobles, relegados a aparentar más que a concluir, a ratificar las decisiones ajenas más que a decidir por sí mismos. Así, es difícil poner en práctica estrategias napoleónicas en el campo de batalla o intrincados esquemas maquiavélicos para alcanzar lo que, para los más freaks de la literatura de George R. R. Martin, no tiene otro nombre que "el trono de hierro".

¿Qué harían los vasallos sin sus señores feudales? ¿Quién recaudaría los diezmos? ¿A quién rendirían pleitesía? Supongamos que esta última idea es la única extrapolable a los auténticos líderes de la sociedad de la comunicación. Ya no hay presidentes ni reyes venerados. Los duques, altos mandos del ejército o catedráticos no reciben la admiración acérrima de sus vecinos. Qué va. Se les llama estrellas, ídolos, mitos vivientes, y todos responden a un patrón definido: sus nombres se alzan por encima de otros gracias a sus aportaciones a las artes más accesibles, el cine y la música. Y realmente se preguntarán, después de esa introducción tan contextualizada en los años de Carlos II "el Hechizado", ¿qué leches tiene que ver la música con la decadencia de la monarquía? Fácil: una ausencia de poder que ya dura un cuarto de siglo.

El camino que lleva a mezclar la corona con la música no puede sino empezar en el continente marrón —Tanzania para ser más exactos— durante los años en los que aún existían los imperios  colonialistas. Quién iba a deducir que un pequeño parsi nacido en África —ya a los mandos de Isabel II— sería capaz de plantar cara a la mismísima Reina Madre. Y no cabe duda de que, durante cuarenta años de carrera al frente de una de las más grandes bandas de todos los tiempos, muchos han tratado sin éxito de equipar su legado al de un hombre que parecía inmortal, pero cuya sofisticada e inimitable voz no pudo ganar la batalla al VIH. El 24 de noviembre de 1991, Farrokh Bulsara, Freddie para los amigos, dejó sin descendencia a los millones de súbditos que hoy lloran, un año más, la pérdida de su Great Pretender. Y es que Mercury significó para la música lo que Fleming para la medicina.

Dejando sus míticas composiciones y sus récords de ventas a un lado, la reina por excelencia puede presumir de encabezar el mayor número de rankings destinados a descubrir quién fue, es y será el cantante más grande de la Historia. Duros competidores nunca le han faltado, pero un estudio reciente, llamado Freddie Mercury: acoustic analysis of speaking fundamental frequency, vibrato, and subharmonics, da un giro de tuerca y reconoce, en el setenta aniversario de su nacimiento, que todos esos votantes no solo tenían razón, sino un oído muy pero que muy fino. El carisma sobre el escenario, las excentricidades en su vida personal o su defensa lapidaria de la homosexualidad configuraron un mito que ahora, tras veinticinco años privados de su talento, la ciencia ratifica a golpe de descubrimientos: la tesitura vocal de Bulsara era única, argumento del citado estudio obra del austriaco Christian Herbst, del que se desprende que el cantante cantó como tenor pese a responder a la gama de un barítono. Eso le llevó a distorsionar su voz de una forma extraordinariamente inusual, produciendo lo que se conoce como el sonido de "rugido" gracias al empleo de la subarmonía, un extraño fenómeno físico que se asemeja al canto de garganta tuvano, específico de una etnia siberiana capaz de hacer vibrar no solo sus cuerdas vocales, sino también los pliegues ventriculares. Algo totalmente inusual y casi imposible de llevar a cabo durante el habla o el canto. Para rematar, el característico vibrato que volvía loco a su público, irregular e inusualmente rápido, también le valió la coronación como showman con una energía irrepetible sobre el escenario.

Parafraseando a Enrique Iglesias —por dar un toque kitsch al asunto—, casi una experiencia religiosa debió ser verlo subido a las tablas, correteando en mallas entre Brian, Rog y Deaky mientras soñaba, a golpe de arpegio y acordes de piano, con plasmar su impronta más allá de las estrellas. Y vaya si lo hizo. Son muchos los temas que podrían analizarse, muchas modulaciones vocales, muchas letras para el recuerdo, muchos viajes a sus deseos más íntimos. Pero si un disco merece justo hoy su mención, debe ser sin duda Made in Heaven, álbum póstumo que se produjo durante cuatro años con los retales que Freddie había dejado grabados las semanas antes de su muerte. En la peor de las tesituras, en el ocaso de su vida, a Mercury apenas le quedaban fuerzas para caminar o comer, tal vez porque las focalizó, tanto como pudo, en no dejar colgados a sus tres compañeros de reinado. "Hacedme cantar. Escribid lo que sea, que yo lo cantaré como nunca", decía entre sesión y sesión de Innuendo. Algo que permitió la publicación de ese disco póstumo tan bien nombrado: "Hecho en el cielo". Sin duda, el aura casi místico que envuelve a Made in Heaven recuerda que no hay mito que pueda perecer, aun sin traje terrenal, si tu nombre es Freddie Mercury. Un nombre que se aseguró, tras cuarenta y cinco años de vida, de escribir con tinta imborrable en las estrellas. Como reza la canción, "Yes, it was plain to see / Yes, it was ment to be / Written in the stars".

Es cierto que ha llovido desde aquel 24 de noviembre de hace un cuarto de siglo, que el daño debería haber sido reparado con creces. Pero parece que los súbditos de Mercury siguen desoyendo una de sus citas más célebres: "No sé cómo voy a ser recordado. No he pensado en ello, ya estaré muerto. Realmente no pienso: 'Dios mío, cuando esté muerto... ¿Se acordarán de mí?' Depende de la gente. Cuando esté muerto, ¿a quién le importa? ¡A mí no!". Pues a mí sí. Y estoy segura de que a ti también.

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