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La Virgen y los apocalípticos

Por Francisco López Góngora - Julio 20, 2019
La Virgen y los apocalípticos
Imagen de pixabay.

Mi psicoanalista me ordenó que dejara de escribir sobre la capital del Tranvía del Santo Reposo aduciendo que cuando lo hago pongo en grave riesgo mi salud mental, por no hablar de la física. Yo, como quien oye llover, comencé a divagar sobre el estado del pavimento jaenero.

La doctora, esclava de la ira, levantó la mirada crispada y me espetó con mucha frialdad que padezco de jaenitis aguda con pronóstico grave, y que si no me lo tomo en serio el pronóstico puede transformarse en reservado, que acojona más. Lo dijo de una forma tan ofensiva, tan llena de rabia soterrada que pensé que se alegraba de mi padecimiento.

Con el fin de remediar la jaenitis me recetó unas anteojeras equinas y se quedó tan ancha. De nada sirvió que le explicara que, como a buena parte de la población, no me hacen falta anteojeras porque esa función, —la de que no preste atención a nada de lo que sucede alrededor—, ya la cumple el teléfono móvil. Y ella, que si quieres arroz, Catalina. Así que de política local no escribo por prescripción facultativa hasta que obtenga el alta médica.

Hallábame elucubrando sobre esta y otras cuestiones en mi ciudad natal, tumbado en el camastro o chaise long, no recuerdo, —en cualquier caso en horizontal—, cuando de repente retumbó en la noche un sonoro petardo. O bomba de racimo, vaya usted a saber, yo no me fio de nadie que la gente está loca, se puede uno esperar cualquier cosa.

Miré el reloj, sobresaltado. Eran las tres de la mañana en punto en la ciudad donde me hallaba. Una ciudad matrimonio de la Humanidad, con m, que dicen algunas personas mayores sobre el título que concedió la Unesco a Úbeda y Baeza. A lo que iba. Con el estruendo ladraron perros, maullaron gatos, se escuchó la consiguiente impaciencia de los colchones en el edificio, interruptores crujientes de luz, grifos quejumbrosos que lloraban aguas enfadadas, cisternas chirriantes y alguna que otra escupida maldición. Raudo me puse mis tapones antibombas y me dispuse a retomar el sueño.

Al día siguiente una señora se quejaba en Facebook de que con motivo de la romería a la Patrona la despertaron unos truenos de pólvora iracunda a las tres de la madrugada. Señalaba que no eran horas, que sus perros se enzarzaron en tertulia política, y que no tenía ella ganas de pasar la noche de imaginaria por mucha Virgen que fueran a pasear los interesados, se pusiesen como se pusiesen. Pedía que comenzaran la traca un poco más tarde, a las ocho de la mañana, como marca la legislación del sentido común y la normativa municipal de ruidos. Venía a decir, en su opinión y tal.

De momento no me mojo pues el líquido puede ser más corrosivo que el del reactor cuatro de Chernobyl,—estupenda la serie de HBO, por cierto— aunque no puedo negar que la reivindicación me interesó. Planteaba la señora enfadada la interesante cuestión de la conciliación del derecho al estrépito madrugador de los aficionados a una procesión y el ídem al descanso de los devotos del sueño nocturno. Desde el punto de vista jurídico, un caramelo. A mí me encantan los caramelos, y los envenenados como este, con calaveras fluorescentes en el envoltorio petadas de cesio-137, más.

Como no podía ser de otra forma, un buen número de romeros pidió disculpas por las molestias y también la comprensión tanto de la señora como de todos los demás insomnes involuntarios. Con excelentes modales le escribieron que se trataba de una TRADICIÓN, —así, en mayúsculas— y que si no estaba de acuerdo con los cohetes jubilosos de las tres de la madrugada, se exponía al mismo ultimátum que obtuvo la mujer del farmacéutico en el monólogo de Gila cuando, al protestar esta porque los mozos le habían matado al marido en las fiestas en el curso de una gamberrada con una trampa para lobos, le espetaron que si no aguantaba una broma se marchara del pueblo.

¿Tenía la señora el oído muy sensible? ¿Existía intolerancia en la contestación de los romeros? ¿Ambas? Abramos angular para tratar de encontrar la respuesta correcta. Por un lado, parece excesivo quejarse por los cohetes madrugadores un solo domingo festivo de mayo cuando tantos atentados al oído sufrimos en una sociedad donde el silencio y el descanso ajeno son despreciados sin miramientos —saraos nocturnos queremos, pero lejos de nuestro balcón. Por otro, tendemos a sacralizar lo que concierne a nuestras aficiones y devociones.
Vaya por delante que entiendo los desfiles procesionales, y confieso que participé de alguno en un pasado remoto. Conozco la emoción que suele tener poco o nada que ver con lo religioso, amé en un tiempo lejano el sonido de las bandas de tambores y cornetas precediendo a bellas imágenes de Cristos torturados y Vírgenes lacrimosas en su duelo fúnebre, los tradicionales desfiles de semana santa, en la frase hecha.

Piano, piano. Para el carro, Manolo. Ándate con ojo, te digo, —me digo a mí mismo— que he visto escritores defenestrados por un pequeño sarcasmo sobre la materia, al autor de un montaje fotográfico con un cristo siendo enjuiciado y condenado con implacable severidad. Así que pisa —piso— el freno aquí y pon —pongo— punto muerto.
Se trata sin duda de un tema que toca muchas sensibilidades. Lo procesional, en todas sus abundantísimas manifestaciones, escapa a la orientación política y a la postura religiosa. Se trata de una comunión compartida por un colectivo formado por muchos y variopintos adeptos unidos por un sentimiento legítimo de pertenencia a una organización, la cofradía, que se halla a medio camino entre la tribu y el club social.
Hablando de tradiciones, recuerdo que a finales de los años setenta del milenio pasado, cuando era niño, me llevaron a una romería similar a la que anunciaba el cohete madrugador. Nada más llegar, en la explanada del poblado, varios mozos a caballo se disponían a batirse en duelo con gallinas que colgaban boca abajo de una cuerda. Ni que decir tiene que resultaba vencedor y era laureado el jinete que le arrancara la cabeza a más gallinas.

Sucedía que los intrépidos caballistas carecían de habilidad o del arrojo necesario y los cuellos de las aves quedaban medio colgando, con el consiguiente aleteo protestón acompañado de unos ruidos de agonía que resultaban grotescos. Por la tráquea medio arrancada a las aves se les escapaba el aire y la sangre chorreaba en modo aspersor mientras penetraban los oídos quejidos espeluznantes, casi humanos.

Fueron necesarias leyes para que esa tradición se prohibiera por su estúpida crueldad. Por supuesto, hubo quien se opuso de manera furibunda a la prohibición de lo que se había hecho toda la vida de Dios, que a veces alcanza apenas quince o veinte años, los transcurridos desde que un paisano tifo de vino peleón tuvo la brillante ocurrencia. Convengamos, llegados a este punto, que existen tradiciones y tradiciones.

Escribo como quien camina por un campo de minas sin detector de metales, más tenso que un sordo —tal vez hipoacúsico fuera el término políticamente correcto— en un dictado. No faltan motivos para temer a los amantes de las tradiciones, porque estas insuflan a sus guardianes una inusitada beligerancia contra quien ose proponer el más mínimo cambio en el guión, hablemos de gallinas, de cohetes o de cabras despeñadas desde la torre del campanario. Entienden el disenso como ataque, el desacuerdo como herejía, apocalípticos en el sentido que le confirió al término Umberto Eco.

Las sociedades cambian, no obstante. Lentamente, pero lo hacen. Tardaremos en verlo, pero llegará el día en que los cohetes de las tres de la madrugada dejarán de lanzarse —por molestos e innecesarios para la celebración de una romería—, al igual que se ilegalizaron tanto aquel jolgorio de descabezar gallinas al trote como otras fiestas que consistían en torturar animales por diversión, convirtiendo en un espectáculo su agonía y muerte. Una mayoría social al fin ilustrada lo demandará.

Al fin y al cabo, como explicaba Lampedusa en Il Gatopardo, de vez en cuando es necesario que algo cambie para que todo siga igual.

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