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El arte que escucha

Por Pablo Díaz Tena - Octubre 02, 2022
El arte que escucha
Woody Allen, en ‘La última noche de Boris Grushenko‘.

No hay antidepresivo o psicoanalista que supere lo que el cine de Woody Allen ha hecho por mí

Permítanme que abandone el tono frío y aséptico de la crítica tradicional, del análisis formal y conceptual sesudo, pero hablar de Woody Allen ante su inminente retirada del cine exige que la conjugación en primera persona se reivindique. No puedo aparentar una distancia objetiva frente a un artista que me ha supuesto tantos momentos de genuina felicidad; en los instantes donde la tribulación nublaba mi cielo, ha sido el director neoyorquino la última trinchera, ese espacio seguro donde encontrar refugio.

Es más, ha conseguido algo que —al menos en mi caso— sólo unos cuantos han podido lograr con su obra: sentirme escuchado. Invirtiendo el orden natural del arte, cuando veo un nuevo filme de Allen, no siento hacer una labor contemplativa, sino que mis tragedias personales e impersonales encuentran oyente activo. Oyente que no se limita a escuchar, también ilumina salidas ante laberintos emocionales o más importante aún, es capaz de reformular las preguntas. ¿No es acaso el verdadero sabio, aquel que lejos de darnos certezas —más propias del ignorante—, replantea o incluso dinamita nuestras cuestiones? Woody Allen no es un erudito —en numerosas ocasiones ha renegado de ese título—, pero su obra rebosa erudición.

Igual que su figura pública, empapada de un tenebrismo que contrapone luces y sombras —!y la de quién no!—, especialmente a raíz de los acontecimientos que han marcado su última etapa vital —en los que no entraré dado que me niego a ser parte del despropósito de admitir la inversión de la carga de prueba o de una defensa vehemente nacida de mi amor por él—, sus películas sintetizan esa esencia tan perfectamente contradictoria que es el ser humano; es difícil amar u odiar incondicionalmente a sus personajes, ya que como nosotros, están atravesados por las mismas debilidades y fortalezas; sus criaturas no son esencias monolíticas, sino que conjugan momentos de envilecimiento, con idénticos momentos de pura nobleza. No son ellos, somos nosotros.

Somos Zelig perdiendo la identidad tratando de camuflarnos en un entorno hostil; un director que repentinamente se queda ciego, pero que paradójicamente alcanza una visión más profunda en Un final made in Hollywood; el momento de incertidumbre en el que la pelota golpea en la red de Match Point; un barrio que no conocemos pero que sentimos llamado Manhattan; la ficción añorada tras la pantalla que se materializa en La rosa púrpura de El Cairo; un infierno hilarante de culpa e imposible redención mientras estamos Desmontando a Harry; Hannah y un cielo de candidez a consta de echarnos a la espalda las culpas de otros en Hannah y sus hermanas; amores que mueren y resucitan entre corifeos griegos como los de Poderosa afrodita; amores que es mejor no resucitar en Maridos y mujeres; nostálgicos de los tiempos “mejores”, siempre pretéritos durante Midnight in Paris; la respuesta más absurda y lúcida que nos da la vida: “como Todo lo demás”; la pragmática postura Si la cosa funciona, que resuelve nuestras ecuaciones sentimentales o La última noche de Boris Grushenko, a secas.

Toda la filmografía de Woody Allen plantea los misterios insondables consustanciales a la especie humana: Eros y Thanatos. Como la de tantos otros directores, la diferencia reside en el modo de tratarlos. Aquí no hay arte y ensayo, obras discursivas o conceptuales. Aquí se trata de ver la tragedia reflejada en el espejo de la comedia. De personas que sonríen al borde del abismo sin perder un ápice de dignidad. Y el espejo de la obra alleniana nos refleja a nosotros, que aprendemos a aceptar que hay preguntas irresolubles; que nuestras aflicciones existenciales no son tan importantes, aunque nosotros sí.

Con todos sus defectos, que pasan por una cierta rigidez formal, esto es arte humanista sin depurar. No hay antidepresivo o psicoanalista que supere lo que el cine de Allen ha hecho por mí. Así que ya saben, si su existencia es un peso insoportable, recuerden: siéntense en el diván, cuéntenle sus problemas al genio norteamericano y simplemente tengan paciencia, comprobarán que al final de la sesión, Todos dicen I love you.

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