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"Mi objetivo es hacer que las cosas pasen"

Por Esperanza Calzado - Enero 13, 2019

Su acento la delata pero su sonrisa, su optimismo y su ganas de vivir la acaban de descubrir del todo. En una gran ciudad puede que pasara desapercibida pero en un municipio más pequeño como Cambil, todo el mundo sabe quién es. Le costó acostumbrarse, pero ahora no cambiaría ese refugio de paz por nada. Desde los seis años supo que quería ayudar a la gente. Su vecina Lupita le inspiró y lo logró. Su objetivo: hacer que las cosas pasen, y que sea dentro de las empresas. Alejandra Mckelligan Flores (Monterrey, norte de México, 1976) es psicóloga, coaching, emprendedora, madre, amiga y un sinfín de cargos que la definen como persona. Pero si hubiera que quedarse con un calificativo es vital. Ella es una persona con una vitalidad contagiosa. No para, va de un lado para otro. Llega a nuestra cita en la Cafetería Aromático de Jaén con bastante tiempo de antelación. Nos espera con el ordenador, trabajando. Es una prolongación de su cuerpo, hasta el punto de que cuando no lo coje su hijo se extraña. Pero su meta, a largo plazo, es dejar de ir de un lado para otro. ¿Por qué? Nos acercamos a conocer un poco más al alma de la firma Contrasta Conecta y Transforma.

—¿Cómo ha llegado a parar desde México a Cambil?

—Es la pregunta que siempre me hacen. No solo por vivir en Jaén, sino por hacerlo en un pueblo de apenas 2.500 habitantes. Llegué a Barcelona en 2000 con la idea de estudiar un Máster de Recursos Humanos y regresar. Pero sabes cuándo te vas pero no cuándo volverás. Estuve once años allí, hice mi máster, me casé, tuve un hijo, trabajé hasta que con la crisis mi expareja y yo cambiamos el rumbo y decidimos ir a vivir a Cambil porque su abuela tenía una casa. Hicimos un cambio radical y probamos a ver si nos traía nuevas oportunidades.

—¿Las trajo?

—Vaya que sí. Estuvimos un tiempo en Cambil y luego nos fuimos a Estados Unidos. Vivimos seis meses en San Antonio, Texas, y después regresamos. Ya me he quedado a vivir allí por el hecho de que mi hijo está escolarizado allí y quiero estar cerca de él. Por no solo eso. Vivir en la montaña, escuchar los pájaros y ver las cabras al final me relaja. Y como mi trabajo es de estar mucho para arriba y para abajo, vivir en el corazón de Sierra Mágina es un refugio.

—¿Encuentra alguna similitud entre Cambil y su tierra?

—No. Es totalmente diferente y he notado muchos cambios. Por citar algún ejemplo: cuando vivía en Barcelona era totalmente anónima y te cruzabas con la gente pero no la conocías. Unas de las cosas que más me chocó al mudarme fue que en el pueblo saben a dónde vas, de quién eres...

—¿Qué contesta cuando le preguntan eso?

—Yo siempre digo de mi padre y de mi madre, de la vida y de mí misma. Contesto algo diferente en cada contexto (ríe). Pero tengo que confesar que ha sido un cambio muy radical vivir en Barcelona y después en Cambil por la forma de vida, de trabajar, de pensar... Me siento mucho más identificada con la gente de Andalucía, la siento más cercana. A veces tenemos palabras similares y eso ha hecho que encuentre muchas similitudes en la forma de ser pero en cuanto a costumbres me ha costado un poco la adaptación. Ahora ya no, después de siete años ya no.

—Vamos a dar un paso atrás para descubrir de dónde viene su carácter emprendedor y activo. ¿De pequeña qué quería ser de mayor?

—Para ello me remonto a la historia de mi vecina, de cuando yo vivía en Monterrey. Se llamaba Lupita. Por aquel entonces yo tenía seis años y ella era psicóloga y vivía en la puerta de al lado. Atendía a pacientes en su casa. Siempre me despertó la curiosidad por ver la gente que entraba pero, sobre todo, por ver la cara con la que salían esas personas. Me llevaba muy bien con su hija, Lorena, jugaba con ella en su casa y veía los tests psicotécnicos que les hacía, las conversaciones... No entendía muy bien lo que hacía pero sabía que algo del alma, del corazón y de los sentimientos se tocaba. Poco a poco fue despertando en mí la ilusión de ser como ella, de ayudar a gente en ese proceso emocional. Al poco tiempo, mi abuela se vino a vivir con nosotros. Tenía 80 años, empezó a enfermar y murió. Fue cuando ví la tristeza en mi familia y en mí. Mi hermano atravesó una época rebelde, se fue de casa y eso afectó a mi madre. Se produjeron tantas emociones y tanto movimiento emocional en mi casa que entre eso y la referencia de mi vecina lo tuve claro: yo quería ayudar a la gente. 

—Lo logró.

—Sí. Ya en el Bachillerato (la Preparatoria, en México) me hicieron unas pruebas de actitud y me salió Medicina, Trabajo Social, Profesora o Psicóloga. En Bachillerato ya tenía una clase de Psicología y por aquel entonces ya hablaba mucho con mi maestra. Ella siempre me decía que yo profundizaba mucho y daba muchas vueltas a las cosas para encontrarles un porqué. Me dijo que tenía potencial para ello y estudié la carrera. 

—Pero usted estudió más cosas.

—Sí, pero todo relacionado con lo mismo. Siempre supe que me iba a dedicar al ámbito de los recursos humanos porque era una manera de ayudar a la gente pero dentro de las organizaciones. Por eso estudié Psicología y me especialicé en Recursos Humanos. De ahí que me marchara a Barcelona a cursar un máster. También he hecho un postgrado de Formación Psicosocial y en los últimos años que llevo viviendo en Jaén he estudiado temas de coaching y más específicos para las organizaciones.

—¿Por qué no a nivel personal e individual?

—Me di cuenta que el uno a uno era interesante, pero dentro de una organización hay tantas personas y tantos procesos que es una variedad muy amplia para poder llegar a mucha más gente, sin embargo, el uno a uno lo veía menos dinámico. No sé si influyó también que me gustaba el mundo de la empresa y que tanto mi padre como mi hermano son emprendedores. 

—¿Viene de una familia de emprendedores, entonces?

—Sí. Mi padre ha tocado muchas teclas. Fue director comercial y en la última época pensó que podría montar una empresa y fue una cadena de supermercados pequeños. Abrió veinte tiendas a modo de franquicia. Le fue muy bien y poco a poco fue abriendo otros negocios. A lo que se dedica ahora, a pesar de que debería estar jubilado pero no puede parar, es inquieto como yo, es al ámbito inmobiliario. Compra terrenos, los edifica y los vende. 

—Con ese ambiente familiar estaba claro que también iba a ser emprendedora. ¿Cuándo supo que lo quería ser?

—Dice mi madre que con siete años ya era emprendedora. Con esa edad vendía, junto con una amiga, tostadas, o lo que allí se llaman tortitas, en un parque al lado de casa. Le poníamos mucha salsa picante para que la gente nos comprara también el granizado de limón. Por eso dice mi madre que desde entonces yo ya tenía esa vena de hacer cosas para que el cliente comprara otro producto. Realmente fue en el año 2015 cuando me di de alta como autónoma con la idea de ofrecer todos los servicios que daba a la empresa pero por mi cuenta. No tener jefe, organizarme mi tiempo a mi manera. Tener muchos clientes y estar de un lado para otro, que es lo que me gusta.

—¿Lo está logrando?

—Afortunadamente sí.

—Y desde Jaén.

—Sí y lo digo muy alto siempre. Jaén no solo es un mar de olivos y no solo tenemos agricultura. También hacemos negocios, el mundo de los recursos humanos se mueve mucho y lo único que hay que tener es ganas. Todo el mundo tenemos el potencial, la clave es trabajar mucho y poner una sonrisa. 

—Cada vez es más habitual hablar del mundo de la psicología dentro de las empresas. Cuándo usted empezó sonaría mucho más raro...

—Realmente, al principio me miraban con cara de happy flower, que es el apodo que se le ha puesto al coach. Al final lo que hice fue cambiar el enfoque del servicio, aunque el servicio es el mismo. Así que en lugar de llamarlo de una manera que pueda sonar muy volátil o escéptico, le ponemos nombres más aterrizados. Lo que hacemos es buscar la felicidad empresarial, que los empleados trabajen de una manera más a gusto. Porque no debemos perder de vista que tener a un trabajador contento permitirá fidelizar al cliente que, a su vez, hablará bien de la empresa. Esto que es tan lógico y lo he dicho tantas veces todavía es necesario decirlo porque no ha calado.

—¿No le miran con cara rara cuando llega a un sitio y le dice que su objetivo es hacer feliz a la empresa?

—El secreto es adaptar el discurso a su lenguaje. Yo le hablo de aumentar las ventas, de productividad, de clima laboral, de rentabilidad, resultados, beneficios. Esas son las palabras que quieren escuchar y traduzco mis acciones en esas ventajas para llegar mucho más rápido. Es lo mismo, dicho de otra manera.

—¿Es aplicable a cualquier tipo de empresa?

—Depende. Tiene que ver mucho con el interlocutor. Cuando me mencionan la palabra motivación es como si me abrieran la puerta y entro como una flecha. Cuando se muestran escépticos yo les pregunto qué resultados han tenido hasta ese momento. Si todo lo que ha aplicado no le ha funcionado, por qué no va a hacer lo que yo propongo. Si un empresario sigue pensando que un trabajador debe estar las horas que marca, como él marca y el resultado no es positivo, es que algo no va bien. Y cuando alguien es reticente, para mí es un reto porque estoy convencida del servicio que ofrezco. Me gusta el no, para debatir y retar al empresario a que me pruebe y vea resultado.

—¿Cómo es su trabajo dentro de una empresa?

—En primer lugar, siempre empiezo con preguntas para saber cómo se ven a futuro y qué objetivos quieren cumplir. También analizo cuáles son las dificultades con las que se pueden topar para conseguir estos retos y los divido en tres ejes: las personas, los negocios y los procesos. Aunque no soy especialista en este último apartado, sí es verdad que puedo ayudar. Los tres están interrelacionados, siempre busco elementos numéricos, como puede ser el porcentaje de ventas, para ganármelos. Porque si les digo que lo que quiero es mejorar el clima laboral, eso es muy difícil de cuantificar. ¿Cómo se miden las sonrisas? En todo este camino es importante la confianza entre ambas partes. La imagen de una persona como yo es tan escéptica y genera tanto humo que es importante generar confianza.

—¿Qué dinámicas aplica?

—Hago muchas dinámicas pero en lo que más trabajo es en las relaciones. Por ejemplo, un jefe muy autoritario que dice las cosas como las piensa y su relación con un colaborador más sensible y que busca la armonía. Trabajo en ver cómo se relacionan y hago mucho trabajo de mediadora entre diferentes tipos de personalidades. Intento que se pongan en el lugar del otro, se conozcan más y piensen que si quieren conseguir algo del otro tienen que hablarles en el mismo idioma. 

—¿Su hijo es capaz de decir a lo que se dedica su madre?

—Si lo tengo que decir yo, mi objetivo principal es hacer que las cosas pasen. Mi hijo, que tiene ocho años, dice que yo soy como la profesora de las empresas. Yo no les digo a las empresas qué tienen que hacer, sino que les ayudo a que levanten la cabeza y vean cómo hacerlo.

—Cuando se acaba la jornada laboral y se junta con los amigos, ¿es la psicóloga del grupo?

—Qué buena pregunta (ríe). Intento desconectar aunque si un amigo me pide consejo le voy a ayudar. Me cuesta mucho decir que no. Me ha pasado que hasta en fin de semana me han llamado para pedir consejo y he contestado. El problema está en que me gusta tanto lo que hago que no lo veo como una molestia o un trabajo, a no ser que me pidan algo que implique profundizar mucho más. Pero cuando es una conversación de debate intento no pensar en lo mío porque necesito un poco de oxígeno.

—¿Siempre sonríe?

—Lo intento lo máximo que puedo. Hay días que no río tanto y cuando pasa me siento culpable porque mi actitud ante la vida no es esa. No me gusta contagiar mal rollo a la gente. Mi estado natural y mi zona de confort es estar alegre, incluso riéndome de mí misma. No estar feliz es algo que no lo llevo muy bien. 

—Una persona que se dedica a llevar la felicidad a las empresas y que es su estado natural, ¿cómo le afecta vivir en una sociedad cada vez más estresada, con noticias negativas, con pesimismo y con negatividad?

—A veces mal, porque me baja la energía y acabo sintiéndome cansada, incluso físicamente. He perdido alguna amistad por el camino precisamente por ser personas que todos los días se estaban quejando. Además, intento no ver películas de miedo o de violencia, ni leer determinadas noticias. Cuando hay una noticia negativa intento no profundizar porque me contamina y me hace sentir triste. No permito relacionarme con todo lo que me pueda absorber la energía. Soy egoísta en ese sentido.

—¿El hecho de ser mujer ha influido?

—Depende del sector. Muchas veces me ha tocado ir a un tipo de empresas donde la mayoría de la gente son hombres. Y en ese tipo de empresas no acaba de entenderse y aceptar el que una mujer, más joven y extranjera les diga, en cierto modo, cómo hacer las cosas. Eso me ha pasado al principio, en la mayoría de los casos han cambiado de opinión y el hecho de ser mujer ya no ha supuesto un problema. Pero hay sectores que sí, que son más reticentes.

—¿Conciliar la vida laboral y familiar es posible?

—No. Pero creo que en futuro va a ser posible, no pierdo la esperanza. Hoy por hoy no es posible, pero creo que lo vamos a conseguir. Me encantaría que llegara el día en el que una periodista como usted ya no tuviera que hacer ese tipo de preguntas.

—¿Dónde se ve dentro de treinta años?

—Jubilada, en una playa. Tengo veinte o treinta años para conseguir dejar de correr de un lado para otro. Esa es mi meta en la vida. Aunque es verdad que me encanta ser activa y no parar, en mi fuero interior existe la necesidad de que llegue el día en el que no tenga una alarma, no tenga que abrir el ordenador, pasar del móvil, disfrutar de la vida y disfrutar del mindfulness.

—¿Se arrepiente de algo?

—No. Si algo cambiara, cambiaría la historia de mi vida. 

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