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"Si puedo, volveré a hacer senderismo"

"Si puedo, volveré a hacer senderismo"

Por Javier Cano - Mayo 31, 2020

A mediados de junio, el arquitecto jiennense Luis Berges Roldán cumplirá noventa y cinco años de existencia, una vida copada de experiencias que lo han convertido en todo un referente en su campo. Por sus manos han pasado algunos de los proyectos de restauración más emblemáticos de la ciudad y la provincia y, aunque se formó y pudo triunfar en los 'Madriles', como llamaba Galdós a la villa y corte, la sangre siempre le tiró más y prefirió Jaén. Activo aunque mermado por los achaques, confiesa que la pandemia del coronavirus es el episodio histórico más impactante que le ha tocado vivir, pese a que sabe lo que es pasar "hambre, frío y miedo" en los días en blanco y negro de la Guerra Civil. Prudente, discreto y tranquilo, sopla con Lacontradejaén la primera vela de su inminente cumpleaños.

—Está usted a un paso de cumplir la edad que alcanzaron notables colegas suyos como García Solera, Fernández Albalat o el colombiano Samper, entre otros. ¿Cómo se encuentra?

—Bueno, no sé cómo se encuentran las demás personas que tienen noventa y cinco años, pero bien... Un poco harto de seguir resolviendo problemas. 

—Pero problemas de salud, cualquiera lo diría nada más verle... Se conserva usted estupendamente.

—Estoy ya medio ciego, con sordera avanzada, o sea que tengo mis problemas..., desgaste de órganos [ríe].

—¿Cómo ve la vida ahora respecto a décadas anteriores, qué se siente desde esa posición privilegiada suya, rozando el siglo?

—No sé, realmente me veo como un superviviente, porque todos mis amigos íntimos han desaparecido ya. Me encuentro desplazado.

—¿Desplazado? ¿Y a qué se agarra para seguir, cómo alivia esa sensación suya? ¿Tirando de memoria?

—En mi caso, y creo que en el de todo el mundo, la memoria trae los dramas y las desgracias. Las cosas alegres se evaporan enseguida. Realmente no procuro pensar en el pasado.

—Prefiere mirar hacia el futuro...

—Tampoco tengo una visión de futuro, porque no lo voy a vivir. Procuro vivir el presente. 

 Berges visita las obras de restauración del antiguo Hospital de San Juan de Dios, en la década de los 70. Foto cedida por Agustín Garzón.
Berges visita las obras de restauración del antiguo Hospital de San Juan de Dios, en la década de los 70. Foto cedida por Agustín Garzón.

—Alberti quería vivir hasta 2015, es decir, 113 años. ¿Le pasa a usted lo que al poeta gaditano?

—A mí no me gustaría vivir tanto, porque cada vez estoy más disminuido. La pérdida de visión me ha dado un buen palo, mi vida la pasaba dibujando o pintando y ahora raramente puedo hacer algo de eso.

—¿Le afecta también en la lectura, otra de sus pasiones?

—Tengo que leer ahora con una pantalla un poco extraña que me produce un lógico cansancio, sí; bueno, son cosas normales que se producen, porque el hombre vive más de lo que aguanta.

—Nació usted pocos años después de terminar la Primera Guerra Mundial, ha vivido la gran depresión del 29, la Guerra Civil, la posguerra española, la Segunda Guerra Mundial, la dictadura, la Transición… y ahora, a sus más de nueve décadas de vida, la pandemia de coronavirus. ¿Se atrevería a decir que este ha sido el capítulo más impactante que le ha tocado conocer a lo largo de toda su vida?

—Pienso que sí, porque nunca me ordenaron que me quedara en mi casa ni me prohibieron que pudiera caminar libremente.

—Sin embargo, oiría usted hablar, cuando era pequeño quizá, de aquellas grandes epidemias que todavía, a finales del siglo XIX y en el primer cuarto del XX, azotaban el mundo y a Jaén y hasta hacían a sus vecinos sacar sus imágenes más veneradas en rogativas...

—Sí, y he leído después algo, pero no lo había vivido en primera persona. Una de las cosas más desagradables que he vivido fue la Guerra Civil Española. Me tocó, además, en zona roja y además de las carencias de todo tipo teníamos hambre, frío y miedo, cosas que ahora mismo no se tienen con el coronavirus.

—Un año después de su nacimiento falleció Prado y Palacio; en 1931, el cronista Cazabán; en el 47, Manolito Ruiz... No hay más que darse un paseo por las páginas de Don Lope de Sosa para comprobar la notoriedad de la familia Berges en Jaén, tan vinculada a algunos de esos personajes hoy legendarios. ¿Qué noticia puede dar usted de todos esos ilustres jiennenses que forman parte ya de la memoria sentimental de aquí?

—De don Manuel Ruiz Córdoba conozco anécdotas, pero no tuve relación con él; a lo mejor mi padre la tuvo. De Prado y Palacio me he encontrado su firma muchas veces en el archivo de la Diputación Provincial, buscando datos para el libro que escribí sobre el Hospital de San Juan de Dios; su gran firma, porque firmaba Prado [dice, enfatizando el apellido hasta hacerlo casi visible]. De Cazabán puedo decir realmente poco, porque yo tenía solo catorce años cuando mi padre desapareció.

—Para muchos jiennenses, su padre, el arquitecto Berges, es el nombre de una de las calles más conocidas de la ciudad; para otros, el autor de proyectos y edificios emblemáticos de Jaén. ¿Cómo lo recuerda usted, cómo era?

—A mi padre lo recuerdo siempre como una persona muy callada, que estaba toda la mañana trabajando en la Diputación. A veces, cuando yo estaba de vacaciones, me llevaba con él allí a dibujar, a hacer cosas con un delineante que tenía; con ocasión de que él fue a Granada a pedir permiso a Gallego Burín para sacar la Custodia de Baeza un Corpus aquí, en Jaén, visité con él la Alhambra, tuve la suerte de que me él me ilustrase la Alhambra. Un mes después creo que murió, la verdad es que poco contacto serio tuve con mi padre. Yo era más bien un crío. Me llevaba también, todas las tardes, a la Escuela de Artes y Oficios, donde era profesor de Dibujo Lineal: aquellas salidas de mi casa a las siete y media, que entonces era de noche, y volver a las nueve las disfruté con mi padre, son los recuerdos más intensos que tengo de él.

—Hijo de un grande de la arquitectura, lo tenía usted todo para ser arquitecto. ¿En su caso pesó más la vocación, o se dejó llevar por la tradición familiar?

—Algo de vocación habría, pero lo mío fue, podríamos decir, un compromiso interior que me formé para ser como él había sido, fue una especie de juramento.

—Un compromiso interior...

—Sí, un compromiso con la memoria de mi padre, que desaparecía sin que yo pudiera haberlo gozado.

—¿Qué hubiera sido Luis Berges Roldán si Luis Berges Martínez hubiera vivido más años, si no lo hubiera perdido en plena adolescencia?

—Yo hubiera sido su mejor discípulo y su mejor compañero de trabajo.

—¿Volvería a dedicarse a la arquitectura si naciera de nuevo?

—Posiblemente me dedicaría a la pintura o a la música, más que a la arquitectura. La arquitectura tiene una parte muy desagradable, que es la relación con los clientes: a veces no dejan crear lo que uno quiere.

 Berges Roldán, en una exposición celebrada en el Colegio de Arquitectos. Foto cedida por Agustín Garzón.
Berges Roldán, en una exposición celebrada en el Colegio de Arquitectos. Foto cedida por Agustín Garzón.

—Como pintor, ha expuesto en varias ocasiones y hay quien le considera un maestro consumado. Sin embargo no se prodiga usted mucho, al menos mediáticamente, en este arte.

—No, como pintor no. Es que el dibujo y la pintura, en la época en que yo tuve que preparar el ingreso en la escuela y después, durante la escuela, eran herramientas de trabajo. No había ordenador ni programas como existen hoy día, que no hace falta saber dibujar para ser arquitecto. Antes tenías que dibujar como Miguel Ángel y pintar como Rafael para poder ingresar, y luego te exigían mucho. Además era mi única forma de expresión como arquitecto, el dibujo y el color.

—Pero, ¿volverá a exponer, o se considera ya un jubilado del lápiz y los pinceles?

—Tengo pendiente que la Diputación me edite un libro con mis últimos dibujos, sobre un ramal del Camino de Santiago.

—Eso es una gran noticia, señor Berges. ¿Cuándo verán la luz esos dibujos?

—Está en imprenta.

—Hay quien dice que la obra del célebre arquitecto Le Corbusier tiene mucho que ver con la música, una de las profesiones que a usted le hubiera gustado desarrollar. ¿Toca algún instrumento?

—No he tenido ocasión de aprender música, no he tenido condiciones económicas para recibir clases; cuando yo empecé a ganar dinero me tuve que dedicar a trabajar como un negro. 

—Una afición compartida (la de la música, no la de ganar dinero) con su padre, ¿verdad?

—Sí, efectivamente. Mi padre era un gran aficionado a la música, tocaba el violín. Además era íntimo amigo de Andrés Segovia, habían coincidido en la misma pensión de Madrid cuando ambos eran estudiantes. Yo recuerdo a Andrés Segovia en casa siempre que venía a dar algún concierto por aquí.

—¿Violinista, como él?

—Me hubiera gustado tocar el piano, creo que es el instrumento más completo que hay.

—¿Por qué volvió a Jaén? ¿No le tentó la gran ciudad a la hora de decidir cuál iba a ser el escenario de su existencia?

—Mire, yo volví de Madrid después de una larga estancia allí porque añoraba el Jaén que me había dejado. Era una ciudad pequeña, llena de encanto para mí, con sus calles y su arquitectura autóctona, y lo añoraba. Yo trabajé en Madrid, para pagarme la escuela, en un estudio muy interesante del arquitecto Julián Laguna, con dos compañeros más. Ellos me acogieron y en los últimos años, aun cuando no había terminado la carrera y no podía firmar, porque no tenía el título, ya me consideraron compañero. Estuve creando y proyectando con ellos, pero yo siempre tenía en la memoria volver y hacer lo mismo en una ciudad que había abandonado y en la que había dejado a mis padres muertos, quería volver. Y volví, con una mano atrás y otra delante, como se dice.

—Habla usted de los 60. ¿Se reencontró con aquel Jaén que había dejado o encontró una ciudad 'nueva'?

—Me tocó aquí ver la fiebre de esa manía que hubo de meter el tráfico rodado en una ciudad pequeña y tan sensible a cualquier cambio en su arquitectura, que era una arquitectura muy interesante. Entre esa cirugía que sufrío la ciudad para dotarla de tráfico rodado por todos lados, que no lo necesitaba, y aquel programa que hubo de viviendas de protección oficial que facilitó la venida de gente de la provincia aquí, todo eso hizo desparecer el caserío clásico o típico, la verdad es que Jaén se destrozó. Hoy día, cuando se ha quitado el tráfico, lo que queda son unos espacios peatonales como huellas o cicatrices de lo que fue el espantoso tráfico que cambió Jaén: uniones de unas plazas con otras de forma absurda, calles que nunca debieron pavimentarse como están pavimentadas... En fin.

—¿Cómo define el Jaén actual, entonces?

—Es una ciudad que perdió su personalidad, lo comparo con el marino que perdió la gracia del mar, de la novela de Mishima.  

—¿Queda algún vestigio de aquella arquitectura autóctona jiennense en la capital?

—Muy poco, yo creo que lo que queda de esa arquitectura se puede contar con los dedos de una mano. Del caserío prácticamente nada, no. Era una arquitectura muy sencilla, dos plantas y arriba una serie de arquitos para ventilar la planta de cámaras donde se guardaban las conservas, y su patio central y su fuentecita. Eso se ha perdido.

—Ha firmado usted seguramente las restauraciones más emblemáticas de Jaén. ¿Sobre qué edificio le hubiera gustado intervenir y no ha llegado a hacerlo? ¿Se le ha quedado alguna espinita? 

—Bueno, sí, me hubiera gustado intervenir en algunos otros edificios pero en realidad, con lo que hice, creo que, en cierto manera, entre comillas, sacié mi capacidad para salvar el patrimonio.

—De algunas de esas restauraciones que usted no hizo y de otras que ha podido conocer en la ciudad, ¿qué opinión tiene? 

—Prefiero no opinar sobre el trabajo de mis compañeros.

—Le pongo un ejemplo representativo: el Camarín de Jesús.

—No lo conozco a fondo, he visto la fachada y no sé si he entrado alguna vez a verlo, no puedo decir con detalle. Por lo menos han conservado y han puesto en valor una fachada que antes estaba oculta.

—Entre sus libros, que son bastantes, hay uno elaborado al alimón con el recordado Manuel López Pérez en el que ambos ensalzan la arquitectura rural jiennense. Quedan en pie muchos ejemplos de esa tipología edilicia, pero en la mayoría de los casos están atenazados por la ruina, cuando no sumidos en ella. ¿Cree que la casería merece ser puesta en valor, que se puede hacer algo por ellas todavía?

—Pienso que sí; es curioso, la casería no solamente era una arquitectura en medio del olivar, era también una casa que acogía siempre a dos familias de distinto nivel económico y distinta cultura. Los caseros eran gente que venía de la provincia y convivían luego con los propietarios largo tiempo en épocas de recolección, en los meses de verano.  Era una forma de relacionarse que tenía la ciudadanía jiennense. Por otro lado, la casería no es una edificación rural hecha con las manos de gente que no conoce la arquitectura, era siempre hecha por albañiles y maestros de obra de Jaén que se contrataban el tiempo suficiente en el campo para hacerla.

—Vamos, que si fuera por usted no se caía ni una más...

—Resulta que, además, tienen connotaciones urbanas, tienen balcones: ¡un balcón en medio del olivar no pinta nada! Si la miras bien, es un edificio arrancado del casco antiguo, los propietarios siempre tenían añoranza de Jaén, ese Jaén que tenían que dejar cuando se iban al campo. 

—Y única, por lo que se desprende de aquel libro...

—Se ha perdido una arquitectura muy interesante, única, sí: la arquitectura del olivar tal como se desarrolló en Jaén no se conoce en ninguna provincia andaluza. Y se perdió también una forma de vida: en cuanto el tractor entró en juego, ya las caballerias sobraban y el casero no tenía por qué estar allí en el campo todo el tiempo. 

—Podrían ser un buen reclamo de turismo etnológico, de interior, ¿no cree?

—Algunas incluso tienen molinos. Sería interesantísimo que los propietarios de estas caserías crearan un grupo que las defendiera. Yo he llegado a restaurar un par de ellas, la casería del Portichuelo, hacia Los villares, y la de Ochoa. Eso, ahora mismo, es un ejemplo, pero no se han valorado, se marcharon los caseros, las abandonaron, se hundieron las cubiertas y en muchos casos la gente ha preferido hacerse un chalé al lado de la casería en lugar de restaurarlas.

—Destilan tristeza sus palabras, cierta crítica hacia la legendaria dejadez del jiennense...

—Sí, es una dejadez atávica la que hay en esta sociedad. 

—Para terminar, señor Berges: con la desescalada, ¿ha retomado sus rutas de senderismo?

—He estado saliendo hasta que la política me encerró. Estos últimos días, lo que hacía era irme a La Alameda, a la hora que me tocaba, la de los más ancianitos, a dar una vuelta. Pero si puedo, volveré a hacer senderismo, sí. 

FOTO DE CABECERA: Antonio Estepa Rubio.

 Foto cedida por Agustín Garzón.
Foto cedida por Agustín Garzón.

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COMENTARIOS

Francisco Pérez Fernández, poeta con el seudónimo de dugueslin

Francisco Pérez Fernández, poeta con el seudónimo de dugueslin Mayo 31, 2020

Magnífico reportaje, se hace cortísimo. Yo coincido con don Luis Berges en la via verde camino de Jabalcuz.

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